La felicidad de Arthur Fleck (esto no es una reseña de Joker) - Efecto Cocuyo

OPINIÓN · 10 OCTUBRE, 2019 05:26

La felicidad de Arthur Fleck (esto no es una reseña de Joker)

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Fedosy Santaella

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Aristóteles señala en Ética a Nicómaco que todo arte, acción y libre elección tienden a un bien. De esas acciones, piensa Aristóteles, la política es la fundamental, porque no sólo se ocupa del bien de uno, sino de muchos. Aristóteles, como hombre de la antigüedad griega, concebía su completitud dentro de la cuidad —la polis—, participando activamente en la vida pública. La política tiene una meta que lleva a un bien supremo o último, concluirá el estagirita, y este es la felicidad. Uno puede querer un bien que lleve a otro bien, pero la felicidad es el mayor de los bienes porque se busca como un bien en sí mismo.

Aristóteles, se ve, habla en términos prácticos. La felicidad se da en los actos. Eu práttein: a quien obra bien, le va bien, es feliz. Obrar bien será vivir y actuar guiado por el pensamiento ético. Esta felicidad es así moral y espiritual.

En los tiempos modernos, el fin último del hombre deja de ser la felicidad y la libertad pasa a ser el fundamento de la vida. Ya en la Roma antigua, el patricio era poseedor de libertas, el privilegio de estar libre de las ocupaciones privadas con el fin de ejercer la dignidad de desarrollar una vida pública. El cristianismo habla del libre albedrío, la ilustración francesa de la libertad como derecho natural del hombre. El asunto es extenso y complejo, y no viene al caso detallar el cambio o la evolución de estas ideas. Sirva, en todo caso, un ejemplo sencillo, prosaico y televisivo para mostrar un poco el giro del que hablamos.

En un capítulo de la serie Vikings, Ragnar Lodbrok se lleva aparte a una esclava con la que está fascinado y le dice que ahora puede hacer lo que quiera. Ella le responderá que no es cierto, que a pesar de sus palabras y aunque en adelante él la trate de mil maravillas, ella no vivirá más que un encierro lujoso. Es decir, aunque aceptara con contento lo que Ragnar le ofrece, ella sería nada más que una esclava feliz. El amo, así sea benigno con su esclavo (feliz), siempre tendrá la potestad de someterlo, castigarlo, matarlo, de ejercer dominio sobre él.

De vuelta a la felicidad

Con todo, en la contemporaneidad, el concepto de felicidad parece haber vuelto con fuerza. Muchas son las razones: la relativa tranquilidad que ha vivido en estas décadas el primer mundo, la libertad alcanzada ya lejos de las grandes guerras (hablamos del primer mundo), la influencia estetizante e idílica de la publicidad, la búsqueda más o menos espiritual de las personas ante la falta de sentido de sus días, las redes sociales y toda la perfección y la fama que se desbordan en los simulacros virtuales, entre otras.

En una reciente entrevista para El País el sicólogo israelí Tal Ben-Shahar expresa que las expectativas tienen un papel clave en esta nueva forma de la felicidad. «Lo más peligroso es creer que se puede estar en la cresta de la ola de forma constante», afirma el doctor en psicología y filosofía por la Universidad de Harvard. «La obsesión por ser feliz todo el tiempo hace que la gente se sienta miserable».

El Arthur Fleck de Joker (2019) está obsesionado con ser feliz tal como el sistema indica, pero ni siquiera ha tenido una vida mediamente normal. Es un marginado, un paria inoculado de una idea de felicidad que nunca estará a su alcance. Esto lo daña, lo hace sentir desdichado, pero Arthur Fleck no ceja, con insensata inocencia no se rinde en el intento, y esto lo lleva, inexorablemente, a la debacle.

 

 

Peor aún, en la sociedad donde no importa si eres libre mientras seas feliz, la involuntaria carcajada de Fleck es asumida como algo impropio. El payaso es patético y su risotada incómoda; en el mundo de los hombres felices tiene al amargo sabor de la burla, o quizás de espejo sin máscara que les devuelve a estos hombres «felices» su risa amarga y fea. Como en El nombre de la rosa, es entendida como algo demoníaco. Todo aquel monje que leyera la supuesta Segunda Poética de, justamente, Aristóteles, debía morir, pues ese libro perdido, se dice, trataba sobre la comedia. Así, el monje que conociera los secretos de la risa, esa cosa del diablo, cometía pecado.

Quien ríe a carcajadas está poseído por el demonio, quien se mantiene hierático, sin mostrar sus expresiones, es de la nobleza. Recuerdo a Kendall Jenner en la alfombra roja de los Emmy: el traje apretado que no la dejaba moverse, un asomo —desdeñoso— de sonrisa, pero sobre todo la seriedad, la distancia, el no estar ahí porque su aspiración es estar más allá, mirando desde abajo. Kendall Jenner no necesita sonreír porque no necesita agradar a nadie, ella es perfecta y todos, más bien, debe sonreírle a ella.

Pero Arthur Fleck no, él tiene que ir con su sonrisa de opa por el mundo a la búsqueda de que alguien se apiade de él. Su efecto es el contrario, logra tan sólo la repulsión. De modo que, o eres tonto loco que ríe o eres demonio. ¿Qué elige Arthur Fleck? Aquellos chicos que entran a los colegios a matar, ¿qué han elegido? ¿Qué elige la gente en un mundo confuso y violento?

Pero si bien Todd Phillips pareciera irse por la denuncia al sistema del capital y se lanza contra los millonarios y poderosos, creo que por igual se ha cuidado de caer en las aguas fáciles de la panacea izquierdosa. Aunque las protestas se alzan en las calles con el rostro del Guasón como insignia, ya sabemos lo que él es y será siempre: un villano, un criminal. Sobre sus espaldas pesa la frustración, el resentimiento, el odio y luego sí la locura y el caos. Wisława Szymborska dice en un poema que el odio crea causas y se presenta al principio como todo lo bueno y todo lo justo, pero después ya agarra vuelo y se muestra como es: tan sólo odio. Incluso, señala Szymborska precisa y sabia, el odio tiene el gesto del «éxtasis amoroso».

Nadie puede negar que la justicia para los desprotegidos es necesaria, pero también sabemos —los venezolanos sabemos— que, si no se tiene cuidado, detrás de esa furia «amorosa» viene el dolor inclemente que llaman socialismo o como usted quiera llamarlo. Detrás de las hermosas ideologías colectivistas también viene una felicidad impuesta, tirana, la misma para todos y sin derecho a réplica.

Aquel símbolo de quién sabe qué venganzas se alza sobre las multitudes, pero ya no lo podemos llamar Arthur Fleck, éste ya no existe; ahora se encuentra allí el Guasón, todo poderoso y egoísta, que se ríe a carcajadas de nosotros, víctimas de la destrucción.

* * *

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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