OPINIÓN · 31 DICIEMBRE, 2021 05:45

¡En Uber voy!

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Oscar Doval

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A principios de diciembre, por asuntos de trabajo y temas bancarios tuve que viajar a Miami. Desde 2019 no pisaba USA, primero porque no tenía muchas ganas, y después, porque se atravesó la pandemia que nos tuvo confinados en Venezuela por casi 2 años.

Al llegar al Aeropuerto Internacional de Miami, el hombre de inmigración, perteneciente a una minoría racial, nos trató como basura: – ¡quítese el tapabocas para la foto!, ¿qué hace sin el tapabocas?, ¿es usted sordo?, ¡no entiendo lo que dice, está murmurando!, – ¡póngase el tapabocas, ya de dije!, -¡puedo acusarlo de violar leyes de salud e inmigración por desafiar a la autoridad y lo regreso a Venezuela!

Los días siguientes, hicimos un vía crucis bancario, para rogarle a cada una de las gringas instituciones financieras, que por caridad nos abrieran nuevamente las cuentas que nos habían cerrado o congelado, por el simple hecho de ser venezolanos.

Vencimos todo record, y logramos que dos de los bancos nos concedieran, graciosamente, la posibilidad de ser sus clientes nuevamente. Estoy hablando de bancos con los que tengo relación desde los 90, cuando estudiaba en Chicago.

Lejos de toda euforia, por supuesto me invadió un sentimiento ambivalente. Por una parte, que bueno poder contar con medios de pagos internacionales y “zelles”, por otra, que rabia el ser tratado como parias y los leprosos del mundo por las sanciones americanas. Ahora, resulta que todos los venezolanos nos dedicamos a lavar dinero.

En la época de las vacas gordas nos tendían alfombras rojas, porque la banca americana se llenaba de dinero venezolano. Recordemos que 500 mil millones de dólares de venezolanos reposa en las arcas del sistema financiero gringo.

Lamentablemente no he descubierto un banco iraní, ruso, cubano o bielorruso que tenga zelle, sino ya tuviese mis cuentas allí.

Las sanciones americanas, que a todas luces rechazo, lejos de mover ni un centímetro al gobierno, nos afectan a Usted y a mi, no sólo por el hecho de estar fuera del sistema financiero internacional, sino porque agudizan la crisis económica que vive el venezolano de a pie.

Después del espurio logro bancario, nos dimos a la tarea de atender el tema laboral, por lo que use al menos 20 veces el servicio de Uber. Mi mujer dice que soy un necio, cosa que es cierta, porque cuando estoy en la calle “caigo” a preguntas a todo el mundo que se atraviesa, preguntando sobre su vida y hacer. Esta vez, con los conductores de Uber no fue la excepción.

De estas conversaciones les mostraré una muestra aleatoria (¡bueno, bueno, esta bien, no tan aleatoria!)

Uber 1: iraní

(imaginar lo siguiente con marcado acento persa)

-Yo me vine de Irán cuando cayó el Sha y tomaron el gobierno los Ayatolas. Mi familia era muy pobre, pero apoyaba a Reza Palhavi. Delante de mí, fusilaron a todos mis hermanos y mi padre. Mi madre murió pocos meses después de un infarto, imagino por el dolor que tenía.

-A los 14 años llegué a los Estados Unidos como polizón, en un barco griego. Aquí hice mi vida, me casé con una colombiana y tengo 3 hijos que ya son adultos.

-Han pasado más de 40 años y el dolor por la pérdida de mi familia todavía lo llevo dentro, como un puñal en el corazón.

-¡Salga de Venezuela, no espere más! ¡Su país se está convirtiendo en otro Irán! Pueden matarlo a Usted y a su familia, no corra riesgos. ¡No vale la pena!

-Por cierto, si va a hacer compras, no deje de ir acá -me entregó una tarjeta-, dígales que va de parte de Mohammad y lo van a tratar como un rey.

Uber 2: venezolano

(acento del centro de Venezuela)

-¿Tu sigues en Venezuela?

-¡Discúlpame pana, pero estás loco!

-Yo me escapé en pleno caos económico, en 2017. Ya mi mamá y mi hermana estaban aquí. Me traje a mi esposa y a mis chamos.

-A un sobrino mío lo metieron preso por las protestas, y yo me vi también cerca de la cárcel porque estuve metido cabilla, organizando grupos de escuderos. ¡Qué va chamo, ni de vaina!

 -Soy ingeniero electrónico. Allá en Valencia tenía una empresa de computación, pero la cosa se puso muy mala. Acá estoy haciendo mantenimiento de casas y con el Uber me levanto una buena plata y puedo mantener cómodos a los muchachos. ¡Escuelas de primera, gratis!, ¡salud, gratis!, ¿qué más puedo pedir?

-¡Vente chamo, acá nos ayudamos todos, te echamos una mano y vas a ver que te va a ir súper bien!

Uber 3: cubana

(fuerte acento cubano)

-Yo estoy acá sola, no tengo marido, ni hijos, ni nada.

-Me vine en los 80 para hacer plata y ayudar a mi pobre viejita, mis hermanas y mis sobrinos. Una tropa completa, pues.

-Este país lo que sirve es para hacer dinero, para más nada. Acá, todo el mundo está pendiente de sí mismo y de hacer pesos. No hay amistad de verdad. No nos ayudamos entre los vecinos. Es más, ni nos conocemos.

-Yo el viernes en la noche me tomo unas cervezas con un par de amigas, de allí cada una a su casa a ver televisión, y al día siguiente, a trabajar. Eso, es la vida acá.

-Yo ya he viajado 6 veces a la Habana. Allá, se comparte la pobreza, la gente es solidaria, se ayudan entre todos, bailan, se ríen y lloran juntos. Si hay unas pocas habichuelas, pues eso es lo que hay, y lo comen entre todos. En La Habana se comparte la pobreza, pero al menos, se comparte.

-Yo me regresaría a vivir a Cuba, pero ahora están pasando una crisis muy maluca, después de que Venezuela dejó de ayudar y bajó el turismo por la pandemia. Así, que toca trabajar. Por lo menos un tiempo más, a ver si las cosas mejoran y me voy con mi viejita, para acompañarla a morir. 

Uber 5: venezolano

(acento maracucho)

-¡Este es un país de mierda hermano!

-Yo en Cabimas, tenía unos galpones de pollos y me iba muy bien. Empecé con algo pequeño, sólo con un galponcito y 1000 pollos. De allí crecí un montón y llegué a tener 30 mil pollos. Hacía buenos cobres mi hermano.

-En el 2002, por eso del comunismo de Chávez, mi mujer se empeñó y se empeñó y jodió tanto, que terminamos acá.

-Te cuento mi saldo después de 20 años: terminé divorciado el año pasado después de 25 años de matrimonio. Mis hijos se fueron todos de la casa a los 18 años y ya no me paran bolas. Me pude comprar una casita en Hialiah y todavía estoy pagando la hipoteca.

-Para poder vivir decentemente, durante el día trabajo como contratista y en las noches de Uber, así puedo redondearme y pagar la casa, los seguros, los impuestos y la pensión que le tengo que pagar a mi ex, porque una corte me exigió mantenerla, con todo y que me montó los cachos.

-El año que viene, en marzo, me regreso a Cabimas y monto mi vaina de pollos de nuevo. Ni un día más en esta esclavitud hermanito. Y que esa cuima, vaya a cobrarme la pensión a Cabimas, para lanzarle un pollo por la cabeza.

Bueno ahora a bajarme del Uber y a dar mi punto de vista, porque sino mi editora me regaña.

Está en la mente y el imaginario de todos los venezolanos, si quedarse en Venezuela, aunque sea un país que atraviesa una grave crisis social, económica y política, propia de cualquier país africano depauperado -con todo el respecto que merecen- o emigrar a un país con una economía y política estable. No en vano, han salido de Venezuela, entre 4 y 6 millones de compatriotas.

Yo mismo, me lo he preguntado muchas veces, eso si, si emigro alguna vez, me voy a los países nórdicos -te irás sólo, siempre me dice mi mujer-, nada de tercer mundo, ni de imperios, ambos son polos desastrosos.

Mi padre, español de origen, republicano y perseguido político en los 30 y 40, quien tiene hoy 94 años, y ostenta la sabiduría propia de esa edad, siempre dice que si él hubiese sabido que el régimen Franco iba a durar tan poco -36 años-, jamás habría salido de España.

Esto lo completa afirmando que el desarraigo y la melancolía por dejar la tierra natal, es un dolor que lo acompaña a uno de por vida, adentro, muy guardado en lo más profundo del alma. Dice también, que ese extrañar, no tiene que ver con el amor que tiene por Venezuela, donde hizo familia, patrimonio y un chorro de afectos que lo rodean y cuidan.

Pensando calmadamente, yo siento lo mismo que mi padre. En Venezuela están mis vivos y mis muertos, mi historia llena de alegrías y dolores, así como de miles de oportunidades que mi amada patria me ha dado, independientemente de las crisis y los políticos.

¡Ya basta de culpar al gobierno y a los gobiernos, por nuestra historia y circunstancias! Como ciudadanos venezolanos tenemos la responsabilidad ineludible de construir y hacer país.

¡Ya basta de poner afuera, la causa de nuestras penurias! Cada uno de nosotros es responsable del destino de la patria. Como una fuerza unida y organizada, la ciudadanía podemos con todos los retos que tenemos que enfrentar en lo político, social y económico.

¿Qué estamos esperando?

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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