Desventuras de un venezolano con zika en Madrid - Efecto Cocuyo

OPINIÓN · 9 MARZO, 2016 11:36

Desventuras de un venezolano con zika en Madrid

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Eloi Yagüe Jarque | @eloiyague

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Saúl Iriarte (nombre ficticio) llegó a Madrid el 21 de enero pasado procedente de Caracas, Venezuela. Su intención era pasar unas vacaciones en España y visitar a familiares y amigos. No sabía que por sus venas circulaba algo que alteraría sus planes. Había alquilado un pequeño apartamento en la calle Salitre 22 de Lavapiés, porque quería conocer el Madrid pintoresco, el de los callos los lunes y cocido los miércoles. En la página web de la empresa que ofertaba el lugar se veía muy pequeño por lo que el precio, desde luego, era bastante asequible. Pero lo mejor de todo era la cercanía a los grandes museos, el Reina Sofía, el Thyssen Bornemisza y El Prado, así como al Parque El Retiro y a otras atracciones turísticas.

Los primeros dos días los disfrutó caminando por Atocha para llegar a Sol, tomando churros con chocolate en la Plaza Jacinto Benavente, sacándose selfies con el oso y el Madroño, en fin, haciendo lo que hacen todos los visitantes. La temperatura, inusualmente cálida, favorecía el turismo.

Pero al tercer día pasó algo raro. La noche anterior había sentido un poco de quebranto y se tomó un analgésico antes de acostarse. En la mañana, cuando abrió los ojos se sintió adolorido. “Vaya, me debo haber resfriado”, pensó. Especialmente sintió que le dolían los globos oculares y las articulaciones.

Cuando se miró en el espejo se alarmó al ver su cara enrojecida. Y no sólo la cara: tambien tenía en los brazos unos desagradables puntos rojos. Además le dolía la cabeza y los globos oculares y lagrimeaba. Al principio pensó que era un ataque de alergia, pero poco a poco se fue abriendo en su cerebro una perplejidad: ¿Y si fuese zika?

Recordó que antes de salir de Venezuela varios familiares y allegados habían sufrido de zika y los síntomas eran similares, salvo la fiebre y la conjuntivitis tenía todo lo que se suele presentar, pero lo principal era el dolor de articulaciones: literalmente se sentía como si una aplanadora le hubiese pasado por encima.

¿Qué hacer? Salió de su edificio y preguntó a un africano que pasaba por la calle Salitre cuál era el Centro de Salud más cercano a su vivienda provisional. Le dijo que fuera al Mercado de Lavapiés. ¿Un hospital en un mercado? Cosas más raras se han visto. En efecto, el centro de salud se hallaba en el piso superior del mercado, que en realidad era tan limpio que parecía un hospital.

Cuando llegó a la taquilla donde atendían al público tuvo un ataque de incertidumbre: “¿Qué digo? No puedo decir que tengo zika, yo mismo no estoy seguro, además sería una alarma innecesaria. ¿Y si no saben qué es zika?”. Optó por decir que sentía malestar de gripe y la enfermera le preguntó dónde vivía. Cuando le dijo su dirección provisional le respondió que tenía que ir a otro centro de salud que quedaba como cinco cuadras más arriba de la calle Atocha.

Iriarte tuvo la desagradable sensación (muy conocida por casi todos los venezolanos), de estar siendo ruleteado por lo que, ante la perspectiva de tener que caminar tanto en el estado en que se encontraba, decidió ser más directo y dijo:

–Vengo de Venezuela y creo que tengo Zika. Necesito un examen de sangre.

Supo enseguida, por la expresión de alarma de la enfermera, que había cometido un error. Le pareció hasta que se echaba hacia atrás en su asiento para poner más distancia entre ambos.

–Aquí no sacamos sangre, tiene que ir a un Hospital –dijo.
–Y cuál es el más cercano.
–Pues el Ramón y Cajal.
–¿Dónde queda?
–En la carretera de Colmenar viejo.
–¿No hay otro más cercano?
–Vaya a la Fundación Jiménez Díaz. Pregunte por Urgencias –dijo. Y le dio un papelito con la dirección.

El hospital quedaba en Moncloa, o sea, bastante lejos. Para ir en Metro tenía que coger la línea 3 cuya estación más cercana era precisamente Lavapiés. Si era verdad que tenía zika, o así fuera una simple gripe, lo mejor que podía que hacer era reposar, pero intuyó que ese día no descansaría mucho.

Al salir de la estación Moncloa lo recibió un viento helado y una llovizna pertinaz que hicieron crujir sus huesos. Caminó y preguntó y al final llegó al gran edificio de la Fundación Jiménez Díaz, un complejo hospitalario cercano al Clínico Universitario.
Se aproximó a Urgencias. Había no menos de 60 personas en la sala, algunos con yesos, otros en silla de ruedas, otros con expresiones de dolor. Escuchaba conversaciones en varios idiomas. Tomó un número y se sentó, pensando que todas las salas de espera del mundo son iguales.

sala de espera hospital

Lo llamaron rápidamente. Se sintió feliz por ello y se acercó a Triaje donde una joven le tomó los datos. Cuando le preguntó los síntomas empezó a echarle el cuento desde el principio. Pero al aclararle que solo tenía que anotar lo principal, le dijo la versión resumida: “siento malestar de gripe”. La joven le puso una pulsera con un código de barras y le despachó. Estuvo con ella menos tres minutos.

En la sala de espera, durante la hora larga que aguardó, tuvo tiempo de recordar el caso de la auxiliar de enfermería española Teresa Romero, quien fue contagiada de ébola en 2014 al atender o limpiar la habitación de un misionero repatriado de África en el hospital Carlos III de Madrid, el cual murió a causa del terrible virus. Entonces, la televisión mostró, en vivo y en directo, un impresionante operativo donde los médicos que trataron a Teresa, la cual entró en cuarentena, iban con trajes que parecían espaciales.

La opinión pública estuvo en vilo con el caso, hubo vigilias y rogativas y al final la auxiliar de enfermería se salvó y fue dada de alta el 5 de noviembre de 2014. El 2 de diciembre la OMS (Organización Mundial de la Salud) declaró a España libre de ébola. “Si fuese ébola lo que tengo ya habría contagiado a toda esta gente”, pensó.

Una hora después dormitaba soñando que lo agarraban unos hombres vestidos con trajes espaciales, cuando escuchó su nombre. Una joven doctora lo llamaba y lo condujo a un cubículo. Iriarte trató de ser lo más preciso posible, para evitar alarmar. Le contó que venía de Venezuela donde se había desatado una epidema de zika.

Dustin Hoffman en epidemia

Ella lo escuchó con atención.

–Pues tendré que mirar –dijo con una sonrisa que a Iriarte le recordó a la de la Monalisa. Y miró en la pantalla de su computadora.

En resumen, le dijo que en España no había gran incidencia del mosquito Aedes (sí, el mismo que transmite el dengue) por lo que era probable que se hubiera infectado en Venezuela y que podía o no ser zika, pues de acuerdo a su relato tenía algunos síntomas pero otros no; que la mayor incidencia es en zonas de África y en Brasil y que la peligrosidad es alta en mujeres embarazadas por el riesgo de que los niños nazcan con microcefalia.

–De todos modos, para descartar veamos cuál es el protocolo –anunció.

La doctora tomó el teléfono y marcó un número. Resultó que el epidemiólogo estaba ocupado, lo cual acentuó su sonrisa irónica (la de la doctora), quien finalmente le prescribió paracetamol de 650 gramos con cada comida, abundantes líquidos y reposo.

–¿Tiene móvil? –preguntó.
–Sí, un amigo me lo prestó.
–Déjeme su número y si hace falta lo llamaremos. ¡Que pase el siguiente!

Iriarte fue con su récipe en la mano a la farmacia más cercana, temeroso de que le dijeran “¡No hay!”, tal como le había ocurrido en Caracas cada vez que había ido a buscar un medicamento en los últimos meses. Para su sorpresa sí había, la caja costaba 6,33 euros. “Se trata de un analgésico similar al acetamonifen”, explicó la farmaceuta, lo cual lo tranquilizó porque le era familiar.

El tratamiento fue dando resultado, rápidamente Iriarte se sintió del todo curado y pudo proseguir sus paseos.

Pocos días después vio en la tele que la Organización Mundial de la Salud había decretado alerta internacional por la epidemia de zika. El virus avanzaba y se descubrían nuevos aspectos, como que se transmite también por relaciones sexuales.

“Ahora, sí que me van a llamar”, pensó Iriarte y se puso algo nervioso imaginando que venían a buscarlo hombres con cascos y enfundados en trajes amarillos, portando inquietantes cavas y cumpliendo desconocidos protocolos. Pero pasó el tiempo y la doctora de la sonrisa irónica nunca lo llamó.

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