De máscaras a mascarillas - Efecto Cocuyo

OPINIÓN · 20 FEBRERO, 2021 04:41

De máscaras a mascarillas

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Leoncio Barrios | @Leonciobarrios

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Por siglos, la celebración del carnaval ha sido la oportunidad oficial para taparnos el rostro con una máscara. Un acto que se hace (o se hacía) con entusiasmo. Era el preludio de la fiesta por comenzar. Un dejar de ser quien somos para pasar a ser quien quisiéramos y, si es necesario, dar rienda suelta a deseos reprimidos. No en vano, el carnaval es fiesta de la carne.

Así fue hasta el 2020. Pocas semanas después del carnaval de ese año, el mundo se semiparalizó. Quedamos estupefactos con la declaración de la más devastadora pandemia en un siglo, la del Covid-19, que un año después sigue golpeándonos.

En este 2021 no hubo decreto de carnaval en ciudad alguna. Las multitudes son malas compañía en tiempos de Covid-19. En las calles de Río de Janeiro, Bahía, las Canarias, Bruselas, Oruro, los canales de Venecia se vieron pocas máscaras, predominaron las mascarillas. Eso es muy triste. Pero como ya es suficiente la tristeza y el miedo que recorre al mundo, quiero compartir con ustedes uno de los capítulos de mi libro Cerro Grande, (Alliteration, 2020. Amazon).  Este rememora el carnaval en la Caracas en los años 50.

Espero que cuando lo lean, les provoque celebrar la vida, aunque sea con mascarilla puesta.

La gran fiesta

En los cincuenta, en tiempos de dictadura, la gran fiesta popular del carnaval fue repotenciada. El nuevo país, el modernismo, la tecnología, mucho dinero. Había que celebrar y a la dictadura le venía como anillo al dedo jugar a los disfraces. La gran fiesta de la época siempre fue en Caracas. En el Ávila, para más señas, pero no en el cerro que corona la ciudad, sino en el elegante hotel mandado a construir por Rockefeller en San Bernardino, cerquita del cerro. “En el Ávila es la cosa”, decía el eslogan y la gente que podía pagarlo se iba para allá a bailar con grandes orquestas nacionales y extranjeras, que eran la gran atracción.

Las mujeres se disfrazaban, los hombres no tanto. Algunas usaban máscaras de “negritas”, para ser las pícaras y desenvueltas que dando la cara, no se les permitía. “¿A que no me conoces?” era la frase que acompañaba al tongoneo de las caderas para provocar al parejo mientras bailaban al ritmo de la orquesta de Chucho Sanoja, quien con fuertes influencias de la costa colombiana, Panamá y, por supuesto, de Cuba y la República Dominicana, animaba la fiesta. Uno de los cantantes, Chico “Sensación” Salas, interpretaba Lamento Náufrago, un hit al final de la década de los cincuenta:

Sobre la arena mojada, / bajo el viejo muelle / la besé con honda pasióóón / porque era un amor perdido, / perdido en la playa, / perdido en la bruma del maaar / Viejo muelle de mi puerto, / triste atracadero / de pasiones náufragas del maaar, / sé que cerca a tus pilotes aún están anclados / los recuerdos de aquel amooor.

Esa canción, quizás por ser un poco triste, se bailaba arrastrando los pies suavemente, moviendo poco las caderas. Pero como las fiestas tenían que ser alegres después de esa interpretaba aquella de ritmo “apambichao” que decía:

Me voy para la cumbiamba / a tocar el acordeón. / Me voy para la cumbiamba / a tocar el acordeón / a ver si encuentro quien pueda / quitarme la picazón. / A ver si encuentro quien pueda / quitarme la comezón.

Y entonces la fiesta sí se prendía porque ese ritmo era jacarandoso.

Más elegantes, pero menos animadas, eran las celebraciones del carnaval en el hotel estrella en los cincuenta y unos cuantos quinquenios más: el Tamanaco, otra de las joyas arquitectónicas de la modernidad de Caracas, situado en una colina de Las Mercedes. Ese hotel era el alojamiento por excelencia de ejecutivos y turistas, sobre todo de los gringos.

Grandes espectáculos se realizaban en su salón Naiguatá y fue la sede del concurso de belleza Miss Venezuela durante los años cincuenta. Otra obra maravillosa del modernismo en la ciudad fue el teleférico del Ávila que subiendo por esa montaña nos acercaba al cielo estando vivos.

Al teleférico nos llevaba una de las tías algunos domingos, vestidos como si fuéramos para Mérida o Pamplona, por lo del frío, pero quedaba cerquita de Caracas. Allá comíamos manzanas acarameladas para pasar el susto de estar montados en aquellos carritos que se elevaban como hacia el cielo balanceándose sobre un bosque. Mamá no iba porque le daba vértigo tanta altura.

Por el teleférico también se llegaba a la estrella de la modernidad caraqueña, el imponente hotel Humboldt, en la cúspide del Ávila. Como allá arriba hacía tanto frío, en ese hotel las fiestas eran pocas y cuando las había se justificaban las estolas en las damas y hasta capas en los caballeros, pero en carnaval no había fiestas allá arriba; la guachafita era más abajo, al pie del Ávila.

La diversión de la muchachera en carnaval era el día de la coronación de la reina de la escuela, por las mañanas y, a veces, el concurso del mejor disfraz. Ese desfile era un despliegue de habilidades, creatividad y recursos de los disfraces hechos en casa, por la mamá, la tía, la abuela que sabían coser o lo encargaban a la modista de la familia. Aunque también, claro, aparecían los disfraces hechos en serie, comprados en las tiendas. Pero fuera como fuese, las mamás iban orgullosas de sus 
crías disfrazadas.

Por las tardes, la fiesta era con los desfiles de carrozas por las avenidas Sucre, Urdaneta y Andrés Bello o en Los Próceres, todas símbolos del progreso de la capital. En las carrozas venían las reinas de las parroquias y de algunas instituciones públicas y privadas. Era un largo y vistoso paso de representaciones fantásticas, como se veían en la televisión, en las películas o en los sueños.

En uno de los desfiles de mitad de los cincuenta, una de las carrozas más imponentes, con un gran globo terráqueo en lo alto, quedó grabada en la memoria colectiva de la época. Se desplazaba lenta, lentamente, como se desliza toda carroza y más si traslada a una reina mundial. Sobre el polo norte de aquel globo, brillando como una estrella, se erguía una figura femenina, bella, bellísima, con un largo vestido blanco como las diosas del Olimpo, pero por morena no podía ser griega, solo reina de fantasía tropical, como mis vecinas. Era la primera Miss Venezuela que reinaba en el mundo. Creíamos haber alcanzado el cenit.

“¡Aquí es, aquí es!”, gritábamos niños y adultos parados en las aceras, bolsa en mano, como en una gran piñata, y una lluvia de caramelos y jugueticos caía sobre nuestras cabezas, haciéndonos saber que sí, que aquí era el país del Nuevo Ideal Nacional, el de la eterna primavera, el de la quimera, del petróleo y el dinero, el de la apuesta al futuro, el del general y sus militares, el de los esbirros de la Seguridad Nacional; el país donde los niños son felices y gozan más, como decía la canción de Bambilandia, pero donde muchos teníamos padres, tíos o vecinos, perseguidos por la policía y no por ser ladrones ni asesinos, sino porque sus ideales eran distintos al Nuevo Ideal Nacional.

Los vecinos de Cerro Grande no se quedaban atrás en la celebración del carnaval. Las campañas electorales de las candidatas de cada piso que aspiraban coronarse reina del edificio nos entrenaron para las campañas que después, ya en tiempos de democracia, se harían para elegir al presidente del país y otras autoridades.

En el piso 4 desfilaban las candidatas, un jurado seleccionaba a la ganadora, la coronaban y ¡a bailar se ha dicho!

La reina de Cerro Grande no desfilaba en la calle, no era necesario; ya tenía suficientes aplausos y súbditos por los pasillos del edificio, el primer superbloque que se construyó en Caracas.

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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