OPINIÓN · 5 NOVIEMBRE, 2017 12:27

Clap: Cómo esclavizar a un pueblo

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Antonio José Monagas

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El grado de retroceso en Venezuela a estas alturas del siglo XXI, es catastrófico e insólito. Ni siquiera la precariedad que vivió el siglo XIX, pinta el drama que actualmente agobia al país. La llamada “soberanía alimentaria” es simplemente un cliché para encubrir las deficiencias imposibles de ser disimuladas por las acciones que, sin éxito alguno, lleva adelante el régimen.

El gasto gubernamental realizado con el propósito de superar el trastorno que su desidia ha ocasionado en el curso de estos últimos años de grosera revolución, ha ido a parar en “saco roto”. Los objetivos trazados en el marco de tan costosa decisión, se tradujo en lograr todo lo contrario. O sea, lejos de aminorar el problema alimentario padecido por venezolanos de humilde extracción socioeconómica, se acentuó. Esto significa, nada más y nada menos, que el hambre, estimada como problema a superar, se potenció provocando consecuencias peores.

Hoy Venezuela se acuesta con hambre, despierta con hambre y vive con hambre. Y aunque el alto gobierno no suelta prenda alguna en torno a los problemas que afectan la salud alimentaria de su población, no deja de conocerse la magnitud de la aguda crisis humanitaria que asfixia al país por los cuatro costados.

Y no sólo es eso. La industria alimentaria funciona timoratamente. Además, son pocas las empresas que, escasamente, alcanzan a producir algo menos del cincuenta por ciento de su capacidad. Aunque buena cuota de su producción, es obligada a aterrizar en los stock del gobierno. Ello, con el objetivo de rellenar las cajas y bolsas asimétricamente distribuidas por los CLAP (Comités Locales de Abastecimiento y Producción).

Pero esta situación tiene un correlato profundamente conmovedor. El mismo tiene que ver con la menesterosa calidad de alimentación que las realidades prodigan al venezolano de exiguos recursos. Aunque dicha condición, abarca más de la mitad de la población venezolana. De hecho, quienes de alguna forma pertenecían a una clase media algo pudorosa, ya no están ahí. Las circunstancias llevaron a deslizarla a niveles de patente necesidad. Es decir, cayó en un rango ocupado por penurias de “cruda incidencia”.

Este problema adquiere sentido, al advertirse el nivel de pobreza que hoy caracteriza la vida y dieta del venezolano. De diez grupos de alimentos que hasta hace poco integraban el plato de comida de estos venezolanos, se redujo a cuatro o cinco evidenciándose la magnitud de tan caótica situación. De su dieta, desaparecieron proteínas de alto valor biológico, frutas y vegetales, dejándolo en medio de una situación donde tiene una alimentación monótona e insuficiente de componentes que garanticen salud física y emocional.

Sin embargo, lo peor de todo no está precisamente en lo arriba explicado. Está en la razón de la creación de los mal llamados CLAP que funcionan como centro de la Gran Misión Abastecimiento Soberano. Invento éste inconcluso y retorcido que para nada ha podido resolver problemas de mayúscula incidencia. Sobre todo, porque no fue diseñado para promover libertades sino para subyugar derechos humanos. Su propósito primario, si bien tergiversa el manoseado concepto de “soberanía popular”, es la causa del desvío conceptual y operativo que afecta la vida del venezolano, cuya alimentación está sujeta al carácter pringoso y paliativo que encubre gruesas desigualdades y pervertidas mezquindades. Mas, al comprender que este espantoso remedo de democracia protagónica, además de avivar serios problemas de desnutrición, ha profundizado medidas regresivas sobre derechos económicos, sociales, educativos, civiles y políticos. O tan fundamentales como el de la alimentación y referidos a la salud o a expresar libremente pensamientos, ideas u opiniones de viva voz sin que por ello pueda establecerse censura, entre otros.

Dichas cajas ,que no son resultado del grado de productividad del país, son expresión del paroxismo que acusa la discriminación, en tanto que le hace el juego a la especulación y al mercado negro de alimentos. Pero más aún, son placebos políticos que utiliza el régimen para manipular el voto necesario con el cual busca desesperadamente seguir enquistado en el poder. De manera que esas cajas se convierten en artimañas con lo cual se busca comprar espacios de poder político desde donde estos gobernantes usufructúan la condición administrativa y financiera del Estado venezolano en provecho propio. Todo ello, hecho a cambio de despojos de libertad a lo que llaman “Estado de Derecho”. Mejor es concluir con que esas migajas de vida, contenidas en tan engañosos recipientes, vendidos como “gran favor soberano” y auténtica expresión de miseria, es la mejor fórmula inventada por el socialismo del siglo XXI que evidencian la intencionalidad de los CLAP. Es decir, CLAP: ¿cómo esclavizar un pueblo?

Mientras más misiones y otros cuentos son inventados como criterios de “democracia protagónica” por un alto gobierno manchado por la indolencia propia del salvajismo revolucionario, es porque están ensayándose nuevas formas de sumisión. Así se probarán otros modos de subordinación de un pueblo, sin que se note el más mínimo signo de la perversidad que ocultan sus acciones.

Foto: Archivo Efecto Cocuyo

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de la entera responsabilidad de sus autores.

 

 

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El gasto gubernamental realizado con el propósito de superar el trastorno que su desidia ha ocasionado en el curso de estos últimos años de grosera revolución, ha ido a parar en “saco roto”. Los objetivos trazados en el marco de tan costosa decisión, se tradujo en lograr todo lo contrario. O sea, lejos de aminorar el problema alimentario padecido por venezolanos de humilde extracción socioeconómica, se acentuó. Esto significa, nada más y nada menos, que el hambre, estimada como problema a superar, se potenció provocando consecuencias peores.

Hoy Venezuela se acuesta con hambre, despierta con hambre y vive con hambre. Y aunque el alto gobierno no suelta prenda alguna en torno a los problemas que afectan la salud alimentaria de su población, no deja de conocerse la magnitud de la aguda crisis humanitaria que asfixia al país por los cuatro costados.

Y no sólo es eso. La industria alimentaria funciona timoratamente. Además, son pocas las empresas que, escasamente, alcanzan a producir algo menos del cincuenta por ciento de su capacidad. Aunque buena cuota de su producción, es obligada a aterrizar en los stock del gobierno. Ello, con el objetivo de rellenar las cajas y bolsas asimétricamente distribuidas por los CLAP (Comités Locales de Abastecimiento y Producción).

Pero esta situación tiene un correlato profundamente conmovedor. El mismo tiene que ver con la menesterosa calidad de alimentación que las realidades prodigan al venezolano de exiguos recursos. Aunque dicha condición, abarca más de la mitad de la población venezolana. De hecho, quienes de alguna forma pertenecían a una clase media algo pudorosa, ya no están ahí. Las circunstancias llevaron a deslizarla a niveles de patente necesidad. Es decir, cayó en un rango ocupado por penurias de “cruda incidencia”.

Este problema adquiere sentido, al advertirse el nivel de pobreza que hoy caracteriza la vida y dieta del venezolano. De diez grupos de alimentos que hasta hace poco integraban el plato de comida de estos venezolanos, se redujo a cuatro o cinco evidenciándose la magnitud de tan caótica situación. De su dieta, desaparecieron proteínas de alto valor biológico, frutas y vegetales, dejándolo en medio de una situación donde tiene una alimentación monótona e insuficiente de componentes que garanticen salud física y emocional.

Sin embargo, lo peor de todo no está precisamente en lo arriba explicado. Está en la razón de la creación de los mal llamados CLAP que funcionan como centro de la Gran Misión Abastecimiento Soberano. Invento éste inconcluso y retorcido que para nada ha podido resolver problemas de mayúscula incidencia. Sobre todo, porque no fue diseñado para promover libertades sino para subyugar derechos humanos. Su propósito primario, si bien tergiversa el manoseado concepto de “soberanía popular”, es la causa del desvío conceptual y operativo que afecta la vida del venezolano, cuya alimentación está sujeta al carácter pringoso y paliativo que encubre gruesas desigualdades y pervertidas mezquindades. Mas, al comprender que este espantoso remedo de democracia protagónica, además de avivar serios problemas de desnutrición, ha profundizado medidas regresivas sobre derechos económicos, sociales, educativos, civiles y políticos. O tan fundamentales como el de la alimentación y referidos a la salud o a expresar libremente pensamientos, ideas u opiniones de viva voz sin que por ello pueda establecerse censura, entre otros.

Dichas cajas ,que no son resultado del grado de productividad del país, son expresión del paroxismo que acusa la discriminación, en tanto que le hace el juego a la especulación y al mercado negro de alimentos. Pero más aún, son placebos políticos que utiliza el régimen para manipular el voto necesario con el cual busca desesperadamente seguir enquistado en el poder. De manera que esas cajas se convierten en artimañas con lo cual se busca comprar espacios de poder político desde donde estos gobernantes usufructúan la condición administrativa y financiera del Estado venezolano en provecho propio. Todo ello, hecho a cambio de despojos de libertad a lo que llaman “Estado de Derecho”. Mejor es concluir con que esas migajas de vida, contenidas en tan engañosos recipientes, vendidos como “gran favor soberano” y auténtica expresión de miseria, es la mejor fórmula inventada por el socialismo del siglo XXI que evidencian la intencionalidad de los CLAP. Es decir, CLAP: ¿cómo esclavizar un pueblo?

Mientras más misiones y otros cuentos son inventados como criterios de “democracia protagónica” por un alto gobierno manchado por la indolencia propia del salvajismo revolucionario, es porque están ensayándose nuevas formas de sumisión. Así se probarán otros modos de subordinación de un pueblo, sin que se note el más mínimo signo de la perversidad que ocultan sus acciones.

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