OPINIÓN · 2 OCTUBRE, 2019 05:30

Cash, Los tigres del norte y la prisión de Folsom

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Fedosy Santaellla

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“Cada vez que se habla de la prisión Folsom, no se puede dejar de pensar en Johnny Cash”

Siempre he pensado que el arte es una fuerza poderosa y perdurable que transforma el dolor. La literatura, el teatro, la música, las artes plásticas, la danza, toman el dolor exterior y lo convierten en un dolor íntimo, en una belleza que te saca del lugar y te lleva a otra parte, no sin el dolor, sino con ese dolor, ya lo he dicho, transfigurado.

La prisión de Folsom es la segunda prisión más antigua del estado de California (la primera es San Quintín), y en sus mejores tiempos (sus peores) fue un atroz recinto de máxima seguridad.

Nadie podría emocionarse ni parecerle maravilloso hablar de la prisión de Folsom. Hoy tampoco, aunque sus condiciones hayan mejorado. Estoy consciente, por supuesto, de que una cárcel de Estados Unidos puede resultar ser todo un palacio en comparación con una venezolana, pero prisión es prisión, oscuridad y dolor, y la pérdida de la libertad una de las peores cosas que le pueden pasar a un hombre. Aun así, cuando se nombra la prisión de Folsom, hay algo más que decir que resulta emocionante, conmovedor e inspirador.

En 1968, Johnny Cash, uno de los más grandes artistas de la música popular de Estados Unidos, dio un concierto en la cafetería de la prisión Folsom. De allí surgió un álbum en vivo que es hoy en día un gran clásico con millones de copias vendidas.

En ese disco quedó registrado «Folsom Prison Blues», un tema que habla de trenes y prisiones, de un hombre que gustaba de las armas, que mató a otro y que terminó en Folsom añorando aquellos vagones de ferrocarril como imágenes de libertad.

Cash contó que escribió el tema luego de haber visto Inside The Walls of Folsom Prison (1951), un film carcelario escrito y dirigido por Crane Wilbur. No era gran cosa aquel drama patibulario, pero al joven Cash lo llevó a escribir un tema que, todo hay que decirlo, no fue de su completa autoría, pues apenas le hizo unos pequeños cambios a la letra de «Crescent City Blues», original de compositor y pianista Gordon Jenkins. Jenkins, durante los cuarenta y cincuenta, trabajó con monstruos de la talla de Ella Fitzgerald, Billie Holiday y Louis Armstrong. Es decir, no era un desconocido, y cuando Cash relanzó el tema, el compositor lo demandó y el hombre de negro tuvo que pagar una cuantiosa compensación de setenta y cinco mil dólares, que es mucho dinero hoy día, pero más en aquel entonces.

Si bien Cash no puso la mayor parte de la letra —esto también hay que decirlo—, sí agregó una de las frases más estremecedoras de la canción: «Maté un hombre en Reno, sólo para verlo morir». Diría Cash años después que en aquel momento se había querido imaginar lo peor que un hombre podía hacer, y se le ocurrió que sería eso: matar por matar, porque sí, porque se puede.

El tema, tal como se ha dicho, fue relanzado, no una sino dos veces. Cash lo grabó originalmente para su álbum debut, Johnny Cash with His Hot and Blue Guitar!, y en 1962 la incluyó de nuevo en el álbum All Aboard the Blue Train, pero fue justamente la versión en vivo, es decir, la que tocó frente a los reclusos de Folsom, la que alcanzó el primer lugar de la cartelera country.          

A partir de entonces, cada vez que se habla de la prisión Folsom, no se puede dejar de pensar en Johnny Cash. Muchos de los que pagan condena allá lo saben, y si no lo de Cash, por lo menos lo de Los tigres del norte. Porque en 2018, cincuenta años después del concierto del hombre de negro, Los tigres del norte tocaron en Folsom, antes los reclusos, esta vez en el patio.

Cuando Cash tocó la población latina era mínima, hoy día ocupa un porcentaje considerable, sobre todo de mexicanos. Los Tigres del Norte en la Prisión de Folsom (2019), dirigido por Tom Donahue, registra el concierto de la banda, que resulta, cómo no, un homenaje confeso al gran músico estadounidense. De hecho, el toque comienza con «Folsom Prison Blues» en español y con ritmo norteño.

Pero Los Tigres del Norte en la Prisión de Folsom no es un concierto, sino un documental que se va armando con entrevistas a prisioneros y prisioneras cuyas historias y reflexiones se entrelazan con el contenido social presente en muchos de los temas de Los tigres del norte. Queda también patente en el documental cómo aquellos legendarios músicos son para algunos de los reclusos un horizonte, algo bueno y deseable más allá de sus vidas, de su destino, del tiempo perdido, del tiempo que desperdiciaron. Porque al final, para aquellos hombres, todo se reduce al tiempo. Al tiempo que cometieron el delito, al tiempo de condena, al tiempo que llevan en prisión, al tiempo que les queda para volver a ser libres.

La poeta Ana Ajmátova pasó un año y medio haciendo guardia frente a una prisión rusa en Leningrado. Estaba fuera, a la sombra de los muros, junto a otras mujeres, madres, esposas, hijas, quién sabe si también abuelas. El hijo y el compañero de la Ajmátova habían desaparecido detrás de esos muros, y ella compartía y padecía con estas mujeres el dolor de sus hombres encerrados. Un día, entre la masa de mujeres, una que la reconoció se acercó y le dijo al oído: «—Y esto, ¿puede describirlo?» La poeta respondió: «Puedo».

Poder, las artes tienen ese otro poder frente al de los opresores de libertades. Las artes son testimonio del horror y también son belleza, dolor transmutado. La prisión de Folsom sigue siendo un lugar atroz, por supuesto, pero el arte le dañó algo a la oscuridad cuando traspasó sus puertas, dos veces ya, para darle luz a los presos, para sacarlos por un instante del patíbulo. Para ellos, el concierto de Cash y el concierto de Los tigres del norte es algo más, algo más significativo e incluso profundo. Como un tren que se aleja de Folsom, como sus rieles, así va la música, así van aquellos prisioneros.

Que nunca se piense que el arte de más.

* * *

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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La prisión de Folsom es la segunda prisión más antigua del estado de California (la primera es San Quintín), y en sus mejores tiempos (sus peores) fue un atroz recinto de máxima seguridad.

Nadie podría emocionarse ni parecerle maravilloso hablar de la prisión de Folsom. Hoy tampoco, aunque sus condiciones hayan mejorado. Estoy consciente, por supuesto, de que una cárcel de Estados Unidos puede resultar ser todo un palacio en comparación con una venezolana, pero prisión es prisión, oscuridad y dolor, y la pérdida de la libertad una de las peores cosas que le pueden pasar a un hombre. Aun así, cuando se nombra la prisión de Folsom, hay algo más que decir que resulta emocionante, conmovedor e inspirador.

En 1968, Johnny Cash, uno de los más grandes artistas de la música popular de Estados Unidos, dio un concierto en la cafetería de la prisión Folsom. De allí surgió un álbum en vivo que es hoy en día un gran clásico con millones de copias vendidas.

En ese disco quedó registrado «Folsom Prison Blues», un tema que habla de trenes y prisiones, de un hombre que gustaba de las armas, que mató a otro y que terminó en Folsom añorando aquellos vagones de ferrocarril como imágenes de libertad.

Cash contó que escribió el tema luego de haber visto Inside The Walls of Folsom Prison (1951), un film carcelario escrito y dirigido por Crane Wilbur. No era gran cosa aquel drama patibulario, pero al joven Cash lo llevó a escribir un tema que, todo hay que decirlo, no fue de su completa autoría, pues apenas le hizo unos pequeños cambios a la letra de «Crescent City Blues», original de compositor y pianista Gordon Jenkins. Jenkins, durante los cuarenta y cincuenta, trabajó con monstruos de la talla de Ella Fitzgerald, Billie Holiday y Louis Armstrong. Es decir, no era un desconocido, y cuando Cash relanzó el tema, el compositor lo demandó y el hombre de negro tuvo que pagar una cuantiosa compensación de setenta y cinco mil dólares, que es mucho dinero hoy día, pero más en aquel entonces.

Si bien Cash no puso la mayor parte de la letra —esto también hay que decirlo—, sí agregó una de las frases más estremecedoras de la canción: «Maté un hombre en Reno, sólo para verlo morir». Diría Cash años después que en aquel momento se había querido imaginar lo peor que un hombre podía hacer, y se le ocurrió que sería eso: matar por matar, porque sí, porque se puede.

El tema, tal como se ha dicho, fue relanzado, no una sino dos veces. Cash lo grabó originalmente para su álbum debut, Johnny Cash with His Hot and Blue Guitar!, y en 1962 la incluyó de nuevo en el álbum All Aboard the Blue Train, pero fue justamente la versión en vivo, es decir, la que tocó frente a los reclusos de Folsom, la que alcanzó el primer lugar de la cartelera country.          

A partir de entonces, cada vez que se habla de la prisión Folsom, no se puede dejar de pensar en Johnny Cash. Muchos de los que pagan condena allá lo saben, y si no lo de Cash, por lo menos lo de Los tigres del norte. Porque en 2018, cincuenta años después del concierto del hombre de negro, Los tigres del norte tocaron en Folsom, antes los reclusos, esta vez en el patio.

Cuando Cash tocó la población latina era mínima, hoy día ocupa un porcentaje considerable, sobre todo de mexicanos. Los Tigres del Norte en la Prisión de Folsom (2019), dirigido por Tom Donahue, registra el concierto de la banda, que resulta, cómo no, un homenaje confeso al gran músico estadounidense. De hecho, el toque comienza con «Folsom Prison Blues» en español y con ritmo norteño.

Pero Los Tigres del Norte en la Prisión de Folsom no es un concierto, sino un documental que se va armando con entrevistas a prisioneros y prisioneras cuyas historias y reflexiones se entrelazan con el contenido social presente en muchos de los temas de Los tigres del norte. Queda también patente en el documental cómo aquellos legendarios músicos son para algunos de los reclusos un horizonte, algo bueno y deseable más allá de sus vidas, de su destino, del tiempo perdido, del tiempo que desperdiciaron. Porque al final, para aquellos hombres, todo se reduce al tiempo. Al tiempo que cometieron el delito, al tiempo de condena, al tiempo que llevan en prisión, al tiempo que les queda para volver a ser libres.

La poeta Ana Ajmátova pasó un año y medio haciendo guardia frente a una prisión rusa en Leningrado. Estaba fuera, a la sombra de los muros, junto a otras mujeres, madres, esposas, hijas, quién sabe si también abuelas. El hijo y el compañero de la Ajmátova habían desaparecido detrás de esos muros, y ella compartía y padecía con estas mujeres el dolor de sus hombres encerrados. Un día, entre la masa de mujeres, una que la reconoció se acercó y le dijo al oído: «—Y esto, ¿puede describirlo?» La poeta respondió: «Puedo».

Poder, las artes tienen ese otro poder frente al de los opresores de libertades. Las artes son testimonio del horror y también son belleza, dolor transmutado. La prisión de Folsom sigue siendo un lugar atroz, por supuesto, pero el arte le dañó algo a la oscuridad cuando traspasó sus puertas, dos veces ya, para darle luz a los presos, para sacarlos por un instante del patíbulo. Para ellos, el concierto de Cash y el concierto de Los tigres del norte es algo más, algo más significativo e incluso profundo. Como un tren que se aleja de Folsom, como sus rieles, así va la música, así van aquellos prisioneros.

Que nunca se piense que el arte de más.

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