OPINIÓN · 26 FEBRERO, 2019 05:40

Bersuit Vergarabat se equivocó de tarima

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Angeyeimar Gil | @Angeyeimar_Gil

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En 2003, cuando apenas cumplía mis 17 años, ya estaba estudiando el propedéutico de Trabajo Social en la Universidad Central de Venezuela. Sin esta experiencia de vida hubiese sido casi imposible saber, este 22 de febrero, quién era la banda argentina que animaba la tarima en la frontera entre Venezuela y Colombia, en el puente Tienditas, donde Maduro intentaba contrarrestar con su Hands Off Venezuela, el concierto Aid Live Venezuela que se realizaba en Cúcuta, a solo 300 metros de distancia en la parte colombiana.

La idiosincrasia de quienes militan en la llamada izquierda en general y de los marxistas en particular, incluye, además del estudio de la teoría planteada por Marx, Engels y Lenin entre otros teóricos, una cultura poética, musical y artística. En la historia de la humanidad las creaciones más genuinas y sublimes recrean generalmente la desigualdades sociales, la inequidades, la injusticia. Son creaciones de artistas identificados con la izquierda y, en el mejor de los casos, con el marxismo, y quienes nos identificamos con esto, nos apropiamos de esos poemas, de esa música, de ese arte. Los recreamos, los propagamos y los promovemos.

Leer a Benedetti, Neruda, Miguel Hernández, Vallejo, Machado y Lorca; escuchar a Silvio Rodríguez, Charly García, Fito Páez, Andrés Calamaro, Rubén Blades, Caetano Veloso; conocer la obra de Picasso, Velázquez, Rivera, Siqueiro o Goya se convierte en parte de la cultura militante. Para estos artistas su obra era el aporte a la lucha social por un mundo libre y justo; su forma de crear conciencia sobre las desigualdades sociales, la base material para una revolución social. Esto no quiere decir que todo el que vea, lea y oiga a estos artistas es marxista o viceversa. O que si escuchamos, leemos y vemos otras cosas dejemos de ser marxistas. Pero se ha convertido en una característica particular de los revolucionarios. Lamentablemente, algunos políticos han sabido utilizar esto para el disfraz y el engaño.

Este viernes 22 de febrero a las 8:00 pm, cuando ya se me había pasado la indignación por la censura que el régimen aplicó sacando del aire a los medios internacionales que cubrían el Aid Life Venezuela -porque los medios televisivos venezolanos ni se inmutaron- leí en Twitter “Tienen que ver los argentinos que trajo Maduro a cantar”, e inmediatamente puse el canal del Estado. Era Bersuit Vergarabat. ¡Qué pena! Nuevamente indignada.

“Y tu cabeza está llena de ratas / Te compraste las acciones de esta farsa / Y el tiempo no para / Yo veo el futuro repetir el pasado”, fue la primera canción que interpretaron. Escribí en Twitter que su música es una descripción nítida de lo que vivimos en la Venezuela de hoy. El chavismo siempre fue una farsa que terminó repitiendo las peores políticas económicas hambreadoras de la cuarta, que preferían el pago de la deuda externa antes que evitar la pobreza y desnutrición del pueblo.

A Bersuit los conocí a los 18 años cuando comencé a militar en Bandera Roja. Desde entonces han sido parte de la banda sonora de mi vida. Su música es una oda contra la injusticia social, el capitalismo como sistema degradante, la corrupción como elemento inmanente del Estado liberal burgués.

“No me digan que se mantienen con la plata de los pobres / eso sólo sirve para mantener algunos pocos / Transan, venden / Y es sólo una figurita el que esté de Presidente… Son todos narcos, de los malos”, cantaba una de las pocas bandas internacionales que logró traer el madurismo en su menguado apoyo interno y externo. Y yo que lo veía por tele pensaba: “lo cantaría a gañote limpio si estuvieran en el otro lado de la frontera”. Pero no podía dejar de preguntarme ¿Qué pensarán los pocos chavista-maduristas que están allí, si estos panas cantan las mismas frases que la oposición utiliza para denunciar a Maduro?

Parecía una mala jugada que los organizadores le hicieron a Maduro, que en la tarima que él mando a montar, alguien cantara “Se viene el estallido / de mi guitarra / de tu Gobierno también. /  Y si te viene alguna duda / vení agarrala que está dura / si esto no es una dictadura / ¿Qué es, qué es?”

Pero no es una mala broma, ni siquiera es una broma para Maduro. Es la demostración fáctica del daño que le hicieron a la izquierda y al marxismo los gobiernos revisionistas, los falsos socialistas, los usurpadores no solo del poder en Venezuela sino de un discurso que no les es propio, de un discurso interesado y que busca engañar a un pueblo sediento de justicia social, para estafar su apoyo electoral, pero que no se traduciría -como en efecto pasó-, en la consecución de sus aspiraciones de progreso y bienestar. Es una mala broma a la historia de lucha y de creación de conciencia de tantos hombres y mujeres revolucionarios latinoamericanos, que esta mafia desmontó en los 20 años de saqueo a este país y que tuvieron sus ejemplos en otros países latinoamericanos. Que deriva, además, en una idea fascista de desaparecer cualquier vestigio de marxismo o socialismo, y ni hablar de comunismo cuando se dé el cambio, porque se asume que lo que padecemos en Venezuela tiene algo que ver con esas ideas.

Hasta el cansancio, quienes luchamos por el socialismo y el comunismo como la inexorable alternativa para la pervivencia de la especie humana, hemos dicho desde que Chávez se presentó como alternativa, que era un engaño, que era una farsa que utilizaba a conveniencia la aspiración revolucionaria del pueblo venezolano. Cada medida, política y discurso, ha sido respondido y desmontado al momento para que se comprenda que los que están en el poder en Venezuela y sus pares en Latinoamérica, no representan una sola idea de las que Marx, Engels o Lenin establecieran en sus escritos y teorías. Sin embargo, el estilo, las palabras, el uso de las categorías y los símbolos insuflaron el engaño, y quienes son concientes que esto es una estafa, pero les conviene la confusión ideológica, terminan utilizándola y dándole la legitimidad para que los incultos (en el estricto rigor de la palabra) asuman lo que el chavismo-madurismo dicen, como la verdad.

A los artistas que alguna vez creyeron en las ideas marxistas, socialista o básicamente revolucionarias, les falta indagar, ver y corroborar la realidad venezolana y/o latinoamericana para que puedan asumir una posición. Toca felicitar a Martín Caparrós que se vino a Caracas y entrevistó a la gente, al común, a los de a pie y su artículo “La ciudad herida I y II”, que da cuenta de la estafa, de la frustración, del engaño, de la conciencia de la gente que entendió que mientras ellos (Maduro/Los de arriba) estén allí (en el poder), nosotros (el pueblo/los de abajo) seguiremos aquí (en la pobreza).

El discurso antiimperialista no puede hacerse en abstracto. Hay pretensiones imperialistas, de eso no hay duda. Las hay desde todos los imperialismos en pugna, porque están en la lucha por la hegemonía. A ninguno le importa el pueblo venezolano, cada uno resguarda sus intereses económicos y les interesa Venezuela -claro que sí- por sus condiciones y ubicación geopolítica y estratégica para la consecución de la hegemonía mundial. Entonces, si hablamos de imperialismo, no podemos señalar solo a EEUU porque no están ellos solos jodiendo al mundo. Los chinos y los rusos hacen lo propio.

No hay una discusión real sobre los problemas de la gente. En esas discusiones antiimperialistas, convenientes para quienes apoyan a Maduro, no se discute la dinámica interna de crisis humanitaria compleja que mata de cualquier forma -brusca o silente- al pueblo. Parece que aquella idea del Che de ser capaces de sentir en cualquier parte del mundo la injusticia, se la saltan porque no convienen.

Cantaba en tarima Bersuit, sin que muchos pudieran seguir el coro, “En la selva se escuchan tiros / son las armas de los pobres, son los gritos del latino”, y no se enteraron que la noche anterior a su presentación, en la selva, por orden de Maduro, disparaban balas a los indígenas pemones que se defendían con flechas. No saben los de Bersuit que en los 5 años de gestión del tipo al que apoyaban al cantar ahí, se reprodujeron por cientos o miles los cham@s en situación de calle que hoy vemos comiendo de la basura y a los que ellos le cantaron “Los ves tirando de cartoneros / cuando es la hora del delantal / estos chiquitos están pidiendo / lo que le sobra a esta sociedad”.

Los amigos de Bersuit iniciaron su concierto al grito de “Venezuela Libre, Trump, tomátelas, ¡Nadie te quiere aquí!». Y no lo queremos. Muchos venezolanos no vemos en Trump la mejor alternativa para solventar nuestro problema. Es más, creo que sería la peor. Nuestro problema se llama Nicolás Maduro y secuaces ellos no permiten una Venezuela libre, ellos han hipotecado la nación a los otros imperialismos en disputa, así que nuestra lucha y nuestra libertad pasa por el cese a la usurpación de Maduro. Esa sería la mayor ayuda humanitaria para el pueblo de Venezuela. Y estamos dispuestos como pueblo a lucharla, porque nosotros somos una especie “que se resiste a la extinción / pensando siempre que nada se perdió / Sabemos de mutaciones, supervivencia y revolución / vamos buscando el modo de estar mejor”. Bersuit Vergarabat se confundió de tarima, el pueblo que cree en, y lucha por, una ¡Venezuela Libre! estaba a esa hora exiliado, del otro lado de la frontera.

* * *

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores

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La idiosincrasia de quienes militan en la llamada izquierda en general y de los marxistas en particular, incluye, además del estudio de la teoría planteada por Marx, Engels y Lenin entre otros teóricos, una cultura poética, musical y artística. En la historia de la humanidad las creaciones más genuinas y sublimes recrean generalmente la desigualdades sociales, la inequidades, la injusticia. Son creaciones de artistas identificados con la izquierda y, en el mejor de los casos, con el marxismo, y quienes nos identificamos con esto, nos apropiamos de esos poemas, de esa música, de ese arte. Los recreamos, los propagamos y los promovemos.

Leer a Benedetti, Neruda, Miguel Hernández, Vallejo, Machado y Lorca; escuchar a Silvio Rodríguez, Charly García, Fito Páez, Andrés Calamaro, Rubén Blades, Caetano Veloso; conocer la obra de Picasso, Velázquez, Rivera, Siqueiro o Goya se convierte en parte de la cultura militante. Para estos artistas su obra era el aporte a la lucha social por un mundo libre y justo; su forma de crear conciencia sobre las desigualdades sociales, la base material para una revolución social. Esto no quiere decir que todo el que vea, lea y oiga a estos artistas es marxista o viceversa. O que si escuchamos, leemos y vemos otras cosas dejemos de ser marxistas. Pero se ha convertido en una característica particular de los revolucionarios. Lamentablemente, algunos políticos han sabido utilizar esto para el disfraz y el engaño.

Este viernes 22 de febrero a las 8:00 pm, cuando ya se me había pasado la indignación por la censura que el régimen aplicó sacando del aire a los medios internacionales que cubrían el Aid Life Venezuela -porque los medios televisivos venezolanos ni se inmutaron- leí en Twitter “Tienen que ver los argentinos que trajo Maduro a cantar”, e inmediatamente puse el canal del Estado. Era Bersuit Vergarabat. ¡Qué pena! Nuevamente indignada.

“Y tu cabeza está llena de ratas / Te compraste las acciones de esta farsa / Y el tiempo no para / Yo veo el futuro repetir el pasado”, fue la primera canción que interpretaron. Escribí en Twitter que su música es una descripción nítida de lo que vivimos en la Venezuela de hoy. El chavismo siempre fue una farsa que terminó repitiendo las peores políticas económicas hambreadoras de la cuarta, que preferían el pago de la deuda externa antes que evitar la pobreza y desnutrición del pueblo.

A Bersuit los conocí a los 18 años cuando comencé a militar en Bandera Roja. Desde entonces han sido parte de la banda sonora de mi vida. Su música es una oda contra la injusticia social, el capitalismo como sistema degradante, la corrupción como elemento inmanente del Estado liberal burgués.

“No me digan que se mantienen con la plata de los pobres / eso sólo sirve para mantener algunos pocos / Transan, venden / Y es sólo una figurita el que esté de Presidente… Son todos narcos, de los malos”, cantaba una de las pocas bandas internacionales que logró traer el madurismo en su menguado apoyo interno y externo. Y yo que lo veía por tele pensaba: “lo cantaría a gañote limpio si estuvieran en el otro lado de la frontera”. Pero no podía dejar de preguntarme ¿Qué pensarán los pocos chavista-maduristas que están allí, si estos panas cantan las mismas frases que la oposición utiliza para denunciar a Maduro?

Parecía una mala jugada que los organizadores le hicieron a Maduro, que en la tarima que él mando a montar, alguien cantara “Se viene el estallido / de mi guitarra / de tu Gobierno también. /  Y si te viene alguna duda / vení agarrala que está dura / si esto no es una dictadura / ¿Qué es, qué es?”

Pero no es una mala broma, ni siquiera es una broma para Maduro. Es la demostración fáctica del daño que le hicieron a la izquierda y al marxismo los gobiernos revisionistas, los falsos socialistas, los usurpadores no solo del poder en Venezuela sino de un discurso que no les es propio, de un discurso interesado y que busca engañar a un pueblo sediento de justicia social, para estafar su apoyo electoral, pero que no se traduciría -como en efecto pasó-, en la consecución de sus aspiraciones de progreso y bienestar. Es una mala broma a la historia de lucha y de creación de conciencia de tantos hombres y mujeres revolucionarios latinoamericanos, que esta mafia desmontó en los 20 años de saqueo a este país y que tuvieron sus ejemplos en otros países latinoamericanos. Que deriva, además, en una idea fascista de desaparecer cualquier vestigio de marxismo o socialismo, y ni hablar de comunismo cuando se dé el cambio, porque se asume que lo que padecemos en Venezuela tiene algo que ver con esas ideas.

Hasta el cansancio, quienes luchamos por el socialismo y el comunismo como la inexorable alternativa para la pervivencia de la especie humana, hemos dicho desde que Chávez se presentó como alternativa, que era un engaño, que era una farsa que utilizaba a conveniencia la aspiración revolucionaria del pueblo venezolano. Cada medida, política y discurso, ha sido respondido y desmontado al momento para que se comprenda que los que están en el poder en Venezuela y sus pares en Latinoamérica, no representan una sola idea de las que Marx, Engels o Lenin establecieran en sus escritos y teorías. Sin embargo, el estilo, las palabras, el uso de las categorías y los símbolos insuflaron el engaño, y quienes son concientes que esto es una estafa, pero les conviene la confusión ideológica, terminan utilizándola y dándole la legitimidad para que los incultos (en el estricto rigor de la palabra) asuman lo que el chavismo-madurismo dicen, como la verdad.

A los artistas que alguna vez creyeron en las ideas marxistas, socialista o básicamente revolucionarias, les falta indagar, ver y corroborar la realidad venezolana y/o latinoamericana para que puedan asumir una posición. Toca felicitar a Martín Caparrós que se vino a Caracas y entrevistó a la gente, al común, a los de a pie y su artículo “La ciudad herida I y II”, que da cuenta de la estafa, de la frustración, del engaño, de la conciencia de la gente que entendió que mientras ellos (Maduro/Los de arriba) estén allí (en el poder), nosotros (el pueblo/los de abajo) seguiremos aquí (en la pobreza).

El discurso antiimperialista no puede hacerse en abstracto. Hay pretensiones imperialistas, de eso no hay duda. Las hay desde todos los imperialismos en pugna, porque están en la lucha por la hegemonía. A ninguno le importa el pueblo venezolano, cada uno resguarda sus intereses económicos y les interesa Venezuela -claro que sí- por sus condiciones y ubicación geopolítica y estratégica para la consecución de la hegemonía mundial. Entonces, si hablamos de imperialismo, no podemos señalar solo a EEUU porque no están ellos solos jodiendo al mundo. Los chinos y los rusos hacen lo propio.

No hay una discusión real sobre los problemas de la gente. En esas discusiones antiimperialistas, convenientes para quienes apoyan a Maduro, no se discute la dinámica interna de crisis humanitaria compleja que mata de cualquier forma -brusca o silente- al pueblo. Parece que aquella idea del Che de ser capaces de sentir en cualquier parte del mundo la injusticia, se la saltan porque no convienen.

Cantaba en tarima Bersuit, sin que muchos pudieran seguir el coro, “En la selva se escuchan tiros / son las armas de los pobres, son los gritos del latino”, y no se enteraron que la noche anterior a su presentación, en la selva, por orden de Maduro, disparaban balas a los indígenas pemones que se defendían con flechas. No saben los de Bersuit que en los 5 años de gestión del tipo al que apoyaban al cantar ahí, se reprodujeron por cientos o miles los cham@s en situación de calle que hoy vemos comiendo de la basura y a los que ellos le cantaron “Los ves tirando de cartoneros / cuando es la hora del delantal / estos chiquitos están pidiendo / lo que le sobra a esta sociedad”.

Los amigos de Bersuit iniciaron su concierto al grito de “Venezuela Libre, Trump, tomátelas, ¡Nadie te quiere aquí!». Y no lo queremos. Muchos venezolanos no vemos en Trump la mejor alternativa para solventar nuestro problema. Es más, creo que sería la peor. Nuestro problema se llama Nicolás Maduro y secuaces ellos no permiten una Venezuela libre, ellos han hipotecado la nación a los otros imperialismos en disputa, así que nuestra lucha y nuestra libertad pasa por el cese a la usurpación de Maduro. Esa sería la mayor ayuda humanitaria para el pueblo de Venezuela. Y estamos dispuestos como pueblo a lucharla, porque nosotros somos una especie “que se resiste a la extinción / pensando siempre que nada se perdió / Sabemos de mutaciones, supervivencia y revolución / vamos buscando el modo de estar mejor”. Bersuit Vergarabat se confundió de tarima, el pueblo que cree en, y lucha por, una ¡Venezuela Libre! estaba a esa hora exiliado, del otro lado de la frontera.

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