Vivir en un contenedor en pleno centro de Caracas con la amenaza como techo

LA HUMANIDAD · 9 JUNIO, 2020 19:00

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Ivan Reyes | @IvanEReyes

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Cuando hace frío y vives en un contenedor, hace mucho frío y cuando hace calor, hace mucho calor.

Yaneidy, su esposo y sus cuatro niños viven en dos contenedores marítimos que fueron su refugio al quedar en la calle. Allí llegaron en febrero de este año, luego de deambular por Caracas. Abandonados en un túnel, los contenedores se convirtieron en viviendas.

Yaneidy Alejandra Granadillo y su familia vivieron durante dos años cuidando fincas en distintas zonas de Venezuela. Junto a su esposo y sus cuatro hijos iban del timbo al tambo para ofrecer sus servicios y, al mismo tiempo, tener un techo donde vivir. Sin embargo, en diciembre de 2019 los dueños de la finca que cuidaban le informaron que la propiedad había sido vendida y que ella y su familia tenían que desalojar el lugar.

Entre enero y febrero de 2020, Yaneidy Alejandra deambuló por varios lugares de Caracas hasta que encontró  unos contenedores abandonados en las faldas de El Ávila, donde alguna vez funcionó la construcción del túnel Baralt que conectaría a la avenida Boyacá (Cota Mil) con la autopista Caracas-La Guaira. Yaneidy y su familia se mudaron a los contenedores: tenían uno para dormir y el otro para la cocina y para comer. Pero esa «estabilidad» se acabó cuando a principios del mes de junio funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) llegaron al lugar, las golpearon y les informaron que, en cualquier momento, se llevarían sus casas.

Yaneidy y su familia se establecieron en dos contenedores abandonados

Vivir en dos contenedores

A finales de febrero, Yaneidy se mudó a los contenedores junto a su esposo Luis Alejandro y a sus cuatro hijos. Luis Alejandro, de 6 años de edad; Luis David, de 5; Abraham, de 3 y Daniela, de apenas un año. Cuando la familia llegó a la zona, eran al menos seis los contenedores que estaban abandonados.

En este patio trabajaban los empleados que participaron en la construcción del túnel Baralt

Yaneidy Alejandra, de piel morena y contextura gruesa, tiene 35 años de edad, es bachiller de la República y fue infante de la marina. Está casada con Luis Alejandro desde hace 9 años.

Yaneidy y Luis Alejandro tienen cuatro hijos

Cuando llegaron a los contenedores, apenas tenían algunas cosas y algo de ropa. Yaneidy tenía una colchoneta y en ella dormía con su esposo y los cuatro niños. Yaneidy se ríe cuando recuerda cómo le fueron llegando las cosas con las que, poco a poco, fue convirtiendo esos contenedores metálicos en un hogar.

«Un día, cargando agua en la Cota Mil, me encontré con una compañera del liceo que me reconoció. Vio en la situación que estaba y me regaló dos box springs que estaban en su casa y una cocina vieja», cuenta Yaneidy. La mesa en la que se sientan a comer es «reciclada», pues su esposo la consiguió en la calle y decidió llevarla a la casa y restaurarla.

La familia dormía entre estos tres colchones. No había televisor, solo un radio pequeño. El 26 de mayo, Yaneidy todavía tenía sus dos containers

En el otro container estaba la mesa y la cocina. También funcionaba como espacio para hacer tareas

Los niños comenzaron a ir a un colegio cercano a la zona en la que viven y Yaneidy ganaba algo de dinero cargando agua para las personas de las comunidades cercanas como El Retiro y Las Terrazas. Mientras tanto, Luis Alejandro no tenía suerte a la hora de buscar trabajo en Caracas pues su experiencia era únicamente en el campo y la siembra.

Así como llegaron las cosas que fueron sumándose a los contendedores, Yaneidy y su esposo también se las ingeniaron para tener algunos servicios básicos. Lógicamente, los contenedores no contaban con tuberías ni con cableado, pero la pareja logró hablar con un vecino de El Cardón y este les hizo una conexión irregular en la que solamente podían instalar unos bombillos, un radio y que servía para cargar la batería de los celulares. No se podía instalar más nada pues la conexión era muy débil, por ende, Yaneidy y los suyos aprendieron a vivir sin nevera.

La familia contaba con una instalación eléctrica improvisada

El agua la conseguían a diario en los túneles abandonados y que brota constantemente de El Ávila. Nunca hubo poceta, tampoco lavamanos. Las necesidades las hacían en el monte que queda frente a la estructura donde están los contenedores y así pasaban los días. Al cabo de unas semanas, ya la familia contaba con electricidad, tenía una bombona de gas y una cocina.

No resulta fácil vivir en unos contenedores. Aunque en Europa y Estados Unidos hay una corriente de arquitectura que fomenta el uso de containers como viviendas económicas, este no era el caso. Cuando hacía frío, Yaneidy y su familia pasaban mucho frío y cuando hacía calor, Yaneidy y su familia pasaban mucho calor. No había punto medio. El mejor momento era cuando tenían «las puertas abiertas» y andaban en el patio de la construcción ya abandonada.

Los niños disfrutaban de un amplio campo de juegos y Yaneidy y su esposo intentaban sembrar algunas plantas en un huerto improvisado para asegurarse algo de comida. Además, estos contenedores se encuentran al aire libre. Las personas que pasan a diario a recoger agua de los túneles pasan por ahí y ven la estructura, de manera que la familia tenía que estar alerta casi todo el tiempo.

A mediados de marzo llegó otra familia a ocupar los otros contenedores que estaban abandonados y así creció el grupo de personas. Ya eran 8 niños, 3 adolescentes y 9 adultos viviendo entre contenedores abandonados. La nueva familia venía de Los Teques y de Maracaibo, y tenían un televisor pequeño y frente a él se reunían todos de vez en cuando para ver televisión.

La otra familia ocupó otros dos contenedores

Las condiciones de vida para Yaneidy y su familia se pusieron más duras con la llegada de la pandemia por COVID-19 y por la cuarentena impuesta por la administración de Nicolás Maduro. La esperanza de que su esposo consiguiera trabajo se desvaneció y ahora los niños estarían todo el día en casa haciendo tareas. Sin embargo, Yaneidy consiguió trabajo como camarera en el Hospital Vargas, ubicado relativamente cerca de los contenedores.

Yaneidy comenzó a trabajar el 1 de mayo y tenía esperanzas de cobrar un salario con el que pudiera darle algo más de comer a su familia. La dieta regular de los niños y de los adultos era frijoles chinos y cualquier tipo de pasta que consiguieran o que alguien les regalara. Yaneidy se ríe cuando dice que sus hijos nunca han comido pollo.

«Carne sí comían, pues vivíamos en las fincas. Pero no saben lo que es el pollo. Acá la única proteína que comen es huevos, y eso pasa de vez en cuando», comentó.

Yaneidy y su esposo hicieron un huerto con la esperanza de cultivar algo de comida

La aparente calma y normalidad con la que vivían estas familias en los contenedores que ya eran un hogar se desvaneció cuando a principios de mayo recibieron una visita por parte de funcionarios del Ministerio de Interior, Justicia y Paz. Estas personas informaron que «dentro de poco» tendrían que llevarse los contenedores y que las familias tenían que buscar otro sitio donde vivir.

Yaneidy eleva la vista al cielo, se quedará sin casa

Quedarse sin casa «dentro de poco» era, de lejos, la peor noticia que podían recibir las familias que estaban viviendo en los contenedores. Pasaban los días y, apenas Yaneidy escuchaba un carro o una moto pasar cerca, volteaba asustada; pensaba que era la policía que venía a ejecutar el desalojo.

Sin embargo, no pasaba. Todavía nada pasaba. A mediados de mayo las familias reciben otra visita. Esta vez sí llegó la policía. Funcionarios de la PNB, junto a trabajadores del Ministerio de Interior, Justicia y Paz llegaron al lugar. El domingo 24 de mayo, le informaron a las familias del lugar que ahora sí se llevarían los contenedores. El «dentro de poco», al parecer, había llegado. No obstante, al ver que vivían tantas personas en el lugar, los trabajadores del ministerio dijeron que no podían llevarse las estructuras habitadas, sino que se llevarían dos contenedores nada más. Ambos estaban vacíos.

Yaneidy y su familia pudo respirar un poco. Las personas tuvieron algo de calma y esperanza cuando los trabajadores del ministerio aseguraron que buscarían un lugar para reubicarlos a todos. Pero las promesas se quedaron en eso. El jueves 4 de junio se acercó una nueva comisión de PNB a la zona, pero esta vez no había espacio para el diálogo.

«Sálganse de esta mierda, se me salen todos y se me van», dijo el oficial a cargo de la comisión. Yaneidy recuerda su indignación al escuchar las palabras del policía que estaba decidido a llevarse los contenedores. «Yo estaba resignada, pensaba que ya no podíamos hacer nada porque estos funcionarios vinieron con mucha violencia», dice Yaneidy.

La situación se volvió violenta cuando un funcionario agredió a una joven de 17 años que vive en los contenedores, según cuenta. «En ese momento se me nubló la cabeza, no supe qué más hacer y me metí dentro de mi container y grité que no me iban a poder sacar», recuerda y continúa reconstruyendo la escena. Entraron dos funcionarias policiales a golpearla y a intentar sacarla del contenedor. «Me puse dura, no me iban a sacar», dice Yaneidy. Al ver la situación, un oficial masculino la tomó por el cuello y logró inmovilizarla. Finalmente, a los golpes, la sacaron del contenedor. La sacaron de su casa.

Mientras esta escena ocurría, las demás personas observaban y los funcionarios de la PNB grababan y tomaban foto de todo el hecho. A los pocos minutos, bajan el tono y conversan con Yaneidy. Le dicen que se van a llevar dos contenedores, pero que querían hablar con ella. A Yaneidy no le convencía el cambio de actitud de los policías y le dijo a los hombres de las dos familias que se quedaran en el lugar. Ella fue junto a la joven de 17 años que había sido agredida. Se montaron en la patrulla y, a los pocos minutos, estaban en un comando de la policía.

«Ustedes vinieron como cuando le ofrecen dulce a un carajito», recuerda Yaneidy que decían los funcionarios mientras se reían de ella y de la joven que la había acompañado.

«Me dijeron que si me volvían a llevar detenida me iban a pasar por Fiscalía. Que tenían fotos y videos de lo que había pasado y que de todas todas yo iba a perder». Yaneidy y la joven pasaron la noche en el comando, esposadas. Al día siguiente las soltaron y ellas volvieron a los contenedores. Pero ya no quedaban cuatro, ahora solo quedaban dos.

Solo quedaron dos contenedores para 20 personas

El espacio donde estaban los contenedores en los que vivía Yaneidy está vacío desde el jueves 4 de junio

Como ya la amenaza estaba consumándose, las familias  decidieron que era tiempo de sacar sus cosas. Era inevitable que volvieran y que esta vez los sacaran a todos con violencia.

Las personas comenzaron a sacar sus pertenencias de los contenedores desde muy temprano este lunes 8 de junio

Aunque no quieran, las familias saben que el desalojo ya es inevitable

20 personas durmieron en dos contenedores. Mujeres de un lado, hombres del otro. Así se organizaron para pasar el que posiblemente sea su último fin de semana en la zona. En la mañana de este lunes 8 de junio ya las familias estaban sacando las pocas cosas que tenían.

Las dos familias comparten los dos contenedores a la espera del desalojo

El sol seca la ropa, mientras las familias organizan su eventual partida

Ya no tenían electricidad para poder cargar la batería de sus teléfonos. Tampoco tenían bombona de gas y había que cocinar. Como si se tratara de una banda sonora, de El Cardón se desprenden las letras de una canción que dice: Concepción, eleva la vista la cielo, va gritando, hay niños que mantener. Los niños, adolescentes y adultos de los contenedores tuvieron que compartir la comida que les quedaba y en la mañana del lunes, los niños comían uno de los últimos paquetes de frijol chino que Luis Alejandro cocinó a leña.

Luis Alejandro cocina frijoles chinos para todos los niños este lunes 8 de junio

Los niños se divierten y no comprenden por qué los quieren sacar de lo que ellos conocen como hogar

La mañana estaba fría y el suelo mojado. El domingo llovió y el óxido de las vigas se mezcló con el agua. En el piso, charcos marrones con un olor a óxido que dominaba el lugar, pero que ya era costumbre para las familias que ahí viven. Yaneidy y todas las personas estaban despiertas desde temprano, esperando la llegada de los funcionarios que se llevarían los últimos dos contenedores.

El olor a óxido se mezcla con el de humedad en los contenedores

«Ya no sé cuántas veces me he quedado sin casa», dijo una de las personas de la otra familia. Se alejó de todos y se sentó en el borde de una estructura metálica. «Aquí me siento a meditar, de vez en cuando. Pero estas vainas lo desaniman a uno. Uno siente que no le importa a nadie», continúa la persona.

Un espacio de tranquilidad mientras se espera la visita de los funcionarios que ejecutarán el desalojo

Yaneidy Alejandra se reúne con sus hijos y los abraza. Luego los deja ir a jugar, a divertirse. Pero Luis Alejandro, el mayor de los hijos que viven con ella, recuerda lo que pasó el jueves con la policía.

-Mamá, ¿no te acuerdas cuándo te llevaron presa?

-No, hijo. No me llevaron presa. Yo fui a visitar a un amigo

-Ah, pero yo te vi amarradita ahí

Ser tomados en cuenta

Yaneidy reconoce que el país y el mundo no atraviesan por una situación sencilla, pero pide lo que pediría cualquier ser humano: que la valoren.

Yaneidy, sus hijos y su perra Muñeca este lunes 8 de junio

«Yo quisiera sentirme tomada en cuenta. He visto tantas casas por ahí que asigna el gobierno y que ahora están vacías y yo quisiera que me conocieran y nos conocieran. Que vieran que acá hay familias buenas que necesitan un techo. No nos dejan vivir acá y tampoco nos dicen dónde podemos vivir», comenta Yaneidy. Tanto ella como su esposo estarían de acuerdo en volver a Guárico «si no hay espacio acá en Caracas», teme que la envíen a un refugio con su familia pues considera que puede ser un lugar muy peligroso. Sin embargo, ya no hay mucho más que pueda hacer, solo esperar el momento cuando la saquen de su hogar.

LA HUMANIDAD · 7 AGOSTO, 2022

Vivir en un contenedor en pleno centro de Caracas con la amenaza como techo

Texto por Ivan Reyes | @IvanEReyes
Foto por Iván Reyes

Cuando hace frío y vives en un contenedor, hace mucho frío y cuando hace calor, hace mucho calor.

Yaneidy, su esposo y sus cuatro niños viven en dos contenedores marítimos que fueron su refugio al quedar en la calle. Allí llegaron en febrero de este año, luego de deambular por Caracas. Abandonados en un túnel, los contenedores se convirtieron en viviendas.

Yaneidy Alejandra Granadillo y su familia vivieron durante dos años cuidando fincas en distintas zonas de Venezuela. Junto a su esposo y sus cuatro hijos iban del timbo al tambo para ofrecer sus servicios y, al mismo tiempo, tener un techo donde vivir. Sin embargo, en diciembre de 2019 los dueños de la finca que cuidaban le informaron que la propiedad había sido vendida y que ella y su familia tenían que desalojar el lugar.

Entre enero y febrero de 2020, Yaneidy Alejandra deambuló por varios lugares de Caracas hasta que encontró  unos contenedores abandonados en las faldas de El Ávila, donde alguna vez funcionó la construcción del túnel Baralt que conectaría a la avenida Boyacá (Cota Mil) con la autopista Caracas-La Guaira. Yaneidy y su familia se mudaron a los contenedores: tenían uno para dormir y el otro para la cocina y para comer. Pero esa «estabilidad» se acabó cuando a principios del mes de junio funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) llegaron al lugar, las golpearon y les informaron que, en cualquier momento, se llevarían sus casas.

Yaneidy y su familia se establecieron en dos contenedores abandonados

Vivir en dos contenedores

A finales de febrero, Yaneidy se mudó a los contenedores junto a su esposo Luis Alejandro y a sus cuatro hijos. Luis Alejandro, de 6 años de edad; Luis David, de 5; Abraham, de 3 y Daniela, de apenas un año. Cuando la familia llegó a la zona, eran al menos seis los contenedores que estaban abandonados.

En este patio trabajaban los empleados que participaron en la construcción del túnel Baralt

Yaneidy Alejandra, de piel morena y contextura gruesa, tiene 35 años de edad, es bachiller de la República y fue infante de la marina. Está casada con Luis Alejandro desde hace 9 años.

Yaneidy y Luis Alejandro tienen cuatro hijos

Cuando llegaron a los contenedores, apenas tenían algunas cosas y algo de ropa. Yaneidy tenía una colchoneta y en ella dormía con su esposo y los cuatro niños. Yaneidy se ríe cuando recuerda cómo le fueron llegando las cosas con las que, poco a poco, fue convirtiendo esos contenedores metálicos en un hogar.

«Un día, cargando agua en la Cota Mil, me encontré con una compañera del liceo que me reconoció. Vio en la situación que estaba y me regaló dos box springs que estaban en su casa y una cocina vieja», cuenta Yaneidy. La mesa en la que se sientan a comer es «reciclada», pues su esposo la consiguió en la calle y decidió llevarla a la casa y restaurarla.

La familia dormía entre estos tres colchones. No había televisor, solo un radio pequeño. El 26 de mayo, Yaneidy todavía tenía sus dos containers

En el otro container estaba la mesa y la cocina. También funcionaba como espacio para hacer tareas

Los niños comenzaron a ir a un colegio cercano a la zona en la que viven y Yaneidy ganaba algo de dinero cargando agua para las personas de las comunidades cercanas como El Retiro y Las Terrazas. Mientras tanto, Luis Alejandro no tenía suerte a la hora de buscar trabajo en Caracas pues su experiencia era únicamente en el campo y la siembra.

Así como llegaron las cosas que fueron sumándose a los contendedores, Yaneidy y su esposo también se las ingeniaron para tener algunos servicios básicos. Lógicamente, los contenedores no contaban con tuberías ni con cableado, pero la pareja logró hablar con un vecino de El Cardón y este les hizo una conexión irregular en la que solamente podían instalar unos bombillos, un radio y que servía para cargar la batería de los celulares. No se podía instalar más nada pues la conexión era muy débil, por ende, Yaneidy y los suyos aprendieron a vivir sin nevera.

La familia contaba con una instalación eléctrica improvisada

El agua la conseguían a diario en los túneles abandonados y que brota constantemente de El Ávila. Nunca hubo poceta, tampoco lavamanos. Las necesidades las hacían en el monte que queda frente a la estructura donde están los contenedores y así pasaban los días. Al cabo de unas semanas, ya la familia contaba con electricidad, tenía una bombona de gas y una cocina.

No resulta fácil vivir en unos contenedores. Aunque en Europa y Estados Unidos hay una corriente de arquitectura que fomenta el uso de containers como viviendas económicas, este no era el caso. Cuando hacía frío, Yaneidy y su familia pasaban mucho frío y cuando hacía calor, Yaneidy y su familia pasaban mucho calor. No había punto medio. El mejor momento era cuando tenían «las puertas abiertas» y andaban en el patio de la construcción ya abandonada.

Los niños disfrutaban de un amplio campo de juegos y Yaneidy y su esposo intentaban sembrar algunas plantas en un huerto improvisado para asegurarse algo de comida. Además, estos contenedores se encuentran al aire libre. Las personas que pasan a diario a recoger agua de los túneles pasan por ahí y ven la estructura, de manera que la familia tenía que estar alerta casi todo el tiempo.

A mediados de marzo llegó otra familia a ocupar los otros contenedores que estaban abandonados y así creció el grupo de personas. Ya eran 8 niños, 3 adolescentes y 9 adultos viviendo entre contenedores abandonados. La nueva familia venía de Los Teques y de Maracaibo, y tenían un televisor pequeño y frente a él se reunían todos de vez en cuando para ver televisión.

La otra familia ocupó otros dos contenedores

Las condiciones de vida para Yaneidy y su familia se pusieron más duras con la llegada de la pandemia por COVID-19 y por la cuarentena impuesta por la administración de Nicolás Maduro. La esperanza de que su esposo consiguiera trabajo se desvaneció y ahora los niños estarían todo el día en casa haciendo tareas. Sin embargo, Yaneidy consiguió trabajo como camarera en el Hospital Vargas, ubicado relativamente cerca de los contenedores.

Yaneidy comenzó a trabajar el 1 de mayo y tenía esperanzas de cobrar un salario con el que pudiera darle algo más de comer a su familia. La dieta regular de los niños y de los adultos era frijoles chinos y cualquier tipo de pasta que consiguieran o que alguien les regalara. Yaneidy se ríe cuando dice que sus hijos nunca han comido pollo.

«Carne sí comían, pues vivíamos en las fincas. Pero no saben lo que es el pollo. Acá la única proteína que comen es huevos, y eso pasa de vez en cuando», comentó.

Yaneidy y su esposo hicieron un huerto con la esperanza de cultivar algo de comida

La aparente calma y normalidad con la que vivían estas familias en los contenedores que ya eran un hogar se desvaneció cuando a principios de mayo recibieron una visita por parte de funcionarios del Ministerio de Interior, Justicia y Paz. Estas personas informaron que «dentro de poco» tendrían que llevarse los contenedores y que las familias tenían que buscar otro sitio donde vivir.

Yaneidy eleva la vista al cielo, se quedará sin casa

Quedarse sin casa «dentro de poco» era, de lejos, la peor noticia que podían recibir las familias que estaban viviendo en los contenedores. Pasaban los días y, apenas Yaneidy escuchaba un carro o una moto pasar cerca, volteaba asustada; pensaba que era la policía que venía a ejecutar el desalojo.

Sin embargo, no pasaba. Todavía nada pasaba. A mediados de mayo las familias reciben otra visita. Esta vez sí llegó la policía. Funcionarios de la PNB, junto a trabajadores del Ministerio de Interior, Justicia y Paz llegaron al lugar. El domingo 24 de mayo, le informaron a las familias del lugar que ahora sí se llevarían los contenedores. El «dentro de poco», al parecer, había llegado. No obstante, al ver que vivían tantas personas en el lugar, los trabajadores del ministerio dijeron que no podían llevarse las estructuras habitadas, sino que se llevarían dos contenedores nada más. Ambos estaban vacíos.

Yaneidy y su familia pudo respirar un poco. Las personas tuvieron algo de calma y esperanza cuando los trabajadores del ministerio aseguraron que buscarían un lugar para reubicarlos a todos. Pero las promesas se quedaron en eso. El jueves 4 de junio se acercó una nueva comisión de PNB a la zona, pero esta vez no había espacio para el diálogo.

«Sálganse de esta mierda, se me salen todos y se me van», dijo el oficial a cargo de la comisión. Yaneidy recuerda su indignación al escuchar las palabras del policía que estaba decidido a llevarse los contenedores. «Yo estaba resignada, pensaba que ya no podíamos hacer nada porque estos funcionarios vinieron con mucha violencia», dice Yaneidy.

La situación se volvió violenta cuando un funcionario agredió a una joven de 17 años que vive en los contenedores, según cuenta. «En ese momento se me nubló la cabeza, no supe qué más hacer y me metí dentro de mi container y grité que no me iban a poder sacar», recuerda y continúa reconstruyendo la escena. Entraron dos funcionarias policiales a golpearla y a intentar sacarla del contenedor. «Me puse dura, no me iban a sacar», dice Yaneidy. Al ver la situación, un oficial masculino la tomó por el cuello y logró inmovilizarla. Finalmente, a los golpes, la sacaron del contenedor. La sacaron de su casa.

Mientras esta escena ocurría, las demás personas observaban y los funcionarios de la PNB grababan y tomaban foto de todo el hecho. A los pocos minutos, bajan el tono y conversan con Yaneidy. Le dicen que se van a llevar dos contenedores, pero que querían hablar con ella. A Yaneidy no le convencía el cambio de actitud de los policías y le dijo a los hombres de las dos familias que se quedaran en el lugar. Ella fue junto a la joven de 17 años que había sido agredida. Se montaron en la patrulla y, a los pocos minutos, estaban en un comando de la policía.

«Ustedes vinieron como cuando le ofrecen dulce a un carajito», recuerda Yaneidy que decían los funcionarios mientras se reían de ella y de la joven que la había acompañado.

«Me dijeron que si me volvían a llevar detenida me iban a pasar por Fiscalía. Que tenían fotos y videos de lo que había pasado y que de todas todas yo iba a perder». Yaneidy y la joven pasaron la noche en el comando, esposadas. Al día siguiente las soltaron y ellas volvieron a los contenedores. Pero ya no quedaban cuatro, ahora solo quedaban dos.

Solo quedaron dos contenedores para 20 personas

El espacio donde estaban los contenedores en los que vivía Yaneidy está vacío desde el jueves 4 de junio

Como ya la amenaza estaba consumándose, las familias  decidieron que era tiempo de sacar sus cosas. Era inevitable que volvieran y que esta vez los sacaran a todos con violencia.

Las personas comenzaron a sacar sus pertenencias de los contenedores desde muy temprano este lunes 8 de junio

Aunque no quieran, las familias saben que el desalojo ya es inevitable

20 personas durmieron en dos contenedores. Mujeres de un lado, hombres del otro. Así se organizaron para pasar el que posiblemente sea su último fin de semana en la zona. En la mañana de este lunes 8 de junio ya las familias estaban sacando las pocas cosas que tenían.

Las dos familias comparten los dos contenedores a la espera del desalojo

El sol seca la ropa, mientras las familias organizan su eventual partida

Ya no tenían electricidad para poder cargar la batería de sus teléfonos. Tampoco tenían bombona de gas y había que cocinar. Como si se tratara de una banda sonora, de El Cardón se desprenden las letras de una canción que dice: Concepción, eleva la vista la cielo, va gritando, hay niños que mantener. Los niños, adolescentes y adultos de los contenedores tuvieron que compartir la comida que les quedaba y en la mañana del lunes, los niños comían uno de los últimos paquetes de frijol chino que Luis Alejandro cocinó a leña.

Luis Alejandro cocina frijoles chinos para todos los niños este lunes 8 de junio

Los niños se divierten y no comprenden por qué los quieren sacar de lo que ellos conocen como hogar

La mañana estaba fría y el suelo mojado. El domingo llovió y el óxido de las vigas se mezcló con el agua. En el piso, charcos marrones con un olor a óxido que dominaba el lugar, pero que ya era costumbre para las familias que ahí viven. Yaneidy y todas las personas estaban despiertas desde temprano, esperando la llegada de los funcionarios que se llevarían los últimos dos contenedores.

El olor a óxido se mezcla con el de humedad en los contenedores

«Ya no sé cuántas veces me he quedado sin casa», dijo una de las personas de la otra familia. Se alejó de todos y se sentó en el borde de una estructura metálica. «Aquí me siento a meditar, de vez en cuando. Pero estas vainas lo desaniman a uno. Uno siente que no le importa a nadie», continúa la persona.

Un espacio de tranquilidad mientras se espera la visita de los funcionarios que ejecutarán el desalojo

Yaneidy Alejandra se reúne con sus hijos y los abraza. Luego los deja ir a jugar, a divertirse. Pero Luis Alejandro, el mayor de los hijos que viven con ella, recuerda lo que pasó el jueves con la policía.

-Mamá, ¿no te acuerdas cuándo te llevaron presa?

-No, hijo. No me llevaron presa. Yo fui a visitar a un amigo

-Ah, pero yo te vi amarradita ahí

Ser tomados en cuenta

Yaneidy reconoce que el país y el mundo no atraviesan por una situación sencilla, pero pide lo que pediría cualquier ser humano: que la valoren.

Yaneidy, sus hijos y su perra Muñeca este lunes 8 de junio

«Yo quisiera sentirme tomada en cuenta. He visto tantas casas por ahí que asigna el gobierno y que ahora están vacías y yo quisiera que me conocieran y nos conocieran. Que vieran que acá hay familias buenas que necesitan un techo. No nos dejan vivir acá y tampoco nos dicen dónde podemos vivir», comenta Yaneidy. Tanto ella como su esposo estarían de acuerdo en volver a Guárico «si no hay espacio acá en Caracas», teme que la envíen a un refugio con su familia pues considera que puede ser un lugar muy peligroso. Sin embargo, ya no hay mucho más que pueda hacer, solo esperar el momento cuando la saquen de su hogar.