Pampán: un pueblo sin gas, gasolina y en confinamiento #AsiVivenLaCuarentena - Efecto Cocuyo

CORONAVIRUS · 15 AGOSTO, 2020 10:05

Pampán: un pueblo sin gas, gasolina y en confinamiento #AsiVivenLaCuarentena

Texto por Gustavo Bencomo Fotos por Gustavo Bencomo

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“Bajo el cielo azul de occidente”, como dice su himno regional, está el municipio Pampán, casi en el corazón del estado Trujillo. Una población de no más de 47.529 habitantes según el censo de 2011, números que disminuyeron por la migración a partir de 2017.

Los encuentros en la plaza Bolívar, los entrenamientos en el estadio, también las misas en la iglesia Nuestra señora de Chiquinquirá, además de las compras en el mercado municipal, el comercio en general, incluida las escuelas, todos esos espacios que tejen la cotidianidad de Pampán son en su mayoría unas imágenes congeladas desde el lunes 16 de marzo.

A cinco meses, los reportes oficiales del gobierno de Nicolás Maduro aseguran que hasta ahora, 14 de agosto, ha habido nueve casos en Pampán, de los que nunca se conoció cómo fueron ni dónde fueron atendidos.

La cuarentena ordenada en el contexto del nuevo coronavirus ha cambiado la vida de los vecinos de esta localidad trujillana, donde unos más que otros han buscado nuevas opciones para enfrentar las limitaciones derivadas de la pandemia y sobre todo la precariedad de los servicios.

La medida de confinamiento, que sorprendió a todos y rompió las rutinas, llegó a este pueblo con el frío sonido de las sirenas mientras funcionarios perifoneaban desde las patrullas policiales: “Quédate en casa”, que muchos acataron, pero otros no.

“Cinco meses a punta de leña”

Con leña por falta de gas, racionamiento de electricidad, pero con una fe inquebrantable, Isbelia Gómez, 60 años de edad, vive la cuarentena en su casa materna, junto a su hija, dos nietos y una sobrina.

Tras jubilarse de la docencia hace 12 años, Isbelia se dedicó aún más a las actividades religiosas en la iglesia Nuestra señora de Chiquinquirá. 

La iglesia es su segunda casa. Todos los días iba a misa diaria en la tarde; antes de las seis ya estaba allí para adorar al santísimo sacramento expuesto en el altar hasta que llegó la cuarentena.

Ahora escucha la misa por la emisora comunitaria.

Desde abril, Isbelia quedó sin gas y en estos cinco meses ha tenido que cocinar con leña. Un viejo tostiarepa ha dado la batalla durante todo este tiempo, mientras que una idea que le recomendó una amiga retumba en su cabeza.

“Hace días una amiga me dijo que usara mi plancha, la de la ropa, para calentar el agua, y yo he estado por hacerlo. Desde que no tengo gas me preocupa no poder hervir el agua para el consumo y lo complicado para cocinar ¡bendito gas!”

Le da temor contagiarse, por eso sigue al pie de la letra las medidas, aunque dice que no ha podido dejar de salir a hacer sus obras de misericordia.

“En estos momentos hay que acompañar a nuestros hermanos, que los demás sepan que no están solos. Atiendo a tres personas enfermas, porque no es sólo llegar y brindar algo, sino escucharlos, acompañarlos”. 

Como ya no puede evangelizar como acostumbraba, utiliza el whatsapp para enviar oraciones y mensajes positivos a sus grupos, “siempre y cuando el internet me deja”, dice.

“Ahora alquilo los cuartos como motel”

Vicente Venegas nació en este pueblo en el año 56, y lo dice con mucho orgullo. Hasta hace unos meses aún tenía fuerza para cargar sacos llenos de mercancía en el terminal de Valera

Allí tenía un puesto fijo donde reparaba calzados y barría las unidades de transporte para poder generar ingresos y  comprar apenas lo necesario. El comercio informal ha sido su sustento luego de que trabajó como policía en los años 80, también en Pampán. 

Con la severa escasez de gasolina en el estado fue mermando el transporte en el terminal. En la misma medida comenzó a reducirse la reparación de calzados. Al llegar la pandemia todo empeoró, y al cerrarse el terminal, no pudo regresar a Valera.

Optó por salir a la calle para ofrecer sus servicios casa por casa: “Se reparan zapatos, se los pintamos, cocemos y pegamos”, es su pregonar para atraer clientes.

La modalidad del trueque no tardó en aparecer. “Cuando llego a una casa, y desean el servicio, cuadro una o dos harinas, esa es mi paga y comida del día”,  cuenta Vicente mientras se ajusta el tapabocas que una vecina le regaló.

Por coser y pegar calzado, Vicente cobra 300 mil bolívares y por pintarlos 200 mil bolívares. Lo poco que obtiene de su pensión, lo va juntando para invertirlo en hilo y pega para zapatos. 

Cocina en una hornilla eléctrica, por la falta de gas. No usa leña porque  tampoco puede pagar los  200 mil bolívares que cobran por ocho palos de leña.

Vive solo en su casa materna, en Pampán, y un día unos conocidos le dijeron que si les prestaba un cuarto para “un rato de amor”. Vicente accedió y pasado el rato, la pareja se retiró de la casa y le dejó una propina.

Desde entonces Vicente alquila los cuartos para estos encuentros. “A veces vienen y se están un fin de semana. Me dan las tres comidas, y yo no les cobro, además con eso me hacen compañía”, dice.

“¡Esto está muy bravo, y se pone peor cada día!”, asegura.

Silencio en el estadio de Pampán

Los gritos de cada tarde, los silbidos de un pito, el rebotar de una pelota; la algarabía de la muchachada cuando alguien anotaba un punto al marcador, se fueron adormeciendo en los oídos de los vecinos del estadio Paco Briceño de Flor de Patria.

El silencio corre por la urbanización San Rafael,  desde el cierre del estadio tras el inicio de la cuarentena. Un candado grande, y otros amarres sostienen el portón para evitar la entrada de las personas.

Pampán: un pueblo sin gas, gasolina y en confinamiento #AsiVivenLaCuarentena

Antonio Pichardo es entrenador de la escuela de béisbol menor Martín Rojas y extraña visitar el patio de su casa, como denomina al estadio. Anhela sentir el olor a grama y regresar a su residencia lleno de arena.

Estar en confinamiento en Pampán ha sido una tarea difícil para alguien como él, que todas las tardes visitaba el campo para enseñar a los niños de su escuela, y practicar deportes.

El “Paco Briceño” ha sido por unos 70 años el centro deportivo de la comunidad, que ha servido además para estrechar lazos con otros pueblos y ciudades.

En el estadio han jugado equipos reconocidos como el Trujillanos FC, y fue también la casa de entrenamiento del equipo femenino de primera división, Flor de Patria FC, campeonas en la Superliga femenina.

Allí se han formado beisbolistas para las grandes ligas, deportistas de altura, y jóvenes que han salido a representar el estado en torneos nacionales e internacionales.

“En el estadio se reunían alrededor de 300 personas de lunes a viernes. Unos desde la tribunas, y otros en el campo. Es fuerte para quienes llevamos el amor deportivo por dentro, es muy fuerte todo esto”, recuerda Antonio con mucha nostalgia.

“Profe, cuándo volveremos a entrenar”

El deterioro de las instalaciones es una preocupación que lo acompaña todos los días en confinamiento, mientras desde una silla de mimbre ve pasar a algunos de los niños que le daba clases de béisbol, y una pregunta al aire que siempre lo lástima “Profe, ¿cuándo volveremos a entrenar?”.

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Mientras la pregunta queda sin respuesta, en estos tiempos de cuarentena en el “Paco Briceño” de Flor de Patria pastan las ovejas de Antoni, un niño de 12 años de edad.

Es uno de los estudiantes que siempre le pregunta al profesor cuándo volverá a jugar y a diferencia del entrenador él sí visita el estadio, adonde lleva un grupo de ovejas para que coman la grama y la mantengan nivelada.

Estos animales, están con él desde hace 6 meses, los cría en su casa, al igual que algunos de sus vecinos, que durante el confinamiento han decidido criar animales en sus viviendas, como cerdos, chivos, ovejas, incluso algunos con un poco más de patio, tienen hasta vacas, pese a que esta no es una zona rural. 

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Desde las 8:00 am, Antoni las lleva al estadio y las suelta libremente en la grama. Él se pasea por el montículo, recorre las porterías, se sube a las tribuna y vigila a sus animales.

Sin poder ir al liceo, ni disfrutar de su acto de promoción de sexto grado, Antoni pasa sus días añorando todo eso que lo hacía feliz “extraño volver a las prácticas de béisbol, a torneos en el estadio. Queremos jugar de nuevo todos juntos”, dijo este pequeño de Pampán.

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