Hugo Trejo y la historia de su naufragio: “No es fácil sobrevivir en esas condiciones”

LA HUMANIDAD · 20 SEPTIEMBRE, 2021 20:01

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Reynaldo Mozo Zambrano | @reymozo

Foto por Jimmy Requena

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Cuando Hugo Trejo era un adolescente naufragó. Pasó nueve horas en altamar a la espera de un rescate luego de que la lancha donde iban él, su padre y otros seis pasajeros zozobró. Dos olas “gigantescas” lo dejaron a la deriva en cuestión de segundos.

Era una mañana de noviembre de 1969 cuando el hijo del coronel Hugo Trejo se embarcó junto a su padre en la lancha Micapina; con ellos abordaron José Fernández, Atilio Perna, Augusto Pino y Leonardo Mogollón, todos iban rumbo a Carenero, una población del estado Miranda.

Con chalecos, cavas, extintores y otras herramientas, los hombres y el adolescente hacían su travesía en el mar como de costumbre. Pero a las 10:30 de la mañana dos olas impactaron contra la embarcación de dos motores y la voltearon.

Toda la tripulación quedó en el agua y Micapina se hundía poco a poco. Ya dentro del mar, como pudieron se reorganizaron para siempre estar juntos; tomaron las cavas, los salvavidas restantes y vaciaron los bidones de combustible para poder mantenerse a flote.

Uno de los pasajeros estaba conmocionado y el accidente lo paralizó; otro no sabía nadar muy bien y fue por eso que entre todos crearon un plan para pedir ayuda, ya que temían que nadie los rescatara; estaban a más de 8 millas náuticas de la costa.

“A pesar de que representaba un reto porque no es poco nadar en esas condiciones, sin mayor apoyo, se resolvió y dos de nuestros compañeros se fueron adelante nadando en busca de ayuda; se llevaron una cava para ayudarse a sostenerse y nosotros nos quedamos con mi papá y los dos señores”, cuenta Hugo Trejo a Efecto Cocuyo.

Mientras los dos hombres salieron nadando en busca de ayuda, Trejo, su padre y los dos señores llegaron a un acuerdo: debían mantenerse en la zona donde había ocurrido el accidente; debían evitar ser arrastrados por la corriente.

La mayoría de los tripulantes tenían experiencia en navegación, incluso Trejo, que era el más joven ya había tomado clases de apnea. “No éramos aficionados, ese es uno de los problemas, que hay gente que no conoce, nosotros fijamos un curso y empezamos a tratar de mantenernos en la misma área del accidente porque sabíamos que si nos comenzaban a buscar, la búsqueda seguramente empezaría más o menos donde había sido el accidente, o donde se presumía que había sido”, recuerda ahora Trejo, un caraqueño nato, ahora de 66 años de edad.

Era tanta la destreza de Trejo en el agua que incluso fue quien, en varias ocasiones, se sumergió en el mar para tratar de buscar algunas herramientas que los ayudaran a sobrevivir mientras la embarcación se hundía lentamente.

El naufragio no es un tema del que Trejo hable muchas veces, incluso con su padre era un tema que se evitaba. El siniestro de la embarcación Thor, ocurrido el pasado 3 de septiembre, lo conmocionó e hizo que rápidamente recordara todo lo que había sufrido en esas nueve hora de angustia, sed y desespero.

“Yo con este tema del accidente de estas personas del Thor no quiero ni pensarlo, porque estar en el agua es difícil; tienes mucho miedo, independientemente que eres joven. La costa casi que no se veía y el oleaje te mueve, te levanta, te moja la cara; el sol, la sed… hay una serie de factores que afectan al náufrago, que lo impactan y lo debilitan”, dice Trejo.

El rescate

El grupo de cuatro que se había quedado en la zona del naufragio había perdido contacto con sus dos compañeros que valientemente decidieron ir en busca de ayuda. Nadando y apoyados por unas cavas los hombres lograron avistar -como a tres millas náuticas de la costas- a un pequeño peñero de pescadores; le explicaron lo sucedido pero la humilde embarcación no tenía motor, por lo que decidieron hacerles señas a otras lanchas para poder ir en ellas a reportar el accidente y que las autoridades iniciaran la búsqueda.

Lograron encontrar una embarcación que llevó a los dos hombres a La Sabana, actualmente estado Vargas, a reportar el siniestro e inmediatamente comenzó la labor de rescate.

Mientras se iniciaba la búsqueda, el grupo de cuatro, donde estaba Trejo, seguía a la intemperie. Para nunca perder el rumbo se fijaron que muy, muy lejos en la costa se avistaban las flores amarillas de los araguaneyes.

“Nosotros seguimos en el agua y bueno el momento más terrible es cuando ocurre el accidente y el segundo es cuando te rescatan, porque tú estás muy cansado, agotado, acalambrado, muerto de frio, deshidratado”, dice Trejo.

El cansancio, la desesperación, la temperatura y las olas constantemente pegándole en la cara hicieron que Trejo imaginara siempre lo peor, a pesar de que ya el equipo de búsqueda estaba haciendo su trabajo.

“Entonces escuchas un motor a lo lejos y gritas y no te escuchan; te pasan cerca y no te ven, por la hora. Eso fue lo que nos pasó a nosotros: no nos vieron la primera vez que pasaron, pero la segunda sí nos vieron y mi recuerdo de salir del agua no lo tengo. Recuerdo fue cuando salí y me colocaron en el piso y estaban sacándonos a los que estábamos en el agua”, rememora.

Eran las 7 de la noche de ese noviembre de 1969, cuando los rescatistas lograron sacar a los integrantes de la tripulación Micapina de altamar.

“Si hay un accidente requiere de mucha suerte y nosotros tuvimos mucha suerte. Tuvimos mucha fortuna porque estaban todas las condiciones dada para que no sobreviviéramos. La zona donde nosotros caímos es una zona muy llena de corriente y sientes como el mar te desplaza y esa era una de las cosas que nosotros trabamos de evitar porque si nos arrastra la corriente no nos van a encontrar”, explica el hombre.

Un hermoso reencuentro

Después que Trejo y el resto de la tripulación fue sacada de las aguas, preguntaron de manera inmediata por sus dos compañeros que fueron nadando a pedir ayuda. Trejo y los demás decían insistentemente a los rescatistas que faltaba rescatar a dos más que seguían en el agua, pero los rescatistas viendo como los náufragos estaba deshidratados y con quemaduras por la larga explosión al sol, decidieron llevarlos primero a la costa para luego seguir buscando, pero cuando llegaron al muelle la tripulación recién recatada se reencontró con los otros dos integrantes que salieron a pedir auxilio.

“El reencuentro nuestro con los dos que se fueron adelante fue hermoso (…) la alegría fue cuando los vimos en el muelle, nosotros no sabíamos nada”, explica el sobreviviente.

Para Trejo la historia del naufragio del Thor es muy conmovedora y cree que es importante darle mucha esperanza a la familia. El hombre ha evitado leer los detalles del naufragio de la embarcación que iba rumbo a la isla La Tortuga, pues le recuerdan a todo lo que vivió.

Cuando se enteró que habían rescatado viva a parte de la tripulación se contentó y tuvo esperanza de que los otros siguieran con vida.

“Yo no diré que estas personas (tripulantes del Thor) no estaban bien equipadas, porque no lo sé; no he querido leer ni los detalles de lo que les pasó, basta con mis recuerdo para entender esa situación. He estado acompañándolos espiritualmente”, explica.

A pesar del desafortunado accidente, Trejo siguió conectado al mar y a la navegación. “Recientemente este naufragio, y el de Güiria me afectan mucho, porque el que ha pasado por un accidente de eso sabe lo que sufre la gente, hay un momento que te das cuenta que las posibilidades de no sobrevivir son muy ciertas”, dice.