En dólares y sin distanciamiento: Así es bajar a las playas de Vargas en pandemia

LA HUMANIDAD · 10 DICIEMBRE, 2020 15:20

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Andrea La Rosa Vásquez | @AndreaLaRosaV


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Seis dólares. Con esa cantidad de dinero, más un cuarto de tanque de gasolina, una familia puede bajar de Caracas a las playas de Vargas en carro particular un fin de semana. Pero, no bastan las ganas, es necesario tener un buen bolsillo para costear el viaje.

Eso sin contar lo que algún funcionario policial pueda pedir en las alcabalas que hay que sortear para pasar al estado, más el costo de la comida (que en la playa puede llegar a  20 dólares por un plato de pescado con contornos) y el riesgo de contagio de COVID-19

Por lo menos 5 dólares (o su equivalente en moneda local) son necesarios para pagar el toldo. Lo bueno: no hay que preocuparse por tener bolívares en efectivo, porque las formas de cancelar los servicios no lo requieren. 

En plena pandemia, con escasez de gasolina, restricciones de circulación y si no hay mucha disposición a aventurarse en un viaje largo, la costa güaireña es la primera opción para el caraqueño que busca escapar por un día del confinamiento citadino y nadar en el mar.

Adiós al distanciamiento

Si se tiene la suerte de no ser detenido en el camino por alguna de las alcabalas (que hasta Caribe, en la parroquia Caraballeda, pueden ser cinco), la playa se puede disfrutar desde las 8:00 a. m. y hasta las 3:00 p. m., información que se exhibe en las pizarras ubicadas en la entrada de cada una de ellas. 

En las zonas residenciales puede fallar la señal telefónica, pero en las playas de Vargas funciona sin problema. Y es necesario, pues si no se tienen dólares para pagar el toldo y el estacionamiento (que cuesta un dólar o su equivalente), la segunda opción es el pago móvil. 

Mientras más cerca de los edificios y el centro del estado se esté, menor será el distanciamiento físico. En el papel quedó la separación entre los bañistas, que se mide en el espacio que hay entre un toldo y otro. La única diferencia con un sábado o un domingo de quincena en otros tiempos es el pensamiento pasajero de que estamos en medio de una pandemia, que va y viene pero que es imposible aplicar. 

 

 

A las 3:00 p. m. en punto suenan los silbatos. Los salvavidas comienzan a gritar para que los bañistas salgan de la playa. Pero dos de ellos no son suficientes para que la gente siga la instrucción. Es un juego que parece de niños y se repite por al menos 30 minutos. Mientras los visitantes salen a regañadientes de un lado de la playa, el otro lado se vuelve a llenar. No es sino hasta que los trabajadores y trabajadoras empiezan a merodear los toldos, avisando que “en cinco minuticos” vuelven a pasar a recoger, que la gente finalmente se resigna a que el día de playa está llegando a su final. 

Pero cerca del mar también se hace cola. Las duchas son los espacios que generan la mayor aglomeración. Esto sin contar con las filas kilométricas para tomar un autobús y regresar a Caracas. O las que se hacen en carro para subir, como en un fin de semana normal del lejano mundo prepandemia.