Cerró la bomba, se armó el zaperoco y nos dejaron fríos: gasolina

LA HUMANIDAD · 3 JUNIO, 2020 16:42

Cerró la bomba, se armó el zaperoco y nos dejaron fríos…

Texto por Jeanfreddy Gutierrez | @Jeanfreddy

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La frustración de las anteriores 12 horas de cola por gasolina aún me quemaba en la memoria. Hace meses pasé medio día bajo el sol de Palo Negro (Aragua) para que el combustible se acabara en la grúa de dos tanques que estaba delante de mí. Gritos, reclamos, molestias de los que estaban detrás. La culpa era de los motorizados, de los militares, del dueño de la estación, pero nada solucionaba el problema.

Recordé una frustración anterior. La primera cola que hice en 2014 para comprar afeitadoras; usé las dos horas del almuerzo para malgastarme en una fila que dejó de avanzar justo cuando me tocaba a mí.

Ahora, con gasolina iraní de por medio, no quería que también fuese mi esposa, quien se ha encargado de salir a hacer las compras durante los 83 días de cuarentena que he guardado. Con una bacteria nasal que me causa lesiones cutáneas como paciente de psoriasis, decidimos que era mejor que el tipo que siempre anda mocoso o estornudando se quedara en la casa mientras el Sars-CoV-2 anduviese libre.

Pero el martes, cuando le tocaban a las placas terminadas 3 y 4, decidí que era hora de romper la cuarentena por segunda vez. La primera fue para buscar una bombona de gas doméstico que estaba a media cuadra. Rastros de los tradicionales roles de género por medio.

Todo empezó una noche antes, cerca de las 8:00, cuando amigos de ella le avisaron que podía llevar el carro para anotarse en una lista y volver a las 4:00 de la mañana para surtir rápido. Pero no fuimos considerando los riesgos de entrada y salir en estos horarios.

Tuve que rodar por unos cinco minutos a buena velocidad desde el inicio de la cola más larga que había visto en ese lugar. Eran las 6:45 de la mañana cuando Google Maps me dijo que estaba a dos kilómetros de mi objetivo. Calculé que habría unos 400 carros entre la estación de servicio en La Encrucijada de Palo Negro y el ambulatorio médico, donde pude finalmente pude estacionarme a esperar.

Las imágenes de la espera habían cambiado. Transeúntes, vendedores  y obreros que esperaban en la parada de autobuses con mascarilla. También las señoras que tienen órdenes médicas arrugas en sus manos las tenían. O los que salían con compras de la panadería de la esquina. El taxista que se me acerca para decirme que él iba delante de mí, pero que tiene el carro accidentado a una cuadra.

  • Pizarras acrílicas, para los chamos, para los profes

  • ¿A cómo tienes la pizarra?

  • A un dólar, a dos y a cinco

  • Yo perdí la mía y ahora me hace falta

La cola no se movió hasta una hora después. Los amigos de mi esposa decían que ya habían surtido, pagaron en bolívares y dólares, al nuevo precio subsidiado. Las señoras con récipes también dijeron que a las 6:30 habían empezado a surtir, aunque no vi movimiento cuando pasé por allí.

Unos 1,9 kilómetros dijo Google Maps. Estábamos avanzando por la calle de servicio que está paralela a la avenida principal, que divide a las viejas comunidades de Palo Negro como La Pica de las nuevas, la Ciudad Socialista Los Aviadores, construida por Misión Vivienda.

Avanzábamos, de vez en cuando, 20 metros primero, 50 después o 10 más. Esperábamos, a veces 10 minutos y otras 45 minutos. Algunas cosas de la cola nunca cambian. Desconocidos se juntan debajo de los árboles a hablar. Con mascarillas bien puestas unos, usándolas como baberos otros e incluso un par que no las usa. En Venezuela tenemos amorochamiento social. Nos gusta hablar de cerca con desconocidos. Compartir esperanzas, miedos y teorías.

  • Hay 200 estaciones de servicio que venden en dólares, ese dinero va para arreglar las refinerías de PDVSA

  • Olvídate de esa vaina, chico, todo eso se lo cogen

La discusión eleva los tonos de los dueños de una ferretería, quienes sin mascarilla detrás de sus rejas defienden sus tesis geopolíticas con eventuales visitantes en bicicleta. Los barcos iraníes, las sanciones gringas, la sinvergüenzura criolla figuran entre en los intercambios. Maduro es defendido por los empresarios, reprendido por los transeúntes.

Muchas bicicletas, eso también ha cambiado. De las viviendas sale mucha más gente en bicicletas. También los veo en la avenida. Van y vienen en los espacios que antes ocupaban las motos que parecen hoy desaparecidas.

1,7 kilómetros. Paso el tiempo respondiendo en Whatsapp y en Twitter sobre el nuevo sistema de la gasolina. Lo usual es que muchos pregunten si no tener carnet de la patria o registro automotor los obliga a pagar la tasa más alta por la gasolina. Más usual es que no acepten la explicación: no hace falta nada de eso para acudir, como estoy haciendo en el calorón palonegrense, a una cola por gasolina subsidiada. “Dile eso a quienes no tienen dólares para pagar”.

La confusión es nacional. Una amiga me cuenta que su tío estuvo “retenido” en una estación de gasolina de Maracay porque no le aceptaron los 150.000 bolívares en efectivo por llenar el tanque. Tuvo que esperar que alguien llevara un impecable billete de 1 dólar. “Ya no sé cómo es la vida” me escribe desde Santiago de Chile, también en cuarentena, extrañando a su familia a rabiar, tratando de entender la locura cambiante de Venezuela. “Uno aprende aquí, pero cada tres días ponen reglas nuevas”. No fue consuelo.

Hace rato que no me muevo así que tomo una fotografía que he registrado otras veces. Botellas de cervezas son colgadas en cables de telefonía. No son en memoria de célebres beodos pasados a otros planos sino un sistema de alarma para los frecuentes robos de las conexiones a Internet.

1,6 kilómetros. Aunque avanzas poco hay que hacerlo con cuidado a través de la intrincada ruta post-asfáltica de la calle de servicio. Hay que sortear alcantarillas que sobresalen hasta 15 centímetros, cráteres que se han convertido en verdaderos ecosistemas, reparaciones hechas con trozos de cerámica y pared así como arreglos irregulares que datan de la época democrática.

Se acabó la gasolina. Era el restante de la que llegó el primer día. “Si no viene a la 1…” me dijo el Guardia Nacional sin mascarilla que tenía su carro delante del mío. Cumplió otro de los rituales de la cola, pedirme que le guardara el puesto para ver si podía echar gasolina en otra estación cercana. Gesto de aceptación de la irregularidad criolla de mi parte con manso saludo amable de él.

Vuelve a la media hora pero no se mete. Ahora invoca otro ritual de la espera gasolinera: ir a llevar a su esposa a otro lugar para volver. Gestos repetidos pero no volverá, lo que es usual. Algo parecido hace el carro de atrás, también el que ahora está adelante. El taxista que según iba delante de mí volvió una vez para avisar que estaba cerca. Tampoco apareció más tarde.

El sol desgasta, muchos abandonan. Ya van seis horas, he avanzado apenas 500 metros. Se convierte así la gasolina subsidiada en la más cara del mundo. Como tengo tiempo me pregunto si será también la más lenta pero como tengo hambre renuncio a calcular la velocidad de la cola con la de los buques iraníes.

Mi esposa vendrá a relevarme con dos tías. Google Maps me dice que son 34 minutos a pie desde mi casa hasta donde estoy. Había desayunado en el carro pero almorzaría en casa.

Me moví 100 metros más en esos treinta minutos. Esa es fácil: 0,2 kilómetros por hora.

Según Google hay 11.834 kilómetros entre Palo Negro y Teherán. A este ritmo, tomaría 59.170 horas llegar. Lo que equivale a 2.465 días, 352 semanas, 88 meses o 7,3 años. Demasiado cara nos sale esta lentitud.

No sé si será la más lenta pero seguro es la más incierta del mundo.

Después de los 34 minutos a pie, bañarme y almorzar prefiero trabajar un poco para distraerme. Una noticia de 62 barcos iraníes que son sancionados. Perfecta. La noticia es de febrero de 2019 pero la acaban de resucitar. Perfecta. La hago completa en una hora y cuarto.

Llegó la gandola me dijo mi esposa. Ahora a esperar que sea rápido, ojalá que no cierren a las 7 de la noche. Que no te quedes cerquita, mi amor. Tranquilo, estoy aquí echando cuentos.

Ahora calculo en Google Maps con las referencias que me da. A menos de 200 metros llega la mala noticia, la usual, la indeseada. Cerraron la bomba, varias mujeres gritaron a los militares, los hombres sólo asentían. Una señora que organizaba la cola dijo que surtieron a 300 carros. Mentira, mentira, señora, ¿cómo me va a decir eso?

Militares hablan con los del consejo comunal apartados. No se meten en la pelea. La señora, rojita por el sol, con el sudor seco, el cansancio arrasador, recibe palo de todo el mundo. Pero la decisión está tomada.

Comienza el ciclo. Los de placas 5 y 6 ya están anotándose para venir mañana a las 4 de la mañana. Anotan la placa de los presentes, otras muchas más placas que es imposible certificar si andan por allí. Lo usual: estoy accidentado, estaba llevando a mi esposa, yo vine el domingo y perdí la cola. Anota mi placa, mi pana.

Cerraron la bomba, se armó el zaperoco y nos dejaron fríos.