En el centro de Caracas, Sabana Grande y Chacaíto se perdió el distanciamiento

LA HUMANIDAD · 16 NOVIEMBRE, 2021 15:25

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Mabel Sarmiento | @mabelsarmiento


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La cola alcanzaba casi una cuadra. Las personas (sin distingo de edad) estaban unas tras otras, rozándose las espaldas, los codos, sin ningún tipo de distanciamiento y mostrando abiertamente los dientes sin ningún temor. Avanzaban cada 10 minutos, aproximadamente el tiempo que tardaba alguien en elegir el sabor de la barquilla y pasar el por el punto de venta.

A las 4:30 p.m. de este 15 de noviembre, la cola frente a esa pequeña heladería ubicada en la parroquia La Candelaria, no bajaba. Todo lo contrario, los que salían de las tiendas, de sus oficinas, de los restaurantes, de los centros comerciales, se sentían atraídos por el precio: dos barquillas por un dólar.

Esa cola se mezclaba con los peatones, con otra que se hacía frente a un carrito de hamburguesas y perros calientes y con una que salía de un puesto ambulante de charcutería.

Prácticamente, no había espacio libre en las aceras. Muchos de los que iban con el paso apurado agarraban la calle para poder esquivar la algarabía de las personas con bolsas.

En la muchedumbre el uso del tapabocas quedó a un segundo plano. Más atrás, el distanciamiento social.

En el mismo sitio, una venta de cachapas tenía gente en lista de espera para una mesa. En el interior del local, las personas se abanicaban si cesar. Los mesoneros pasaban entre uno y otro sudorosos, poniendo y levantando platos y vasos sin detenerse y sin hacer el lavado de manos necesario para mantener la higiene. Lo importante era sacar el pedido.

Esa imagen se repite en el local que está al frente, donde preparan shawarmas, un espacio con menos metros y repleto de clientes.

La Candelaria, en pleno centro de Caracas, luce abarrotada. Todos los negocios tienen flujo de gente y, en las puertas, la mayoría tiene a un trabajador que rocía tímidamente un agua que se presume es alcoholada.

Por la ruta del virus

Y, más arriba, a dos o tres cuadras, hacia La Hoyada, el ambiente para quienes aún se cuidan del virus, es más amenazador.

La plaza Francisco Narváez (ubicada en la entrada de la estación del Metro de Caracas La Hoyada) está repleta de buhoneros, cuyos manteles se extienden hasta la esquina Cruz Verde, a pocos metros del Palacio de Justicia.

Ese punto es como un hervidero de personas que se lanzan sobre los manteles de ropa interior, franelas, monos, medias, que se ofertan a un dólar o a tres por cinco dólares.

El gobierno que administra Nicolás Maduro decretó flexibilización total desde el 11 de noviembre hasta el 31 de diciembre de este año.

Para cuando entró en vigencia esa medida, el país superaba los 400 mil contagios registrados de COVID-19, según el balance ofrecido por Comisión Presidencial para la Prevención, Atención y Control de esta enfermedad, nombrada por Nicolás Maduro.

Sin embargo, ese anuncio en medio del desarrollo de una campaña electoral y del movimiento que se genera por la época decembrina, solo fue acompañado de medidas de corto alcance como la implementación del semáforo COVID-19, instrumento que muy poco se aplica en el centro de Caracas.

Las medias de seguridad muy poco se aplican en el centro de Caracas

El doctor Enrique López Loyo, presidente de la Academia Nacional de Medicina, sostiene que ese ambiente era previsible. “La percepción de que no está pasando nada en las calles es muy evidente. El tapabocas solo se usa para entrar a espacios restringidos o comerciales y no como una posibilidad de protegerse y de proteger a los demás”.

Y en estos casos, dice, la política pública debe ser mantener:

✅Fiscales sanitarios en áreas de concentración de personas.

Y usar medias de persuasión con personal que esté en zonas periféricas, de mercados, bulevares, con sonidos reiterando la normativa.

“Este tipo de estrategia es fundamental en el recordatorio colectivo que se puede hacer. Sin embargo, la norma sanitaria es una decisión muy personal. Por tanto, debe haber una concienciación médica continua, pues aquellas personas que tienen la susceptibilidad, que no se han vacunado o que han tenido contando con una cepa o una concentración viral diferente pueden desarrollar la patología, y se convierten en factores de multiplicación. Esa es la situación actual desde el punto de vista sanitario, no hay recordatorio de la norma”, dice.

Viaja sobre ruedas

Posiblemente, muchos al terminarse la barquilla que compraron en La Candelaria, van en transporte público en el Metro a sus casas o trabajos.

Y en ese trayecto -de nuevo- andan sin tapabocas. Protección que tampoco tiene el colector de la unidad que vocifera a todo pulmón “La Hoyada-Chacaíto”.

Sobre las normas de bioseguridad en el sector transporte, todo depende de la organización gremial. “Por ejemplo, en la Caracas-Los Teques, el conductor usa mascarilla y gel. Además, se desinfecta (tras cada vuelta) la camioneta. Igual con otras rutas suburbanas. Pero en las urbanas, se dificulta bastante el tema. Hay conductores que verdaderamente no lo llevan, y son muy pocas las unidades que echan el gel antibacterial. Igual, los pasajeros se suben sin protección. Lo mismo pasa en el Metro de Caracas”, cuenta Mauricio Moret, del Frente Unidos del Transporte.

“Espalda con espalda”, gritaba un avance en la avenida Casanova. “Aprovechen la máxima ocupación de la unidad que va para Petare”, recalcaba. Tras su anuncio y sin ningún recelo los pasajeros hacían caso al llamado, hasta que la camioneta quedó completamente llena, con personas “guindando” en las dos puertas.

“Sabemos que eso está pasando. Y es el llamado a las organizaciones, esto no es un juego, ya han fallecido conductores y avances con el virus. Es un llamado que se les hace, y lo mismo a los usuarios, cuando uno pasa por las paradas ve que están full y sin protección. Entonces, aquí debe priva la cultura y conciencia ciudadana”, resaltó Moret.

Los pasajeros muchas veces no usan el tapabocas

Ya en Chacaíto, la bulla de los vendedores de comida, frutas y ropa e insistente. Hay manteleros por todo el bulevar y a casi todos se les ve el rostro quemado por el sol. Muy pocos usan mascarillas, la mayoría hombre y mujeres jóvenes. Entre ellos, corretean niños en edad escolar, igualmente, si las medidas de bioseguridad.

A la policía se le ve pasar por el bulevar, preguntan por los dueños de los tarantines, hablan en voz baja y se les escucha decir: A las 5:00 p.m. regresamos.

La moto con los funcionarios sigue su trayectoria por el bulevar, por donde el paso de los compradores que relajaron las medidas sanitarias no se detiene y con el trascurrir de los días se hará más visible y descontrolado.

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