Caño de Los Becerros: entre el dolor y el duelo #ExplosiónMonagas

LA HUMANIDAD · 20 FEBRERO, 2021 15:45

Caño de los Becerros: entre el dolor y el duelo #ExplosiónMonagas (y 4)

Texto por Efecto Cocuyo | @efectococuyo

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Caño de los Becerros se mantiene en pie por el esfuerzo de sus 226 familias. El caserío del municipio Piar, al norte de Monagas en el oriente de Venezuela, vive con un profundo sentimiento de tristeza por sus 36 heridos y los nueve fallecidos que dejó la explosión de 168 bombonas de gas doméstico el 28 de diciembre de 2020.

Pero en medio del dolor y el duelo deben sobrevivir a las carencias por el olvido gubernamental. Fallas de agua y electricidad son algunas de las deficiencias que enfrentan en el sector, que se encuentra a una hora de Maturín, la capital de Monagas.

José Candurín tiene 65 años y fue uno de los heridos de la explosión. “Soy agricultor y padre de cinco hijos. Me falta alimento, aquí no han traído nada después de la explosión”, dijo el 7 de febrero cuando Efecto Cocuyo visitó la comunidad.

Como el resto de los heridos, que viven en su mayoría de sembrar maíz, yuca y otros productos, perdió sus cosechas por el tiempo que estuvo recluido en un hospital para recibir atención médica.

“Deben mantener a esa gente (heridos) hasta que puedan trabajar. Con una casa que les den no se va a remediar nada. El gobierno debe responderle a esa gente hasta que puedan trabajar”, agregó.

Caño de Los Becerros: entre el dolor y el duelo #ExplosiónMonagas
Esta comunidad rural, en el municipio Piar de Monagas, carece de servicios básicos

Salir a Aragua de Maturín por alimentos

En Caño de los Becerros apenas hay una “bodeguita”, una iglesia cristiana, una escuela de primaria y un ambulatorio que no funcionaba antes de la tragedia. Ahora está desmantelado; la Gobernación de Monagas aseguró en enero que “rehabilitaban el CDI” del sector, pero sus habitantes dijeron que allí no había medicinas ni personal. Apenas una enfermera, que vive en la comunidad, atendía a las personas por alguna necesidad básica cuando se presentaba.

Si hay una emergencia médica, como la que ocurrió con la explosión, los vecinos deben ir hasta el hospital Elvira Bueno Mesa de Aragua de Maturín, a unos 15 minutos en vehículo. En el ambulatorio de la localidad tampoco hay cómo trasladar a pacientes porque no hay ambulancias.

El 28 de diciembre los mismos habitantes llevaron en algunos carros a sus familiares hasta ese centro asistencial. La desesperación fue tal, que algunos corrieron hasta la carretera nacional, trocal 13, que comunica a Monagas con Sucre, para detener carros y pedir ayuda. Así montaron hasta en camiones a las 45 personas que se vieron afectadas.

Salir a comprar productos de la cesta básica implica caminar hasta la entrada, unos dos kilómetros, esperar por una cola o aguardar durante tres horas hasta que pase el poco transporte público y movilizarse a Aragua de Maturín para visitar los supermercados del lugar.

Cocinan con leña

Marleni Hidalgo trabaja en casas de familia en Maturín. No lo hace desde el 28 de diciembre cuando una de sus seis hijas, Betsimar, sufrió quemaduras en una de sus piernas y un brazo.

Estamos cocinando con leña. La bombona que trajeron el 31 de diciembre ya se acabó, aunque muchos vecinos no quieren saber nada de esas bombonas. Mi esposo es agricultor y tampoco está trabajando”, se lamentó Hidalgo.

En Caño de los Becerros tenían siete meses sin gas doméstico hasta el 28 de diciembre. Unos días antes los vecinos cerraron la carretera nacional como protesta por la escasez del producto. Pasaron el día de Navidad cocinando a leña y después vino la explosión.

Poco importó a los trabajadores de Gases Maturín CA (Gasmaca) que los mismos vecinos les advirtieran que varias bombonas, de las 168 que descargaron en la casa de Benilde Amundaray, presentaran fugas. Allí las dejaron y tras marcharse llegó el “infierno” y “el horror“, como describieron varios residentes del sector lo que sucedió: ver a sus familiares, hijos y amigos como antorchas vivientes.

Franklin Rondón, que también es agricultor y sufrió quemaduras, resalta la deficiencia de los servicios públicos en la comunidad.

Aquí cuando medio llueve la luz se va. El agua casi no llega, y pasamos días enteros sin luz, esto ya es normal”, contó desde la entrada de su vivienda. Una casa de pisos de tierra y techo de zinc.

Crismar Zapata, una ama de casa con quemaduras en rostro, piernas, brazos y el pecho, necesita cuidados especiales como el resto de los heridos. Ante la falta de agua por el sistema de tuberías, deben hervirle agua para que pueda bañarse. Y como no quieren usar gas doméstico, deben tomar agua del río, colocarla en un fogón y después decantarla para que esté descontaminada.

“Tenemos terror de recibir el gas. Aquí el agua llega poco y los camiones cisternas pasan cuando mucho una o dos veces por semana. Entonces hervimos el agua en leña y después la filtramos. Yo tengo un aire acondicionado dañado por falta de gas. Necesitamos ayuda”, añadió.

Estrés postraumático después de la explosión

En medio del dolor y el duelo, en Caño de los Becerros también hay estrés postraumático. Los heridos no duermen bien, tienen pesadillas y reviven la tragedia. La psicóloga Siboney Pérez, quien es miembro del equipo directivo de Psicólogos Sin Fronteras Venezuela, dijo que tanto los sobrevivientes como las personas que perdieron familiares, necesitan atención psicológica urgente.

“Hay una respuesta emocional que se está traduciendo en un intenso miedo, en un horror, en no querer hacer nada que les recuerde eso ni usar las bombonas de gas”, explicó a Efecto Cocuyo sobre las consecuencias psicoemocionales que deja una tragedia como esta.

Moisés Chacón perdió a su hija Meivis de 17 años y su otra pequeña de 13 años, Mariángel, se recupera de las heridas. “Mi hija murió por negligencia, un médico me pidió donantes de sangre y los conseguimos, pero el día que la metieron a quirófano la doctora dijo que no necesitaba esa sangre y falleció”, contó sobre el caso.

En la explosión murieron dos niños: Genderson Leonett (9) y Xavielis Gil (5), pero también dos adolescentes: Emily Leonett (13), hermana de Genderson, y Meivis Chacón de 17.

Niños y adolescentes heridos

Muchos de esos niños y adolescentes acompañaron a mamás y papás a retirar las bombonas. Hay heridos cuatro de ellos: Ricardo Ramos (13), Betsimar Meneses (13), Alejandrina Rivas (11) y Mariángel Chacón (13). Una niña de 4 años, Aislin Díaz, quien perdió a su mamá en la explosión, permanecía en un hospital la primera semana de febrero.

En su vivienda, Ricardo señala que él estudia octavo grado en la escuela de Taguaya, otro poblado del municipio Piar. Para trasladarse al plantel, antes de la pandemia, tenía que salir caminando desde su casa hasta la entrada en la carretera nacional y tomar un transporte. En vehículo son al menos 10 minutos de trayecto y casi siete kilómetros.

Estuvo en el hospital entre el 28 de diciembre y el 13 de enero, cuando le dieron de alta y regresó a su casa. Dijo que acompañó a su mamá a buscar la bombona y por la explosión sufrió quemaduras en el rostro y el cuello.

Betsimar Meneses también se quemó. A los 13 años ahora pasa los días sentada en tres sillas y protegida con un mosquitero. Sus piernas siguen rojas, al ser la zona más afectada por las quemaduras. No puede llevar sol y aunque puede caminar está confinada en su casa.

“Al principio me dolió mucho, pero ya no. Tengo que estar aquí en casa sin llevar sol”, detalló la menor de las seis hijas de Marleni Hidalgo.

Cosechas perdidas

Andreína Ramos de 27 años es agricultora. Pero, con las heridas que tiene perdió su conuco. Está en casa de reposo sin poder trabajar, con escaso acceso a medicinas y sin forma de comprar alimentos. “Necesitamos ayuda económica y comida. Por cuidarme a mí se perdieron las cosechas. No tengo ni siquiera un ventilador y cuando se va la luz el calor es más intenso”.

Las visitas gubernamentales han sido tres o cuatro desde la explosión. En la última, el 13 de febrero, llevaron enseres, kit escolares, algunos ventiladores y aires acondicionados para los heridos. Prometieron rehabilitar 13 viviendas, aunque aún no terminaban la de la señora Benilde Amundaray, quien perdió la suya en la explosión.

En Caño de Los Becerros el dolor y el duelo siguen presentes, la carencia de servicios públicos, la ausencia del Estado y ahora 36 personas quemadas y el recuerdo por nueve fallecidas, no acaba.