Chile: un país donde la pandemia no detiene las protestas

CORONAVIRUS · 1 JUNIO, 2020 18:26

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Paulette Desormeaux

Foto por Gonzalo Donoso / Delight Lab

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En Chile todo el mundo adelantó que marzo sería complicado. No por la pandemia, sino porque los estudiantes volverían del receso de verano y se reactivaría la intensidad de las protestas que estallaron en octubre de 2019, cuando un millón de personas salió a las calles a manifestarse por un cambio profundo al sistema neoliberal, exigiendo lo que una pareja de artistas proyectó en la noche sobre un icónico edificio en la plaza de los manifestantes: “Dignidad”.

Marzo llegó, pero muchos estudiantes nunca regresaron a las aulas, o estuvieron allí muy poco tiempo, porque el segundo día del mes se notificó el primer contagio por la COVID-19. Unas semanas después, agrupaciones de la llamada “primera línea” anunciaron que se retirarían de las calles.

Desde octubre enfrentaban a la policía, lanzándole piedras arrancadas de las veredas, arrojando de vuelta bombas lacrimógenas y encendiendo barricadas. “Nuestra bandera de lucha es la protección del pueblo y somos conscientes de la crudeza del coronavirus”, explicaron.

Al día siguiente, el presidente Sebastián Piñera decretó Estado de Excepción Constitucional de Catástrofe por la emergencia sanitaria. Los militares salieron a la calle y se dictó toque de queda: las avenidas quedaron vacías entre las 10 de la noche y las cinco de la mañana.

Durante casi un mes y medio las protestas desaparecieron. Hasta el lunes 18 de mayo, cuando vecinos de la comuna de El Bosque, en Santiago, salieron a manifestarse por la falta de alimentos y trabajo, luego de un mes en cuarentena, acusando a las autoridades de no darles ayuda. Levantaron barricadas y el cuerpo de Carabineros llegó con sus carros lanza agua y lanza gases.

En la tarde, un grupo de personas saqueó una distribuidora de gas y se registraron protestas en diversas comunas del Gran Santiago, una zona con 6 millones y medio de habitantes por primera vez en cuarentena total, en la región que concentra 8 de cada 10 contagios del país.

Esa misma noche, los hermanos Andrea y Octavio Gana, artistas visuales fundadores del estudio Delight Lab, dedicado a la experimentación en torno al video, la luz y el espacio, se colocaron de nuevo detrás de los aparatos y proyectaron otra palabra sobre el edificio en la plaza rebautizada como Dignidad. Esta vez decía: “Hambre”.

Dos meses antes, cuando había menos de 300 casos confirmados de la COVID-19, un grupo de alcaldes, el Colegio Médico y más de 20 sociedades científicas pidieron al gobierno chileno que decretara cuarentena total para frenar el avance del virus.

«¿Y quién se va a preocupar de la generación eléctrica, del agua potable, de los medicamentos? Hay que preocuparse no solamente de cómo protegemos la salud de los chilenos (sino también de cómo) los abastecemos de los bienes y servicios básicos para la vida”, respondió el presidente Piñera, quien recibió la pandemia con el nivel de aprobación más bajo de un mandatario desde el regreso a la democracia: 6%.

Las redes sociales se llenaron de comentarios y acusaron al gobierno de colocar la economía por encima de la vida humana. “Lo que se está diciendo es absurdo. Es una medida desproporcionada”, argumentó el ministro de Salud.

“Las cuarentenas producen hambre, miseria, conmoción social, aumento de los asaltos, de violencia intrafamiliar. (…) Son instrumentos que hay que usar con mucho cuidado”, diría meses después.

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Este reportaje forma parte del Programa Lupa, liderado por la plataforma digital colaborativa Salud con Lupa, con el apoyo del Centro Internacional para Periodistas (ICFJ).