Buenos Aires prefiere no salir - Efecto Cocuyo

CORONAVIRUS · 3 JUNIO, 2020 15:46

Buenos Aires prefiere no salir

Texto por Emilia Delfino Fotos por Néstor Grassi / Perfil

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Diagonal Norte era una de las estaciones de subterráneo más abarrotadas en horas pico. Sacaba lo peor de la ciudad. Intentar subir a un vagón en este tramo de la línea C después de las 16:00 y hasta pasadas las 18:000, era una violenta odisea. Los usuarios que llegaban de las líneas A, B y D luchaban contra los pasajeros de la C por un espacio para regresar a casa. El objetivo era llegar a la terminal Plaza Constitución, al sur de la ciudad, y luego volver a disputar un lugar en uno de los trenes de la línea General Roca para alcanzar el sur del Gran Buenos Aires.

Esa violencia mutó en distimia. Una nueva dinámica depresiva moderada. La ciudad no se suicida, pero en esta cuarentena se encuentra sumida en la tristeza prolongada, a la espera de que acabe la “nueva normalidad”.

La hora pico del 20 de mayo vino con una lluvia torrencial, típica del otoño en la Ciudad de Buenos Aires. Un otoño que viene ralentizado, con altas temperaturas y días soleados. Una cachetada para la mayoría de sus habitantes, confinados por el aislamiento social preventivo y obligatorio decretado en Argentina el 20 de marzo.

Desde entonces, el confinamiento ordenado por el presidente Alberto Fernández se viene prorrogando cada 15 días, con algunas flexibilizaciones en las provincias y distritos menos afectados.

El objetivo es “aplanar la curva” y evitar el colapso del sistema de salud. Sin embargo, y aunque se han obtenido ciertos logros, el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), la zona más poblada del país, no logra superar las expectativas de los epidemiólogos.

En Diagonal Norte no se ven más estudiantes ni oficinistas. No hay padres con hijos, ni grupos de compañeros de trabajo o de amigos. Nadie reclama el asiento para una embarazada. No hay alianzas para forzar el ingreso al vagón.

Los pasajeros que vuelven a casa, ya sin sobresaltos, viajan en soledad. Su única compañía es su teléfono celular. Pertenecen a la clase trabajadora, casi exclusivamente. Se nota en sus ropas, sus bolsos de trabajo. Cumplen tareas en las actividades económicas exceptuadas del aislamiento social, cuya lista se amplió en mayo. El que puede se queda en casa y el que puede, viaja en auto. Pero están los que no.

Hay lugar de sobra en los vagones. Por el altoparlante del subterráneo una voz metálica pide guardar la distancia social. Llevan tapabocas. Se notan cansados, cabizbajos, ensimismados, se vuelcan en las pantallas de sus teléfonos. Un pasajero rompe el monopolio ruidoso del tren con el sonido de un video en su celular. Está fuera de lugar. El resto del vagón lo acalla con los ojos. No se puede pasar desapercibido en la soledad.

Más de 26 millones 800 mil personas viajaron en las seis líneas del subterráneo y el premetro de Buenos Aires en abril de 2019. Un año después, la pandemia redujo la circulación mensual en el mismo mes a 795 mil pasajeros, menos del 3 % que el año anterior.

Desde fines de abril, el uso de tapabocas es obligatorio en la ciudad y en la provincia de Buenos Aires, y en otros 13 de los 24 distritos a lo largo y ancho del país, aunque el epicentro de la pandemia se encuentre en el área metropolitana de la capital.

El tapabocas es lo único que las personas tienen en común en las calles, cada una con su versión: la correcta y las otras (nariz al descubierto; barbijo al cuello; mentón al aire). Desde los niños hasta los ancianos; desde los pudientes hasta los recolectores urbanos, que escarban los contenedores de residuos en busca de cartón, plástico o cualquier otro reciclable. Más ropa y restos de comida, en algunos casos.

En los colectivos o autobuses urbanos también se viaja cómodamente en hora pico. El tránsito automotor se mueve un poco más. El silencio enquistado en las avenidas más transitadas de Buenos Aires durante las primeras semanas de aislamiento fue cediendo a medida que se habilitaron nuevas excepciones al confinamiento a principios de mayo.

Se observan largas filas para ingresar a supermercados y farmacias. Otros negocios, que con las nuevas habilitaciones levantaron sus persianas, buscan recuperar la clientela.

El movimiento permanece sólo de día. Al caer la luz, el ritmo de la ciudad se apaga. La noche ya no es vibrante en Buenos Aires. Cierra todo. Los comercios, que sostienen la economía de la clase media, se reinventan o desaparecen.

Sobre la calle Mitre, en Almagro, uno de los principales barrios de la clase media, una florería se reconvirtió en verdulería; una mujer salió a la calle a vender, con éxito, barbijos caseros; los comercios de ropa venden por internet el look “quédate en casa”.

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Este reportaje forma parte del Programa Lupa, liderado por la plataforma digital colaborativa Salud con Lupa, con el apoyo del Centro Internacional para Periodistas (ICFJ).

 

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