“Vengo sin saber si me van a dializar”, pacientes luchan contra la enfermedad y la incertidumbre

Es miércoles y a Mirna Fuentes le toca dializarse. No entra sino a las 11:30 am, pero desde hace dos semanas trata de llegar horas antes por si ocurre algún inconveniente que le impida recibir el tratamiento para su condición de insuficiencia renal. El pasado lunes, 29 de enero, el Centro de diálisis Jayor, donde recibe atención médica, se paralizó por no tener insumos. “No van a poder dializarse porque no hay material”, les dijeron a los pacientes. Ahora teme que la situación se repita.

“Vengo aquí sin saber si me van a dializar”, dice Mirna desde la sala de espera del centro ubicado en una de las transversales de la avenida San Martín, en Caracas, la mañana de este miércoles, 7 de febrero. Una compañera del mismo turno asiente.

Tres días por semana y durante cuatro horas al día, los pacientes con insuficiencia renal necesitan dializarse para limpiar las toxinas que se acumulan en la sangre. Las máquinas de diálisis cumplen la función que normalmente cumpliría el riñón de estas personas si estuvieran sanas.

Sin embargo, la semana pasada la unidad de diálisis Jayor suspendió sus servicios por falta de filtros dializadores para las máquinas, el aparato utilizado para limpiar la sangre y filtrarla. Fue apenas uno de los centros que se vieron paralizados por el déficit del material suministrado por el Instituto Venezolano de los Seguros Sociales (Ivss).
El ministro de Salud y también presidente del Ivss, Luis López, anunció el pasado viernes 2 febrero la llegada de 15.096 filtros dializadores para abastecer todas las unidades de hemodiálisis del país. Sin embargo, lejos de ser una solución permanente, los pacientes ven el anuncio como un “pañito caliente”.

El martes, 6 de febrero, trabajadores del centro Jayor informaron que el centro de salud solo contaba con material hasta este jueves 9 para asegurar sus diálisis a las 480 personas que son atendidas en el sitio.

Los pacientes deben luchar contra la enfermedad y contra la incertidumbre. Un día después de que el ministro anunciara la llegada de los insumos, el sábado, 3 de febrero, murió un compañero de Mirna que se dializaba en su mismo turno y que estaba descompensado.

Durante los primeros cuatro días del mes, medios de comunicación registraron al menos siete decesos de pacientes con insuficiencia renal en los estados Miranda, Lara y Zulia. La muerte del compañero de Mirna es una de las que no ha sido denunciada en los registros de prensa.

“Somos miles de compañeros. A nosotros nos duele cada muerto”, dice Mirna, quien es madre de dos varones, uno de 20 años y otro de 12. El mayor le insiste en donarle su riñón para que no tenga que sufrir en las diálisis, especialmente en medio de la escasez actual. La paciente, de 40 años de edad y que se dializa desde hace casi una década, se rehúsa. “Prefiero seguir así que quitarle su riñón”, asegura.

Menos horas de diálisis

Pastora Garay tiene 80 años y empezó a dializarse en el año 2013. Su hija, Yanett Petit, recuerda que hace cinco años la situación en el servicio era diferente. “Pese a su enfermedad, mi mamá tenía todas sus comodidades. La dializaban y después le daban sus vitaminas, el hierro, el calcio”, recuerda.

Ahora todo es diferente: las pastillas desaparecieron, no hay filtros e, incluso, a veces le piden guantes, gasas y otros insumos básicos para los pacientes que son atendidos en el centro de salud.

Yanett también se lamenta porque ya ni siquiera tiene recursos para darle a su madre una alimentación adecuada. “Antes yo le tenía su dieta. Ahora comemos lo que Dios nos pone en nuestro camino”, cuenta la madre de la paciente que reside en Carapita.

Considera que el recorte del tiempo de las sesiones ha deteriorado aún más la salud de su madre. “A veces ella llega a la casa hinchada o con mareos. Parece como si no la dializaran. Ese tratamiento tiene que durar sus cuatro horas porque si no, entonces no le limpian bien su sangre”, dice.

Al igual que las demás personas que asisten de lunes a sábado para dializarse, Yannett y Pastora no tienen otro centro adónde ir. “Esta es nuestra última opción. Los pacientes se están muriendo de mengua: vienen a buscar vida aquí, pero salen peor”, se lamenta.

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