Un guatireño ayuda a jóvenes refugiados en Suecia a integrarse a través de la música

Ron Davis Álvarez sabe lo que es venir de un entorno difícil. Nacido cerca del barrio El Guarataro en 1986, su abuela quiso llevarse a la familia a otro lado lo más pronto posible. En la zona perdieron a un tío. Nunca lo encontraron, sino que desapareció. Cuando aún era pequeño, se mudaron a Guarenas-Guatire y vivieron arrimados donde unos familiares mientras lograban reunir para comprar una casa propia. En las calurosas tierras mirandinas, Ron Davis Álvarez encontró lo que le cambiaría la vida: la música.

“Yo estudiaba primaria en Guatire, pero vivía en Guarenas. Mi abuela, con ese sueño de que sus nietos estuvieran ocupados en algo, nos metió en beisbol”, recuerda Álvarez. Sin embargo, el deporte nunca fue lo suyo; tampoco la pintura, donde estuvo un tiempo. Fue en la bodega de su abuela, donde iba a ayudar a vender los chupis y los cremositos, donde tuvo su primer contacto con El Sistema.

Cruzando la calle, estaba el núcleo de orquestas Vicente Emilio Sojo. Ahí, cuando era la hora del receso, escuchaba cuando los niños decían que iban a tocar Mozart o Beethoven. “Yo decía ‘berro, eso suena fino’”, confiesa. Desde la casa, con vista a un balcón del núcleo, Álvarez espiaba a un violinista que se ponía a practicar. A partir de ese momento, empezó sus clases.

A los 10 años tomó un violín por primera vez sin saber tocar. “¿Cuándo irá a sonar bien ese violín”, bromeaba su abuela cada vez que escuchaba las prácticas en casa. A los 14, pidió una beca y empezó a trabajar como asistente del profesor. A los 16 tomó una batuta por primera vez. Y a los 18, tras hacer varios seminarios en Caracas, se convirtió en el director del núcleo frente a la casa de su abuela.

“Yo me quitaba el uniforme para que la gente no dijera que el director estaba en el liceo. Me daba pena”, asegura. Una espinita le decía que le gustaba más la docencia y no tanto el violín, pero se lo dirían después sus profesores cuando empezara a estudiar en el Instituto Universitario de Estudios Musicales.

“Mis profesores me decían: ‘Tú eres un docente’. Yo decía que lo que quería estudiar era violín”. Así fue la diatriba hasta que le ofrecieron dar clases sin estar graduado. Ahí se dio cuenta de su vocación docente.

Su primera experiencia vinculada con lo que hace actualmente la tuvo tras las lluvias que azotaron el país en 2010. En ese momento, cuenta que tocó en los refugios y dictó talleres de música. Esa misma experiencia lo haría aventurarse a un proyecto en Groenlandia, para el que fue seleccionado con el fin de dar clases a niños en un orfanato.

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Llegué a un orfanato que quedaba a 700 kilómetros del ártico y para el que tuve que tomar seis aviones un helicóptero y un trineo con 16 perros”, relata. En lo más alto del norte, Álvarez trabajó con 13 músicos con los que no podía comunicarse. Los seis meses que estaba previsto que durara en el sitio terminaron por convertirse en tres años.

Tras regresar a Venezuela, un viaje a Suecia lo haría volverse a ir del país. Después de haber tocado en Francia, Groenlandia, Italia e Inglaterra, dictó clases en Dinamarca. En Suecia sería escogido para dirigir el Side by side, un campamento de verano donde participaron 600 niños de 15 nacionalidades distintas para tocar junto con la sinfónica de Gotemburgo.

“Me volvieron a escoger para dirigir este año (2016). En enero, llegué a Suecia y empecé a estudiar en la universidad de Gotemburgo. También empece a trabajar con El Sistema Suecia”, explica Álvarez. Durante su estadía en Europa, observó que uno de los mayores problemas era la integración de los refugiados en la cultura y en el día a día de los países en donde estaba asentados.

Tocó varias puertas, hasta que una finalmente se abrió. Le dijeron de un lugar en donde podía llevar a cabo el proyecto que tenía en mente y empezó a trabajar. La iniciativa buscaba a ayudar a los jóvenes refugiados a integrarse en su nuevo entorno a través de la música, así conocieran muy poco de la cultura y del lenguaje. Tras varias sesiones de práctica, tocarían junto a la sinfónica de Gotemburgo en lo que denominarían La orquesta de los sueños.

“Llegué a la escuela y había tres traductores, incluyendo una computadora que traducía a persa”, cuenta, “no me afectó tanto porque y había pasado por eso cuando estuve en Groenlandia”. Pidiendo prestado, logró conseguir suficientes instrumentos para el grupo de 13 jóvenes, cuyas edades oscilan entre los 14 y los 17 años.

Provenientes de Siria, Afganistán, Somalia, Rumania y Albania, Álvarez logró conformar la orquesta que siempre soñó, no solo con la sinfónica de Gotemburgo, sino con la participación de los jóvenes del orfanato a los que enseñó en Groenlandia, quienes asistieron en calidad de invitados. El concierto, que tuvo lugar el pasado miércoles, 15 de junio, fue un éxito.

Foto Cortesía Lisa Thanner 1

“La idea es comenzar con la orquesta grande y que se convierta en un ejemplo para los países que están recibiendo refugiados en Europa. No se trata de sonar bien”, agrega.

El sábado, 18 de junio, la orquesta se volvió a presentar, sin los acompañantes de Groenlandia. Sin embargo, Ron asegura que su sueño es que su grupo de alumnos se consolide y que este trabajo se multiplique en toda Suecia.

Todo el mundo quiere separar todo por religión, política o por maneras de pensar, en vez de buscar una manera de integrar”, cuenta, “hay muchos países que atraviesan muchísimos inconvenientes. Así como Venezuela, están los países de Centroamérica o Suecia, que también tienen sus problemas; pero hay que buscar lo que uno pueda hacer para apoyar e integrar. Mi aporte es un canal de servicio y, si se llama El Sistema, en eso voy a a aplicar toda mi energía”.

Este lunes, 20 de junio, se conmemora el día mundial de los refugiados.

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