No hubo paz para Lisbeth Ramírez después de su muerte, ni para sus familiares en San Cristóbal

Lisbeth Andreína Ramírez Mantilla, la menor de cinco hermanos, enfermera de profesión y de padres colombianos, fue la única mujer asesinada en la llamada “Masacre de El Junquito“, donde murió junto a Óscar Pérez y su grupo. Durante cinco días, el dolor y la incertidumbre acompañó a sus familiares, mientras esperaban por recibir los restos mortales de la joven estudiante de odontología.

Desde cuándo hasta cómo darle el último adiós fue por orden del Gobierno. No solo pudieron ser violados los derechos humanos de esta tachirense en vida, sino también los de sus parientes, al impedirles realizar un funeral en la privacidad de seno familiar y bajo el rito cristiano evangélico de la religión que profesan. “¿Por qué tanta maldad hacia una joven inocente?”, se preguntaba una de sus dolientes mientras aguardaban por el cuerpo.

Más de ocho horas en medio de un gran dolor y una incesante zozobra vivieron sus deudos y amigos para finalmente dar sepultura a Lisbeth Andreína, de 29 años de edad, fallecida el pasado 15 de enero durante un operativo militar y policial denominado “Operación Gedeón“, en el cual también resultaron muertos Abraham Agostini Agostini (36), José Alejandro Díaz Pimentel, Daniel Soto Torres (30), Abraham Lugo Ramos (30) y  el novio de la estudiante universitaria, Jairo Lugo Ramos.

Pasadas las 7:30 de la noche de este sábado se desconocía el lugar donde serían llevados los restos de la joven, pese a que desde las 2:00 pm los familiares aguardaban en el Jardín Metropolitano El Mirador, cementerio ubicado a las afueras de San Cristóbal, pues les habían avisado por teléfono que el féretro sería trasladado en un vuelo militar desde Caracas hasta la capital de la entidad andina, bajo condiciones gubernamentales.

Los dos hermanos que acompañaban el cuerpo de Lisbeth Ramírez estuvieron incomunicados desde poco antes de despegar en el avión, ya que sus teléfonos fueron confiscados por los funcionarios que escoltaban la urna y así fue hasta que arribaron a su destino. No obstante, el rumor de que no llegarían a El Mirador comenzó a escucharse entre los que esperaban en el camposanto.

Varios motorizados esperaron en dos puntos estratégicos de las vías principales que comunican a San Cristóbal con el Jardín Metropolitano y el Parque Cementerio de La Consolación, ubicado en el municipio Guásimos, para tener certeza de cuál sería el lugar adonde los efectivos militares y de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) que escoltaban el féretro lo llevarían.

Una vez identificada la dirección del cementerio donde se dirigían los policías nacionales que escoltaban el cuerpo, se avisó a los familiares. Entonces, ya caída la noche, decenas de vehículos en medio de la oscuridad arrancaron en una caravana apresurada desde El Mirador hacia el lugar que el Gobierno dispuso para la inhumación.

Aunque a más de la mitad de la caravana de vehículos le negaron inicialmente el acceso al camposanto, los acompañantes exigieron por varios minutos que les abrieran el portón principal, hasta que lograron entrar.

Todos corrieron hacia la capilla donde fue colocado el ataúd marrón, con el cadáver de Lisbeth Andreína dentro de una bolsa gris que solo permitía ver la mitad de su rostro y sobre su pecho llevaba una cruz de madera. Una bandera de Venezuela y un ramo de girasoles fueron colocados sobre la urna y a la derecha, en la parte inferior, colgaba una etiqueta de la morgue de Bello Monte con los datos de identificación de la joven.

El momento más impactante fue cuando los padres vieron el cuerpo. La madre de la enfermera casi se desvanece en medio de un desgarrador llanto, mientras el padre continuaba en estado de shock, como a la espera de despertar de la peor pesadilla de su vida.

Con cantos cristianoevangélicos y el fondo de un violín que ejecutaba una prima de la joven asesinada, los familiares permitieron a todos los presentes acercarse al féretro para darle un último adiós. Un pastor de la iglesia evangélica citó un pasaje de la Biblia para pedir por el descanso de la joven.

Justo a las 9:00 pm, mientras los asistentes entonaban las notas del himno nacional, fue llevado el ataúd por un camino oscuro, y con algunos charcos de lodo, hasta el sector más lejano del cementerio. Solo las luces frontales de la carroza fúnebre y algunos celulares alumbraban el sendero, mientras al fondo se apreciaba la capital tachirense iluminada.

Leidy Ramírez, una de sus hermanas y quien recientemente sufrió un accidente en la Autopista Regional del Centro (ARC) cuando fue a buscar el cuerpo de Lisbeth en Caracas, levantó la mirada del féretro y mientras sostenía su brazo enyesado, dijo: “Cada vez que vea la luna y el cielo estrellado la voy a recordar”.

Entretanto, su padre, Ángel Ramírez, quien se mantuvo distante de la multitud, en medio de su dolor preguntó en voz alta “Por qué le dieron un disparo en su carita?”.

Los sepultureros aseguraron que era primera vez que realizaban un entierro en horario nocturno. Aunque suene intimidante estar en un cementerio a las 9:30 de la noche, fue tan trágica la circunstancia y tan grande la indignación que los asistentes hasta el miedo lo perdieron.

Por otra parte, el diputado a la AN Franklyn Duarte, miembro de la comisión que investiga los sucesos del pasado 15 de enero en El Junquito, manifestó que “el Gobierno será responsable directo de lo que suceda a cualquiera de los familiares de los héroes asesinados o lo que nos pase a nosotros mismos como diputados integrantes de la comisión especial y a nuestras familias”.

La penumbra reinó dentro y fuera del camposanto en el oscuro semblante que la tristeza dibujó en cada uno de los dolientes de Lisbeth Andreína Ramírez Mantilla, quienes pese al entierro forzado no cesarán en su reclamo a la justicia divina, pero también a la de los hombres, por una muerte que les resulta imposible de aceptar al pensar que fue a manos de funcionarios, cuyo deber principal debió ser respetar su vida.

Lisbeth Ramírez Mantilla, la enfermera que murió junto a Óscar Pérez en El Junquito

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