Ni una prueba encontraron en contra del actor Armando Cabrera

Luego de permanecer más de 50 días detenido por presuntamente haber asesinado a una transexual, el actor Armando Cabrera, de 63 años de edad, fue liberado. Pese a que la fiscal de la Sala de Flagrancia del Área Metropolitana de Caracas (AMC), Nereyda Correa, imputó al hombre por haber cometido el delito en mayo de este año, las investigaciones no arrojaron ninguna prueba que determinara su culpabilidad.

El pasado 19 de mayo, el Ministerio Público informó que Cabrera fue detenido por el supuesto asesinato de Keiduin Alexander Suárez, una transexual de 27 años. Suárez murió la noche del 14 de mayo en El Rosal, municipio Chacao, luego de que presuntamente se produjera una discusión entre ambos.

La Fiscalía detalló en el momento de la reclusión del actor que Suárez fue auxiliado por unos conocidos y posteriormente trasladado al Hospital Domingo Luciani, en El Llanito, donde falleció al día siguiente.

El organismo también precisó que, tras evaluar “los elementos de convicción expuestos por la fiscal del caso, el Tribunal 49º de Control del AMC dictó la medida privativa de libertad para Cabrera, a quien le fijó como sitio de reclusión el Internado Judicial de El Rodeo III”.

El escritor Leonardo Padrón se solidarizó con el actor vía Twitter, luego de que fuese informada su liberación el día de ayer, lunes 4 de julio.

Igualmente lo hizo el director Michel Hausman que desde el principio defendió la inocencia de Cabrera. Luego de conocerse la decisión de la juez, publicó esta carta:

Después de cincuenta días de un infernal encarcelamiento (todos conocemos las condiciones del sistema judiciario y penal venezolano), durante el cual compartió una celda de 1 x 5 metros con aproximadamente otros diez detenidos, recibiendo apenas quince minutos de visitas a la semana, finalmente ayer lunes 4 de julio, Armando Cabrera respiró nuevamente la brisa de la libertad a la que está acostumbrado.

Era de esperarse: Armando Cabrera es inocente. Las investigaciones no dieron con una sola prueba que pudiese vincular a Armando con el horrendo crimen del que arbitrariamente se le acusó. De hecho, muy por el contrario, todo el proceso sólo logró afirmar su absoluta inocencia.

En realidad, esto no debería sorprendernos. Es decir, ni el hecho de que Armando sea inocente, ni el hecho de que en Venezuela encarcelen a alguien por un crimen que no cometió. Tristemente, hemos visto cualquier cantidad de pruebas de casos similares en los últimos años, como también hemos visto un carnaval de criminales no ser llevados a juicio sino, más bien, ser recompensados. En Venezuela la justicia es así: arbitraria, a conveniencia, un día no y otro tampoco.

Pero lo que sí sorprendió, decepcionó e hirió fue el comportamiento de los medios de comunicación, otrora paladines de la investigación y vanguardia de cierta idea de justicia. No sólo decepciona su conducta de simples redactores de titulares caza-clics, manchando el nombre de Armando, mi amigo, sino porque durante los últimos dieciocho años hemos defendido, a capa y espada, precisamente a estos mismos medios, a sus periodistas, a su personal de planta, en contra de las pretensiones hegemónicas del aparato comunicacional estatal. Mientras más el gobierno intentaba callarlos, más los hemos defendido, confiando en ellos, en su misión, en su razón de ser.

A voz unánime, los medios de comunicación, especialmente los reporteros de la fuente de sucesos, sentenciaron a Armando Cabrera, sin haber hecho siquiera la más mínima de las investigaciones. Lo que se espera, digamos, de un periodista: reunir hechos, contrastar fuentes, entrevistar implicados. Nada de eso. Un par de titulares bochornosos, sentenciando a Armando, aderezados con un morbo innecesario y dosis gratuitas de ensañamiento y alevosía. Pocos, acaso un solo periodista (Delvis Ramirez Miranda) , investigó el caso a profundidad.

Espero que esta experiencia sirva para la reflexión. Para cambiar algo. Para al menos señalar otro rumbo. Para pensárselo dos veces antes de redactar un titular escandaloso. Nosotros, en el teatro, lo único que tenemos es nuestra credibilidad ante el público. El público cree las historias que contamos, los personajes que creamos, la obra que escribimos, el drama que representamos, la risa que ofrecemos. Ustedes, señores periodistas, son juzgados con la misma vara: sus lectores, como nuestros espectadores, deben creerles. Sin embargo, debo admitir que nuestro trabajo es menos riesgoso que el de ustedes: cuando nuestro trabajo en el teatro es mediocre, simplemente perdemos nuestro público; cuando el suyo lo es, arruinan vidas.

Foto de Michel Hausmann.
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