“Los abuelos nos dicen que quedan con hambre”, hablan desde los ancianatos

Las dietas balanceadas dejaron de estar presentes en las mesas del país. La escasez y el desabastecimiento golpean supermercados, colegios y ancianatos por igual. Tan vulnerables como la población infantil, las personas de la tercera edad también han visto mermadas las cantidades y las proteínas de sus platos.

Para las casas hogares y geriátricos se ha convertido en una odisea mantener un menú que se adecúe a las necesidades de los abuelos. Entre donaciones, colaboraciones de familiares y comprando en donde se consiga y un poquito más caro, se las han arreglado para continuar prestando el servicio. Otros no han tenido la suerte de sobrevivir.

“Antes, los ancianos estaban bien alimentados y tenían una dieta balanceada. Ahora no hay dónde comprar“, aseguró hermana Cointa Medina, quien está al frente del Asilo La Providencia, en la avenida San Martín. En el lugar, que da resguardo a 68 abuelos, se come lo que se consigue: tanto personas de la tercera edad como los trabajadores han llegado a comer arroz sin nada debido al desabastecimiento y la inflación.

Las donaciones han bajado más de 90%, según dijo la hermana. “Ese timbre no dejaba de sonar antes, tocaban todo el día para traer comida y ropa“, indicó una voluntaria. Hoy, con los altos precios, las obras de los buenos samaritanos han disminuido. Pidiendo a conocidos, con cadenas de Whatsapp y por las redes sociales es que se “bandean” un poco por aquí y por allá.

Desde hace un año no se sirve leche en el asilo”, añadió la hermana, “estamos comiendo es pura crema de arroz“. La comida también se rinde al máximo. Si se prepara carne, se trata de hacer mechada para que alcance para más. La avena para la cena, la gelatina de postre o el cafecito de la tarde quedaron extintos en las bandejas que se sirven ahora.

La dura realidad sigue siendo difícil de afrontar para los ancianos, a pesar de los esfuerzos de los trabajadores. “Los abuelos nos dicen que quedan con hambre. Les cuesta mucho aceptar la escasez. Quieren su cafecito y su avena, como se les daba antes”, expresó la hermana Cointa.

Los geriátricos privados no se salvan tampoco. Pese a que no tienen que buscar recursos ni resolver con donaciones, también pasan las de Caín para poder alimentar a los abuelos. “Ahora, cuando piden una mantequilla o una salsita, les tenemos que decir que no hay”, comentó la encargada de Casa Hogar Cocoon, ubicada en La Trinidad.

Aunque con la mensualidad del geriátrico se compran los alimentos, los abuelos comen lo que la gente dona o lo que los trabajadores les puedan conseguir. Los jugos de frutas se han podido mantener en el menú, pero los postres desaparecieron para poder ahorrar un poquito más y comprar carnes o arroz.

En la Mansión Sagrado Corazón de Jesús, un asilo solo para damas ubicado en La Castellana, no hay cupos. La crisis alimentaria es la principal razón: una abuela más podría cambiar el ajustado presupuesto para la comida. Aunque el geriátrico es privado, se les pide también a los familiares que colaboren para aliviar el problema alimentario.

“Yo voy a cumplir 10 meses ahí y, cuando yo llegué, daban desayunos y almuerzos. Ahora nada más dan la comida del mediodía“, contó una señora que vive en el asilo y que prefirió no revelar su identidad.

Algunos suben las cuentas para poder hacer frente a la crítica situación. Una habitación en un geriátrico ronda los 100 mil bolívares mensualmente; contar con un cuarto para una sola persona podría ascender ese precio a más de 150 mil, dependiendo de la zona en donde se encuentre el sitio y los servicios médicos que presta.

Sin embargo, otros no han logrado sobrevivir ni con donaciones ni con ayudas. La Casa Hogar Santa Clara, en Los Caobos, ya tiene más de un año y medio de cerrada. Incluso en aquel momento, ya se hacía insostenible para el padre que mantenía el sitio. Los 30 abuelitos que vivían en el asilo tuvieron que mudarse a otro geriátrico.

Era un lugar para personas con escasos recursos y sus familiares tenían que dar alguna colaboración“, explicó Carmen, quien solía atender a los ancianos en la Casa Hogar Santa Clara. En aquel entonces, recordó, los sueldos de los empleados oscilaban los 3 mil bolívares y pagar los servicios del recinto se hacía muy costoso. No obstante, Carmen precisó que la comida era la que se llevaba todos los gastos y el principal motivo por el que tuvieron que cerrar.

Con mensualidades de miles de bolívares o con el servicio gratuito, a los familiares se les dificulta prestar colaboración con la situación actual. En el Asilo La Providencia, en la avenida San Martín, la hermana Cointa recordó que el pasado martes tuvo que abrir un cupo más, a pesar de que la cosa está “apretada” con la comida. “Ayer recibí a un abuelo de 78 años porque estaba en la calle. La mayoría de los que están aquí no están pensionados ni tienen recursos“, dijo.

El martes, indicó la hermana Cointa, revisó la nevera del asilo y vio que ya no quedaba comida suficiente para todos los que hacen vida en el lugar. El temor de no poder proveer a quienes sirve se ha convertido en una constante en los últimos años y ha incrementado desde hace un par de meses. “El miedo nos está agobiando“, aseguró.

No obstante, agregó que a pesar de todo, seguirá buscando un poquito de comida entre conocidos y reenviando cadenas de Whatsapp a venezolanos en el país y afuera para seguir sensibilizando a la gente. Hasta ahora, aseguró, Dios no la ha abandonado. “Lo que nos mueve es la pasión por hacer el bien. Nuestra vida tiene que ser un testimonio que diga que no nos detuvimos ante las dificultades”, dijo.

Una vejez sin buena alimentación

Hace más de un año, la nutrióloga Maribel Petrola recordó que al visitar un asilo en Naguanagua, estado Carabobo, vio cómo los abuelos recibían grandes cantidades de comida. Las porciones servidas no eran necesariamente nutritivas, sino que, frente a la escasez, los trabajadores optaban por servir más de un alimento para compensar la falta de otro.

En muchos de estos sitios no tienen expertos en el área“, advirtió la especialista, “las dietas no están completas con frutas, vegetales, vitaminas y minerales. Les dan más carbohidratos que cualquier proteína, como papilla, avena y cremas de arroz. Carecen de buenas proteínas en sus dietas”.

Petrola sugirió proteínas como el pescado. Sin embargo, indicó que el costo de este rubro ha incrementado y que las carnes más económicas, como el lagarto, son las más duras para masticar. Añadió que el huevo y los granos también son buenas fuentes de proteína, pero igualmente sus costos son altos.

Anteriormente, agregó la especialista, se podía darles a los abuelos vegetales o sopa y complementar esas comidas con un suplemento, como el Enterex o el Proteinex. No obstante, ahora es casi imposible debido a que estos productos desaparecieron del mercado.

La escasez y el desabastecimiento han limitado las posibilidades de alimentarse balanceadamente. La nutrióloga también precisó que la falta de variedad ha comprometido la dieta del venezolano, incluso cuando se busca resolver con otro producto que no escasee tanto.

“En Venezuela no estamos aplicando la sustitución alimentaria, que ocurre cuando no es época de algún alimento y se suplanta con otro. Sino que se está sustituyendo con comida que no es igual y no aporta la misma cantidad de nutrientes“, puntualizó.

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