Gerry Weil, un negro con sustancia al ritmo de las letras de Cristina Raffalli

Suenan los recuerdos de Weil en el libro de Cristina Rafalli. En una entrevista antes de viajar a Caracas desde París, nos cuenta que hay una melodía de Gerry que le produce la calma de quien está fuera de casa, es Vytas, esa pieza que habla de «aquella Venezuela donde muchas cosas eran «posibles».

El escritor Oscar Marcano, la productora Guataca y la Fundación de la Cultura Urbana hicieron posible esta publicación.

Cuando Cristina navegaba su primera veintena de existencia se fue a Argentina al famoso concierto de Anmistía Internacional. Un 15 de octubre de 1988 en River, Sting, Peter Gabriel, Bruce Springsteen, Tracy Chapman, Youssou N  ́Dour, Charly García y León Gieco se sumaron al lema “¡Derechos Humanos Ya!” y Cristina no se lo peló.

Melómana de nacimiento, trabajaba como pasante de las páginas de sociales de El Nacional y como colaboradora de la revista dominical Feriado.

Los cinco Rafalli siempre fueron una familia armónica, todo en ellos es música, en sus vidas es núcleo, late a través de sus palabras y con buena percusión.

Nunca pensó que Diego (su único hijo) sería músico, pero de cierta manera estaba ahí, sin ejecutar. A pesar de evitar esas «acciones invasivas como poner música directo al vientre», Raffalli prefería el silencio y la calma de su cuerpo. El día del alumbramiento optó por escuchar Poles Apart de Pink Floyd. No es de extrañar que su hijo tenga como su recuerdo más lejano saltar en la cama con sus primas cantando Light my fire de The Doors.

De chamo quería ser actor, pero él mismo cambió y a los 7 años la música se colaba en su ADN cuando Cristina le consiguió clases con Ailan Blanco, quien tiene una escuela de música en Guarenas. Así despertó el amor por el jazz a los 9 años. En tan sólo tres, a los 12, estaba seguro de su camino: la música.

Su madre se ha dedicado a brindarle todas las herramientas para que Diego no pierda su norte, por todo aquello que rodea una carrera tan compleja como la música.

Pentagrama de un libro

Gerry Weil
Foto: Registro Nacional Voz de los Creadores

“La música es pasión, ¿la pasión se vence, se agota?”, le pregunto a Cristina y ella se sorprende, acto seguido sentencia: “Tu pasión también es tu seguridad, saber que puedes ganar bien tu vida, que tienes tus necesidades cubiertas, que no te expones en situaciones de emergencia. Eso es lo que quiero para Diego, eso garantiza que la pasión se mantenga intacta”.

Estamos celebrando el nacimiento de un libro, ¿es como un hijo? Este libro es el nacimiento de la relación de Gerry Weil con Diego. Tú como escritora…

Andre, por favor —interrumpe con voz dulce—,  escritora es Virginia Wolf, es Toni Morrinson, Margarite Yourcenear. Cuando me piden llenar la planilla de migración, en la entrada de un país, y me piden profesión, escribo simplemente «periodista».

A los 16 años Diego es aceptado como alumno del Maestro Weil. Para Cristina lo más esperado era ver la mirada deslumbrada del chamo antes y después de salir de las clases. Una tarde caraqueña, de esas cálidas que tanto se añora en el extranjero, un tronco de apagón (año 2011) impulsan a Diego y a Cristina a caminar desde Los Palos Grandes hasta Sabana Grande donde Gerry tiene su estudio. Eso abarca una hora de ida y otra de vuelta, pero nada los detenía. Diego no paró de hablar de la clase anterior de ida, aplomado con todo lo que había aprehendido después de hacer sus tareas de una semana, y de lo que venía de descubrir al regreso. Todo eso que no había sido convertido en idea razonada, como revelaciones de un mundo que sospechas que existe y no sabes. Como puede pasar, recuerda Cristina y los ojos del hijo se asoman en su mirada: «Algo parecido a la sonda  espacial Juno que esta pasando ahorita mismo por Júpiter, ¿sabes? Bueno, cuando llegue Juno ya nos contará a los mortales de qué se trata, qué descubrieron en ese universo. Así salía Diego de las clases con Gerry».

Pero en esos 18 meses de trabajo que implicaron las entrevistas del libro, la escritora contactó a uno a los estudiantes que viven casi tan lejos como el planeta Júpiter. El celebrado músico venezolano radicado en Nueva York, Luis Perdomo antes de la Escuela de Manhathan y sus Masters en el Queens College con el legendario Sr. Roland Hanna, fue pupilo de Weill, y en el libro está ese testimonio; tal vez uno de los más vigorizantes para cualquiera que tenga la música sonando en su cuerpo y escribiendo entre sueños.

Hablemos de música. ¿La música sana? Cristina cree que sí puede sanar. Pero al preguntarle si puede ejercer cambios en una sociedad, reacciona con esa fuerza que tiene la reflexión de larga data:

«Yo no creo que se le deba pedir eso ni a la música ni a ningún arte. Las experiencias que hemos tenido en Latinoamérica con este tipo de propuestas son horribles. Lo que llaman la música comprometida tiene fecha de vencimiento. Lo que sí creo es que la música te puede hermanar sin que ésta sea su intención. Todos los que hemos estado en conciertos sentimos una emoción tan profunda que nos sentimos capaces de acercarnos mejor al otro. Tenemos una mejor disposición».

Entonces ¿si puede influir en el comportamiento de una sociedad?

Cristina añade : «Puede ser, pero como una carambola, como una consecuencia de su propia sensibilidad, no como algo premeditado o planificado. No sólo la música, pasa en el cine, la pintura… puede pasar por la escritura, aunque uno no lee en grupo, puedes compartir una obra de teatro, un concierto, normalmente la lectura es una experiencia individual».

Una vez que el maestro Weil acepta el proyecto, comienzan los encuentros, en qué momento se convierte en algo que va más allá del libro, en una amistad.

«La primera sesión con él fue inolvidable. Él me pidió esa cita para hacer precisiones sobre el proyecto. Dejó dos puntos innegociables: ciertos aspectos de su vida quedarán en privado, no iba a hablar mal de los otros, no se sentía con ese derecho». Tal es la estructura mental de un compositor como él, que tiene un pensamiento sumamente eficaz, y a su vez es muy amplio, puesto que es un gran improvisador. Se siente igualmente cómodo en el registro de la espontaneidad. Respeta ideas, tiempos, recursos del otro. Eso es un maestro, un hombre que no se impone y menos en estilos musicales, reggetoneros y sinfónicos son igualmente bienvenidos. Gerry enseña ética, más allá de escribir y leer música, componer y armonía, es un maestro del arte.  Humildad y disciplina, por ello pasa de ser profesor a Maestro.

Cuando llegó a una nueva mayoría de edad (80 años), nuestro maestro en gastronomía Armando Scannone, pidió comer perro caliente en la calle. Él no se cansa de probar sabores, ¿podemos decir esto del maestro Weil en la música?

«(Risas) Gerry oye de todo, pero con criterio. Hay cineastas que no son cinéfilos, músicos que no son melómanos, escritores que no gustan de la lectura, en fin eso existe, así a mí me impresione. En su caso, tan sólo la biblioteca musical es inmensa, en categorías, en gustos, en diversidad. Cuando joven se le pegaba de groupie en Viena a los «Austrians jazz all stars», luego también hay que tomar en cuenta que le llega de todo a través de sus estudiantes.

 ¿Quién ha visto negro como jou?

Cristina asume que hay distintos amores, distintos arraigos, uno nació en Venezuela y por ello la ama profundamente. Pero Gerry la elige y elige ser negro. Es el hombre mas jóven que conozco a sus 75 años. El decidió verse y crecer en Venezuela. Dar lo mejor de si en este país, esa dialéctica perfecta. Él viene de la posguerra de un país gris y desvastado. En 1939 nace y 17 años después, justo cuando comenzaba la democracia, pisa tierra venezolana. Los primeros colores que ve son cayenas, mar, cocos y negros, fue la embriaguez total. Ya en el barco sentenció: Yo aquí me quedo. Le costó años entender los ritmos de la costa venezolana, integrarse a ellos o bien integrarlos a su música.

¿En una suerte de paleta de sabores dulce, amargo, ácido, picante, ¿cuál es el maestro Weil?

Él fue una degustación de 18 meses. Es una gastronomía monumental, que te cae encima y te aturde de tantos aromas, con picos de sabores, de texturas, es una mesa de lujo de la India, donde hay de todo, colorida y bien estudiada, con vocación a compartir con mucha gente. Cosas infinitamente cómicas, desenfadadas, un primero de enero se paró y me dijo «Estoy muy preocupado, en lo que va de año no he escrito nada». Yo creo que en el libro esto se siente, por lo menos así lo espero. No es el mismo tono cuando te habla del karate y el Japón a cuando te habla de dar clases a los presos en el Retén de la Cárcel Modelo, o su vida en Mérida en Paramitos de Jají, siete años sin luz eléctrica, es indudablemente otro cuando hizo jazz electrónico, todo lo hace a fondo, todo lo lleva al límite, también el surf lo vive a fondo, terminó siendo líder de sky surf.

Es verano, y París nos acecha con ese calor europeo, cualquier bebida que se pide (al ser del Caribe) se le agrega hielo. Eso para los franceses es complejo, pero en verano pasa. Ese frío me lleva a otro contexto ¿Gerry es un venezolano que trae consigo la valentía del arraigo o del desarraigo?

A Cristina también le toca beber casi a fondo el vaso. Gerry es como decía Goethe, RAICES CON ALAS, raíces vienesas manifiestas en esas melodías maravillosas (tararea Caballito Frenao y los ojos de su hijo aparecen de nuevo sobre la tabla) y esas alas que le dio el trópico, son todo ritmo, locura y percusión.

¿Es que en estos tiempos complejos en Venezuela, él te contó de sentirse excluido o mal visto por su acento?

Que yo sepa nunca le ha pasado. Porque se mueve entre sus playas sagradas de cada fin de semana y de cada concierto, es su ritual. En su entorno comparte con la misma gente, que lo conoce, que lo quiere, sus músicos y sus alumnos. Si no está en Sabana Grande donde sale a comer o hacer alguna diligencia, se siente amado, se lo ha ganado.

Fui a muchísimos concierto de Gerry con Nené Quintero y Gonzalo Teppa, en Big Band, solo, con sus estudiantes, Navi Jazz que el cambia el formato todo el tiempo. Pero si me marcó uno que repetiría con gusto, junto a Gregorio Montiel Cupello en la VII Edición del Ciclo de Jazz (junio 2011), donde invitó al músico francés Yvan Robillard. Tocaron improvisando, eran dos pianos dialogando, lanzaron la clave en la que compusieron en el mismo instante en el que ocurría. Si improvisar en la vida es complejo, no me imagino lo que es hacerlo sobre un escenario. Produjeron belleza. Fueron dos patrimonios universales regalándonos ese momento.

Puedes contarme un momento en la vida de Gerry, en el que el dolor se siente por encima de tanta fortaleza.

Si, cuando me contaba de sus alumnos, cuando creían que ya lo sabían todo, esa angustía cuando el ego acaba con todo. Le conmovía enormemente. Y cuando siente que se agotan las fórmulas, se acabó la salsa, se acabó el jazz instrumental, se acabó la fusión, esas rupturas implican un nuevo esfuerzo, de conciencia y de arte. Por supuesto cuando estuvo enfermo, se batió contra una enfermedad, se curó solo con terapia después de dos años sin poder mover ni los brazos ni las piernas, era el síndrome de Guillain-Barré. Es un gran luchador, ha tenido cirugías por problemas traumatológicos y está fino, se quitó unos kilos que le fastidiaban, nadó mucho y se renovó. Ni la enfermedad ni el envejecimiento lo detienden pues su actitud es la de un guerrero. Es la persona más joven que yo conozco.

Ustedes hablaron de la muerte, del silencio, como concepto, el silencio como consecuencia, como parte fundamental de la música.

Ciertamente lo conversamos, te digo que veo llegar a Gerry a los 100 años escuchando música nueva, reestructurando pensamiento, y va a querer saber de todo. Él por supuesto lo cuenta en el libro, el silencio tiene su espacio en la música como el blanco en las artes visuales, como la inmovilidad tiene espacio en la danza. Él lo respeta como parte de una composición, o incluso de una relación.

Sobre su historia espiritual. Puedes contarme como lo vive.

Su religión es la música. Cuando estuvo enfermo aprovechó para leer mucha literatura espiritual clave, de la India, que nunca más abandonó. Miguel Angel Bosch (Serenata Guayanesa) me dijo un día ¿tú sabes que nos dió Dios a todos por igual? 24 horas. Y Gerry las ha usado, esas horas de cada día de su vida en algo hermoso, en cultivarse a sí mismo, en enseñar a otros.

Un amigo, un amor al cual Gerry quisiera componerle algo como movimiento telúrico en el espíritu?

Él ha ido buscando siempre desafíos; ahora mismo esta cantando, en más de 50 años de carrera nunca había cantado y ahora sí. Él es de esas personas que tienen una fuerza vinculando con lo nuevo, con lo explorado, eso que le falta por investigar o probar.  Creo que el proceso de creación de sus temas dedicados se hacen a través de la propia música.

¿Crees que hay un final musical para Gerry Weil, como una firma en un cuadro cuando se termina?

Creo que puede ser solo respondida por un músico, a mí lo que me entrega enseguida el perfume de la música de Gerry es orgánicamente lo que él ha hecho de lo venezolano con el jazz. Para mí, esa fusión es magistral y lo que me permite decir esto es Gerry, Caballito frenao, Raíces, el viejo Puente de la Pastora, nos muestran esa fusión perfecta.

Nadie puede ser la misma persona después de haber compartido la vida de él durante tanto tiempo. Sus risas, sus historias. Yo no puedo ver la vida igual. Creo que él no puede tener idea de la profundidad de ese hecho. A veces me sorprendo preguntándome al sentir dudas de algo en mi vida, «¿Que diría Gerry de esto?».

Gerry nació dos veces y las dos en agosto, una en Viena y otra en Vargas cuando llegó en 1957 a la costa; con tanta vida, cómo no va a ser un negro con sustancia.

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