Entre la escasez y la crisis pasan el Día del Padre los abuelos de un ancianato en Caracas

Unos cuarenta adultos mayores, que entre todos suman más años que el cristianismo, conviven en una casa de acogida tan vetusta como ellos mismos y en la que viven -pero no celebran- el Día del Padre, que se conmemora en Venezuela cada tercer domingo de junio.

Ubicado en la populosa barriada de San Martín, en el oeste de Caracas, el asilo La Providencia es ahora el hogar de estos 40 pensionistas que ven pasar sus días de retiro bajo una monotonía especialmente ingrata con ellos, que incluye la soledad y la severidad de la crisis económica nacional.

 

La escasez de alimentos y medicinas, la hiperinflación y el éxodo de venezolanos en medio de la crisis son problemas que entraron por la puerta de este ancianato, el primero de Venezuela, y han disminuido la calidad de vida del grupo de huéspedes que, como reflejo del país, afecta a unos más que a otros.

A juicio del señor Julio Salas, un otrora administrador de 94 años, la atención dentro de La Providencia ha desmejorado, principalmente debido a la merma de donativos de empresas que con sus aportes en el pasado mantuvieron el lugar “como una tacita de oro”.

El nonagenario nacido en el estado Táchira en 1924 dijo a EFE con un perfecto dominio cronológico que se jubiló del Ministerio de Agricultura el 31 de diciembre de 1983 e ingresó al ancianato por voluntad propia el 7 de enero del año 2000, con la certeza de que había escogido el sitio ideal para su retiro.

Sin embargo, Salas se lamentó por las condiciones a las que están sometidos en la actualidad y culpó directamente al Gobierno chavista que se instauró en 1999 por la crisis nacional pues, argumentó, “contaron con la mayor renta petrolera de la historia y no convirtieron a Venezuela en una tacita de oro”.

Este sobreviviente de las dictaduras del siglo pasado recuerda la de Marcos Pérez Jiménez (1952-1958) como “la mejor” que ha tenido Venezuela, y se dice sin expectativas de que sus hijos o nietos le visiten el Día del Padre pues, asegura, la fecha pasa cada añosin pena ni gloria” a lo interno de La Providencia.

Con un punto de vista similar, el señor José Yriarte (76) recibe hoy su primer Día del Padre en la casa de acogida, un sitio que definió como “buenísimo” y al que vino a parar tras jubilarse como instructor de golf en el acomodado “Country Club de Caracas.

El septuagenario nacido en el estado Vargas (litoral central) dijo a EFE que llegó al ancianato hace nueve meses -luego de que la empresa en la que trabajó se comprometiera a pagar la simbólica mensualidad de tres dólares– y desde entonces han muerto seis de sus compañeros.

A pasos lentos que apoya en un bastón, Yriarte se considera afortunado de estar en La Providencia pues “no tenía casa“, pero no deja de lamentarse por la escasez de fármacos y la frecuente alza de precios, razones por las que lleva meses sin comprar el tratamiento para la tiroides que le fue indicado años atrás.

También con 76 años, el señor Pedro Luzón sufre en la actualidad la falta de medicamentos dentro del asilo, su hogar desde hace nueve años.

Este hombre nacido en el estado Anzoátegui, que se jubiló en 1992 tras bregar durante 28 años en la Universidad Central de Venezuela (UCV), no puede comprar desde hace seis años las pastillas para la próstata que empezó a tomar en 2007 por indicación médica.

A diferencia de la gran mayoría de internos, Luzón no tuvo hijos ni se casó pero, comenta orgulloso, tiene “sobrinos para regalar” que están hoy desperdigados entre España, México, Perú y Ecuador; a donde se fueron “todos” huyendo de la austeridad venezolana y en búsqueda de mejores oportunidades económicas.

Así como Julio, José y Pedro el resto de huéspedes reciben las atenciones de las Hermanitas de los Pobres, una congregación tan antigua como el ancianato conformada por religiosas que, muy a pesar de la crisis, mantienen a los internos alimentados, aseados y con un apego irrenunciable a la dignidad.

Mientras el monstruo de la crisis ruge con más fuerza en las calles, los “muchachos” de La Providencia intentan cada día sentir que salvaron la jornada con alguna sonrisa o un baile y, en ocasiones, lo consiguen.

Héctor Pereira/EFE

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