En la angustiosa espera de Irma (I)

Día 1, jueves 7 de septiembre:

Frosino no tiene miedo. Ni la categoría 5, ni la velocidad de los vientos, ni las descripciones hiperbólicas de Z lo disuaden de abandonar su casa en Weston, al sur de Florida. Es dominicano y asegura que creció con huracanes. Los respeta, pero no les teme.

“El cielo está azul, hermoso, sales y te preguntas dónde está el huracán. Escuchas la lluvia y sabes que llegó. Un primer remezón, fuerte. Gotas tormentosas y empecinadas. Luego de algunos minutos, un silencio total. No se escucha nada. Está todo tan inmóvil, que sabes que algo no está bien. Entonces, es justo en ese momento es que te está pasando el ojo por encima. No se oyen pájaros ni se ven patos. Después de eso, prepárate, porque ahí sí sientes la fuerza del huracán. Tiemblan las ventanas y las láminas de metal con las que las proteges. Mientras mayor sea la velocidad del huracán, es mejor; porque más rápido pasa”, dice el isleño frente a un grupo de recién llegados a esto de los vendavales.

“Claro, eso fue lo que pasó en Houston. Que Harvey iba muy lento”, dice Valerie, otra experimentada; nacida y crecida en Florida. Con propiedad describe cómo las casas de la urbanización en la que viven están construidas con cemento y cómo la municipalidad ya bajó el nivel de todos los lagos y vació las represas. La prevención es una religión en este estado. Y  se puede constatar online.

“Compañero, yo le tengo mucho más miedo a un terremoto”, continúa Frosino. Eso también lo vivió, pero es tan impredecible y repentino que no te permite planificar. En Florida, sobra el tiempo para eso. De hecho, es tanta la antelación y tantas las medidas de protección que eternizan la espera de este fenómeno natural, el cual ha sido catalogado como “monstruoso”. Es el primer huracán en la historia de Estados Unidos que permanece tanto tiempo en categoría 5 y sin amainar.

En Home Depot, una tienda inmensa de herramientas y cosas de hogar, hay colas para comprar las láminas de madera con las que se protegen las ventanas. En Walmart, una tienda con todo a precios accesibles, el agua se acabó hace tres días. Los anaqueles con enlatados están tan surtidos como los del mercado Bicentenario en Venzuela (es decir, completamente vacíos). Hay zonas de evacuación obligatoria, son ciudades fantasmas. Hay otras que aún no llegan a esa situación. Pero igual están alertas.

Los grupos de Whatsapp de venezolanos fueron monopolizados por discusiones sobre la posibilidad de irse o quedarse. Dejarlo todo atrás, de nuevo, con la incertidumbre a cuestas se ha convertido en un deporte nacional. Algunos se decidieron por el norte, otros por el oeste. Se lo tomaron con soda, parándose en los hoteles que veían en el camino. Trayectorias que normalmente se cubren en cuatro horas, tardaron hasta once.

Pero no todos tienen los recursos o la disposición. Frosino y Valerie prefieren confiar en sus experiencias anteriores. Al igual que Larry. Detrás de sus lentes oscuros, levanta los hombros y despacha la preocupación de un manotón. Insiste en que en Florida la prevención tiene historia. Pone como ejemplo el alumbrado público. En su urbanización los alrededores no hay postes en calle, sino que el cableado es subterráneo. Experiencia aprendida del huracán Andrew

Son las 11:05 de la noche, hora del boletín. Suena el teléfono, una alarma ensordecedora. Dice que que es una alerta de huracán. Eso ya se sabía. Pero el ruido igual asusta.

Afuera hace 32 grados de temperatura y el cielo está despejado. Habrá que esperar como amanece mañana.

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