De Caracas a Maracaibo: una travesía por el país de la escasez

Como casi toda Venezuela, cuando llegan las fiestas navideñas me preparo para viajar y recibir el año con mis afectos, y como casi toda Venezuela, en los últimos años, sufro esos viajes como una dura peregrinación. Este año no fue distinto. En realidad, fue peor.

El trámite empezó en noviembre con las estériles gestiones para conseguir pasaje aéreo para Maracaibo. A principios de diciembre me resigné: tendría que viajar por transporte terrestre. Las colas en La Bandera, generalmente inútiles, empezaban en las madrugadas y las historias de atracos violentos en la zona dibujaban un panorama oscuro. En Aeroexpresos Ejecutivos y Expresos Los Llanos la cosa no pintaba mejor. Finalmente se alinearon los astros y mis tíos de Caracas decidieron exponer su camioneta al largo viaje, a pesar de la ausencia de repuestos y de los costos millonarios de cualquier reparación. En ese auto tendríamos que acomodarnos varios y además recoger a otros familiares en Barquisimeto. De Caracas, en el centro norte del país, hasta la occidental Maracaibo, a poco más de dos horas de Colombia, hay 710 kilómetros de distancia, unas 8 horas de recorrido. Temíamos los incidentes del camino y nos preparamos. El 20 de diciembre salimos con la aurora sin imaginamos cuán larga sería esa jornada.

Para hacer el cuento corto, la pesadilla fue la falta de gasolina, problema que por esos días se volvió crítico en todo el oeste de Venezuela.

Solo pudimos recargar más allá de Valencia, en La Encrucijada, después de varios intentos y largas colas. El trayecto desde Barquisimeto hasta Maracaibo fue angustioso. Esperamos inútilmente por horas en varias estaciones de servicio. La gasolina se acababa antes de que los carros lograran surtirse. La idea de quedarse sin combustible en la inhóspita carretera Lara-Zulia no era descabellada. Vimos llegar carros empujados por sus pasajeros. Las historias de la falta de gasolina se sumaban a las de la falta de alimentos y de efectivo, las otras sombras que nos persiguieron.

Finalmente logramos abastecernos en la Estación de Sabaneta, a pocos minutos de Carora. Observé que algunas personas iban extrayendo gasolina del tanque para llenar recipientes mientras se acercaban al surtidor. Luego cargaban el tanque del vehículo. El sudoroso conductor de una camioneta nos explicó que con esas pimpinas pretendían tener reservas para los días siguientes pues estaban convencidos de que la situación no iba a mejorar en los días posteriores. Tenían razón.

Llegamos a Maracaibo pasadas las 10 de la noche y con lo justo. Las inmediaciones sin luz, sin señalización, desoladas, con basura y extensos baches, hacían peligroso el tránsito. El Zulia ha pagado el duro precio de las restricciones presupuestarias, las gestiones ineficientes y la desinversión.

Nos recibió un corte eléctrico. En la capital petrolera de Venezuela soportamos, durante todos los días de mi estada allá, apagones larguísimos. Las noches del 24 de diciembre y el 1ero de enero estuvimos 8 horas sin energía eléctrica. Un apagón es nefasto en cualquier lugar, pero en Maracaibo puede ser calamitoso y no solamente por los 35 grados de calor. El recién electo gobernador, Omar Prieto, ratificó que los “cortes programados” serían diarios. Nunca nos enteramos de la programación. Muchos equipos eléctricos sufrieron las consecuencias. Mi laptop y las instalaciones telefónicas de la zona, por ejemplo.

En agosto había viajado a Maracaibo. En esa oportunidad conseguí en los supermercados y abastos del sector El Milagro algunos artículos que no lograba comprar en Caracas: azúcar, harina, aceite, café, a precios razonables. Esta vez fue imposible. La escasez de alimentos es particularmente seria. Los anaqueles están vacíos y no hay forma de disimularlo. En tiendas un poco mejor provistas, como la Charcutaría Fina o la Ritz 72, los precios son desesperanzadores. En Las Pulgas y los mercados callejeros los contados alimentos son un poco más baratos pero las transacciones se hacen en efectivo. Como los bancos solo permiten retirar 10 mil bolívares diarios, es fácil entender la ansiedad cotidiana.

Estos días en Maracaibo pueden sintetizarse en carencias: sin gasolina, sin energía eléctrica, sin alimentos, sin agua, sin efectivo. La felicidad de estar con los afectos, el humor, la creatividad y la entereza con la que los zulianos enfrentan estos inmerecidos castigos es una lección diaria. Pero de ambiente navideño, nada. Conté cuatro fuegos artificiales en el cielo maracucho cuando se inició 2018, a diferencia del despliegue pirotécnico de años anteriores.

Cuidado con la candela

El retorno a Caracas tendría otros retos. Salimos en la madrugada del 4 de enero, previendo larga espera para cargar gasolina. Ese no fue el problema. Había pocas estaciones trabajando pero colas cortas, porque estaban suministrando combustible. Como de costumbre nos detuvimos en las queseras de la vía para comprar los magníficos quesos zulianos. Sorpresa: había pocos y a precios inusitados. Asombro igual tuvimos en las carreteras de Lara, productor tradicional de tomates y cebollas: lo que ofrecían era escaso y estaba deteriorado. En los paraderos desistí de comprar cualquier comida cuando reparé en los precios. Basta decir que una arepa con queso rondaba los 170 mil bolívares y un paquetito de Panelitas de San Joaquín alcanzaba 75 mil bolívares.

Entrar a Barquisimeto fue una odisea de horas: la ciudad estaba cercada por protestas. Vías trancadas por falta de gas, porque no llegaron las bolsas de Clap, ni los perniles, ni los cestatickets ofrecidos.

En las inmediaciones de Valencia nos enteramos de otras protestas por la distribución de alimentos. Sin embargo, en la autopista los carros fluían sin problemas hasta llegar al inefable Túnel de La Cabrera, eternamente en reparación, eternamente oscuro.

Para viajar de Maracaibo a Caracas deben atravesarse seis estados. A lo largo de toda la vía encontré quemas de basura que en algunos casos podrían ser calificados como incendios de forestales que incluso impedían la visibilidad y ponían en riesgo el tránsito de los vehículos. La desesperación de las comunidades ante la acumulación de desechos por muchas semanas ha encontrado esta temible salida. Al problema de las montañas de basura ahora se suma el riesgo de los incendios y la contaminación del aire. Esta práctica ya entró a las ciudades. Observé quemas en barrios de Maracaibo (en el Milagro ya son cuatro las semanas sin recolección de basura), en Barquisimeto y este sábado, 6 de enero, cerca del Hotel Ávila, en Caracas.

La capital nos recibió desolada, sin tráfico, con pocos negocios abiertos y con la noticia de saqueos e intervenciones en varias cadenas de supermercados. Pura candela. Parece que este 2018 será un año de muchos fuegos.

Foto: El Universal