Barrenderos, buhoneros y mendigos: la decadencia caraqueña sobre rieles (Videos)

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El Metro de Caracas muestra su peor cara

Mientras limpia, el barrendero "ad honorem" hace un llamado a los usuarios a cuidar el sistema de transporte

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Mujer y dos niños sentados en andén de Petare cuentan los billetes obtenidos en la jornada

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Niña canta música llanera y toca las maracas durante su breve presentación en uno de los vagones

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Persona con discapacidad auditiva reparte estampas religiosas y pide colaboración

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Mendigos y barrenderos se cruzan en un vagón del Metro

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Un hombre ciego es guiado por una niña mientras pide dinero

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Un joven (de camisa naranja) pide ayuda para completar tres mil bolívares y comprar una medicina

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El barrendero pide “una colaboración por su servicio”. La mujer lleva años pidiendo ayuda para “salvar la vida de su hijo”. El vendedor de “barriletes” de menta y caramelos de coco recorre el vagón de punta a punta sin que nada ni nadie lo detenga. A un año de instalado el Plan Buhonería Cero en el Metro de Caracas, la meta no ha sido lograda. La economía informal y la mendicidad están más presentes que nunca.

Entre las 5:00 de la tarde y las 7:30 de la noche del pasado lunes 18 de septiembre, Efecto Cocuyo hizo un recorrido por las 22 estaciones de la Línea 1 y, en apenas dos horas y media de recorrido, pudo presenciar 15 episodios de mendicidad y buhonería en los que estuvieron involucradas al menos unas 30 personas.

“Bueno Venezuela, lleva el barrilete, el mega barrilete por tan solo 400 bolívares”, pregona un joven dentro del tren que parte de Palo Verde rumbo a Propatria; este joven va acompañado por un “colega” que le sostiene parte de la mercancía. Inmediatamente, un anciano, con récipe en mano, se desplaza por el pasillo del vagón diciendo “por favor, quien pueda, una colaboración para comprar una caja de Plavix”, tratamiento para problemas de circulación.

En Petare, una niña de aproximadamente 10 años sube al tren, saluda a su “público” y comienza a cantar música llanera un tanto desafinada, pero tocando las maracas con bastante armonía. Mientras los usuarios escuchan su canto, afuera en el andén una mujer permanece sentada en el suelo con otros dos niños. Mientras ella cuenta los billetes obtenidos durante la jornada, uno de los niños ensaya con sus maracas, mientras la niña que los acompaña tararea un reguetón.

La estación Petare funge como centro de operaciones para los vendedores informales que operan en una parte de la Línea 1 del Metro. No es un dato oficial pero está a la vista. Además de la mujer y los niños, también permanecen en el lugar, otras dos mujeres y tres hombres reunidos en círculo. Cuentan y distribuyen billetes, en su mayoría de 50 y 100 bolívares, mientras reparten y acomodan la mercancía: barriletes de frutas, caramelos de coco y bombones de chocolate.

Dos niñas de aproximadamente 8 y 10 años bajan del tren que va en dirección Palo Verde. La mayor va contando los billetes que ha conseguido. Le da a la menor una parte mientras le dice: “Muévete que van a cerrar. Yo me juego el mono (en la lotería de animalitos) ¿y tú?”, y sin que la más pequeña responda, ambas se pierden entre la multitud que intenta subir las escaleras.

Llegando a la estación La California, aparece un barrendero con pala y cepillo en mano pidiendo una colaboración: “Es quien quiera y quien pueda, ¿ok? No es obligado. De todas maneras, ya yo gané en satisfacción de que estoy haciendo una labor social, ¿oyeron?”.

“Esa sí es una buena obra la que él está haciendo. Él no está solamente pidiendo”, dice una adulta mayor que viaja en el tren. Mientras los usuarios desembolsillan billetes de 20 y de 50 bolívares para el “prestador del servicio”, se sube al tren un ciego con bastón en mano y una niña que funge de lazarillo, acompañados de un perro que les ayuda abrir paso entre los pasajeros.

Mientras el tren continúa su marcha hacia el oeste caraqueño, subirán al vagón un hombre que se presenta como padre de familia y que no tiene recursos para alimentar a sus dos hijos; otro hombre en silla de ruedas tocando maracas; un señor de la tercera edad con la cara desfigurada asegurando que sufrió quemaduras con gasolina; un joven que necesita completar tres mil bolívares para una medicina y un sordomudo que entrega, aceleradamente, estampas religiosas y unas tarjetas en las que está estipulado el monto de la colaboración que pide: 100 bolívares.

“Buenas noches familia carismática, mira que vamos de paso trayéndote lo mejor, deleitando paladares. Lleva tu mega barrilete, barrilete de frutas, uno por 400 y tres por tan solo mil bolívares”, ofrece un joven que aborda el tren en la estación Capitolio.

Antes de que el tren arribe a la estación Agua Salud, una mujer de avanzada edad llega al vagón envuelta en un llanto que no conmueve a los presentes. “Por favor señores, quien pueda de ustedes, por favor señores, de regalarme un centavo o una puya para salvar la vida de Gregorio Javier Contreras, mi hijo, por favor se lo agradezco señores”.

De pronto, un repique de tambores se escucha entre Agua Salud y Gato Negro. Tres adolescentes dicen que son del estado Vargas y que necesitan dinero para pagar los pasajes de regreso a casa. Piden, a cambio de su música, una colaboración. No llevan tambores, pero unos tobos de plástico serán suficientes para dejar sonar en pleno vagón del Metro el ritmo costeño.

En un sistema en el que está prohibido ingerir alimentos y bebidas, una usuaria que acaba de comprar barriletes de fruta durante el viaje, destapa el caramelo y lo degusta mientras le dice al joven que la acompaña: “Una güevoná, este es el país de puro pedir. Le ven cara a uno no sé de qué”.

Además de vendedores de víveres (pasta y arroz a 10 mil bolívares el kilo, cuenta una usuaria), lápices, pasatiempos, plantas ornamentales y hierbas para la comida, durante un viaje de Metro, también es frecuente encontrarse con cuatristas, guitarristas, violinistas, arpistas, raperos, y hasta con malabaristas.

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