Análisis | Venezuela cerca de la guerra: El retorno de la antipolítica y la irresponsabilidad intelectual

Pavel Gómez

Estudioso y escritor sobre política, desde una perspectiva liberal. Publica columnas de opinión en periódicos y portales de Venezuela, Chile y Brasil. Mantiene el blog pavelgomez.com Plataforma de Análisis Político Liberal.

En estos días, Venezuela, más que un país es una tragedia. No solo hay una lista de muertos, heridos y detenidos procesados irregularmente en tribunales militares. También hay hambre en muchas familias, personas que mueren por falta de medicamentos esenciales, y oportunidades para especular con la penuria de la gente. A un lado del barranco, hay un gobierno dispuesto a defender sus privilegios, sus dogmas y sus mafias en la trinchera de las últimas consecuencias. Tiene mucho que perder; entre otras cosas sus negocios y la seguridad que brinda controlar el Estado. Y, dadas las amenazas de exterminio, para algunos dirigentes chavistas es más atractivo salir del gobierno (y del país) como exiliados de una guerra perdida, que salir después de una negociación que no les otorga visos de heroicidad en el universo de la izquierda global. Esto es quizá la más simple explicación de por qué se avanza en el cerco dictatorial, desafiando los preceptos institucionales de la democracia liberal e imponiendo la fuerza con descaro.

Todo lo anterior es un dato, una certeza cada vez más nítida. Los dogmáticos y religiosos del sueño comunista aliados con los resentidos herederos de Boves, el Urogallo, y con los mafiosos de los negocios turbios y de los contratos de las compras gubernamentales. La siguiente cuestión es qué pueden hacer los jugadores opositores para derrotar a un gobierno que ha secuestrado el poder político, imponiendo unas reglas que facilitan su dominio hegemónico y desconociendo resultados electorales adversos. En otras palabras, ¿cuál es la mejor estrategia para enfrentar, con eficiencia y legitimidad de largo plazo, la deriva dictatorial del gobierno venezolano?

La estrategia frente a una dictadura: ¿política o antipolítica?

Para simplificar el análisis, podemos pensar que hay dos escuelas de pensamiento para responder esta pregunta. A la primera la llamaremos la “escuela de la política”. La política es poner el énfasis en la persuasión, en la influencia, en el convencimiento, en el cálculo preciso de la correlación de fuerzas presente y de cuáles movimientos permitirían cambiar esa correlación de fuerzas en el futuro. La política implica identificar los principales intereses del juego y explotar lo que une o divide a esos intereses. Implica, también, analizar el juego como secuencias de acción y reacción, visualizar movimientos (propios y de los otros jugadores) y evaluar las posibles secuencias de estos movimientos. Por último, hay una característica que es central: En política, la forma es el fondo.

Las soluciones políticas suelen entonces implicar algún tipo de negociación, de arreglo entre las partes. Debido al predominio de las formas, aún en aquellos casos en que una parte derrota flagrantemente a sus principales adversarios, es recomendable evitar que esto se vista de humillación. Porque las humillaciones alimentan la inestabilidad de los acuerdos.

La segunda escuela de pensamiento es la “escuela de la antipolítica”. La antipolítica es el énfasis en el “deber ser”, en la búsqueda de imponer lo que se cree que es lo mejor, o lo técnicamente ideal. La antipolítica es el desprecio por las formas, el descrédito de la persuasión, la mirada miope de las correlaciones de fuerza, la visión estática y muchas veces cortoplacista del análisis político. En la mirada antipolítica, el fondo justifica la ignorancia y, muchas veces, la destrucción de las formas.

Una de las razones por las que establezco esta distinción entre política y antipolítica, es porque sostengo la tesis de que la escuela de la antipolítica tiene una alta responsabilidad en el triunfo de Hugo Chávez en 1998, en el dominio e imbricaciones sucesivas del proyecto político chavista y, lo más dramático, en la procura recurrente de estrategias políticas que son equívocas, voluntaristas y miopes. Un ejemplo reciente ayuda a entender esta tesis.

Después de las elecciones parlamentarias de diciembre de 2015, el gobierno venezolano realizó una serie de jugadas orientadas a trancar el juego político y provocar una reacción de fuerza. Primero desconoció el poder y las competencias de la nueva Asamblea Nacional, reduciendo arbitrariamente el número de diputados opositores y neutralizando las decisiones parlamentarias mediante sentencias del Tribunal Supremo de Justicia. Luego bloqueó la posibilidad de convocatoria al referéndum revocatorio que contempla la Constitución, y más recientemente ha llamado a una Asamblea Constituyente de corte corporativo, cuya convocatoria y composición violan los principios del voto universal, directo y secreto.

El regreso de la antipolítica

Frente a estas jugadas dictatoriales, en algunos sectores de la oposición venezolana comienza a calar la idea de que la única opción disponible se reduce a una salida de fuerza. Así lo evidencian las características de la estrategia de choque defendida por individualidades influyentes y grupos que parecen atrapados entre la desesperanza y la desesperación: La intervención de las Naciones Unidas o de otras fuerzas externas como elemento que discipline al gobierno; la exigencia de elecciones inmediatas y externamente supervisadas, bajo pena de sanción internacional; el desalojo forzado de Nicolás Maduro de la Presidencia de la República; y su reemplazo por un gobierno de transición.
El argumento central de este ensayo es que parece haber un patrón en ciertos sectores de las élites venezolanas, en grupos de individuos bien intencionados, muchos de los cuales poseen un conocimiento científico y humanista excepcional, cuya preocupación por el rumbo político y social del país los empuja a actuar de una manera que resulta sistemáticamente contraproducente. A esta manera de actuar políticamente es a lo que llamo “la escuela de la antipolítica”. Veamos algunos ejemplos.

Ejemplo N° 1: Los intelectuales y académicos que articularon, a finales de la década de 1980, el programa de reformas del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez. En muchos de aquellos académicos se combinaban destrezas técnicas con buena intención. Pero ya es historia el hecho de que la estrategia política de aquel programa de reformas fue voluntarista, no entendió los intereses en juego ni la correlación de fuerzas entre estos, y subestimó el rol de la persuasión en la negociación política de las reformas.

Ejemplo N° 2: La tribu intelectual venezolana de los años 1980 y 1990 conocida como los “Notables”. Las jugadas antipolíticas de los Notables son otra joya de la decadencia del sistema democrático venezolano. Cuando gobernaba Jaime Lusinchi (1984-1989), cuya política económica fue el epítome de la ineficiencia y la corrupción, los Notables se dedicaron a desacreditar la relación extramarital del presidente. Entre 1990 y 1993, los Notables jugaron un rol clave en el proceso que abortó el programa de reformas y culminó en el proceso judicial contra Carlos Andrés Pérez. Esto último ha sido documentado por el profesor Juan Carlos Rey, de la Escuela de Estudios Políticos de la Universidad Central de Venezuela, en un artículo titulado “Crisis de la responsabilidad política en Venezuela. La remoción de Carlos Andrés Pérez de la Presidencia.”

Ejemplo N° 3: La nueva ola de la Antipolítica del año 2017. En la medida en que los efectos distorsionantes de las políticas del gobierno venezolano se han agudizado, trayendo hambre, desnutrición, dificultades para acceder a medicinas y un brutal deterioro de la infraestructura, se han masificado el descontento y las presiones para que el cambio en las preferencias de los electores se exprese, a través de elecciones, en la reconfiguración de los poderes públicos. Frente a esta presión, la respuesta de la facción gobernante ha sido la esterilización política de los espacios de poder de la oposición y el bloqueo de las oportunidades electorales posteriores a la elección parlamentaria de diciembre 2015, con el objetivo de imponer una hegemonía no sujeta a desafíos electorales. Esto, sin duda, es una declaración de guerra. La duda está en la pregunta del inicio de este ensayo: ¿Cuál es la mejor estrategia para enfrentar, con eficiencia y legitimidad de largo plazo, a la dictadura de una coalición que domina el poder judicial, el poder electoral, las fuerzas armadas y ha organizado una milicia paramilitar que reporta directamente al presidente Maduro?

Frente a esta pregunta, la respuesta de ciertos grupos opositores es también una declaración de guerra. Pedir la intervención de las Naciones Unidas, con toda su logística de tropas y tanques, para supervisar el abandono del cargo del presidente Maduro, el nombramiento de un gobierno de transición y la convocatoria a elecciones, “a más tardar en diciembre de 2017”, es equivalente a invocar la guerra como mejor respuesta a la declaración de guerra del gobierno venezolano. Yo entiendo el dolor y la desesperación disparados por las políticas gubernamentales, pero hay algunas preguntas que no podemos evadir:

  • ¿Cuáles son los efectos de responder con guerra a la dictadura, en términos de las posibilidades de derrotarla?,
  • ¿Qué capacidad tienes tú para invocar la guerra o “con cuántas divisiones cuentas”?, y
  • ¿Cómo es tu compromiso individual con la guerra invocada?

En la respuesta a las tres preguntas se dibuja el talante antipolítico y emocional de los llamados a la guerra desde cierta oposición, que se observan en mayo de 2017. La respuesta de la guerra, si se materializara, es quizá la respuesta preferida del gobierno de Nicolás Maduro. Para determinadas facciones del gobierno, la guerra ofrece dos cosas que no ofrece la capitulación voluntaria:

  1. La posibilidad de triunfar, y conservar el poder, y
  2. La posibilidad de que una derrota militar sea una victoria política de largo plazo, enaltecida y mitificada por el aparato propagandístico de la izquierda global.

En el equilibrio de guerra también habría que considerar que Rusia y China tienen grandes intereses en Venezuela y que, pese a sus características idiosincráticas, el chavismo no es un fenómeno exclusivamente venezolano. Pero hay más.

El éxito de la no-violencia

En un estudio publicado en el 2008 y titulado “Por qué la resistencia civil funciona”, las autoras Maria Stephan, del Centro Internacional de Conflictos No-violentos, y Erica Chenoweth, de Wesleyan University analizaron la eficacia comparada de las campañas violentas y no-violentas en conflictos políticos. Para ello, estudiaron las principales campañas violentas y no-violentas del globo, en el período 1900-2006. Uno de los principales hallazgos es que las campañas no-violentas han sido exitosas en el 56% de los casos, mientras las violentas alcanzan el éxito el 26% de las veces. La explicación de esta diferencia, que ofrecen Stephan y Chenoweth, es que el compromiso con la no-violencia refuerza la legitimidad doméstica e internacional de los grupos políticos que enfrentan al poder, y que esta estrategia promueve una participación más amplia de la sociedad en la resistencia y esto confiere una mayor capacidad de presión política.

La segunda pregunta nos enfrenta al corazón de la antipolítica: el voluntarismo. Para hacer de la guerra una realidad es requisito indispensable tener poder de fuego. ¿Con cuántas divisiones cuentan quienes hoy día llaman a la guerra, desde la oposición al gobierno de Nicolás Maduro? Estos grupos invocan el apoyo de las divisiones de los “cascos azules” (para algunos quizá también funciona si aparecen solo los “Marines”). El problema es que la presencia de China y Rusia en el conflicto venezolano es un disuasivo muy potente para el compromiso militar de los EEUU o la OTAN en Venezuela. Con los frentes de Corea del Norte y Siria abiertos, es probable que una intervención militar en Venezuela dispare un conflicto de escala global. Todo esto hace pensar que pedir una intervención militar, aparte de inefectivo, es una demanda pueril. Es una solicitud al vacío, un saludo a la bandera, un grito en una playa solitaria, una típica jugada antipolítica.

La tercera pregunta nos enfrenta a un tema ético fundamental: ¿en qué trinchera se ubican quienes llaman a la guerra? Aunque la guerra sea inefectiva, indeseable o contraproducente, el compromiso individual con esta es una muestra respetable de responsabilidad individual y de consistencia. Pero invocar la guerra desde el exterior, desde la comodidad de los pasillos o los laboratorios de una universidad extranjera, o desde una posición de observador lejano, es por lo menos un acto de cobardía e irresponsabilidad. En una guerra, sobre todo si es asimétrica como la que pudiera perfilarse en Venezuela, la responsabilidad del liderazgo es arriesgar su propio pellejo a la hora de invocar la sangre de otros.

Conclusiones

Uno de los problemas con el análisis del fenómeno político inaugurado por Hugo Chávez en Venezuela, es que es difícil distinguir entre los terribles efectos prácticos de un modelo político y económico en el que se mezclan el dogmatismo de izquierda y las oportunidades de negocios en la sombra del poder, por una parte, y los reclamos de injusticias y desigualdad de oportunidades que nutren el caldo de cultivo de los movimientos políticos de corte chavista.

Lo que representa el chavismo no es un fenómeno local o autóctono de Venezuela. En España ha surgido Podemos con mucha fuerza, al extremo de robarle una base importante al PSOE. En Francia, en 2017, emergió la propuesta política de Jean-Luc Mélenchon, quien se identificó abiertamente con el modelo de “socialismo bolivariano”. Aunque Mélenchon obtuvo cerca de un 20% de los votos (el cuarto lugar en la primera vuelta electoral), fue el candidato que más atrajo votantes jóvenes en esa oportunidad. En Chile, considerado por muchos como un modelo político, económico e institucional digno de imitación, en el 2017 se configura un movimiento político de corte chavista que tiene una conexión profunda con sectores de la juventud y con los estratos que acumulan frustraciones y resentimientos, que no son pocos. Esto lo convierte en una amenaza relevante, si no en las elecciones de 2017, en la siguiente cita electoral chilena.

Finalmente, está la idea de que las posibilidades de triunfo de la oposición en Venezuela están atadas a que amplios sectores disidentes del propio chavismo converjan con la oposición tradicional, para forzar al gobierno a negociar una hoja de ruta electoral y el inicio de un proceso de reinstitucionalización política y económica. Las posibilidades de que estos sectores se manifiesten, y puedan influir internamente en la dirección deseada, son abierta y directamente boicoteadas por la prevalencia de una estrategia de guerra en las filas opositoras. La violencia opositora reduce el costo de la represión y aumenta el costo de la disidencia. Frente a la violencia subversiva, el gobierno “vende” más cómodamente la idea de que no está reprimiendo, “está salvando a la patria de la amenaza imperial”.

Todo esto debe hacernos reflexionar, apartar un poco la angustia, el dolor y la desesperación, y empujar, en la medida de nuestras posibilidades, hacia un escenario de superación del modelo chavista con un piso de legitimidad que traiga, no solo prosperidad económica, sino también paz y estabilidad política para las próximas décadas.

Tomado del blog de Pavel Gómez, cortesía del autor.

 

  • RD

    Excelente borran los comentarios.