¿Y si la guerra continúa?

Piero Trepiccione

Politólogo con especialización en gerencia social. Actualmente es el coordinador general del Centro Gumilla en el Estado Lara. Profesor universitario de pre y postgrado. Analista político y de tendencias electorales. Columnista de opinión. Locutor y conductor de programas de radio.

Herman Hesse, uno de los autores alemanes más influyentes del siglo XX, escribió una obra llamada ¿Y si la guerra continúa? con la cual esbozó una mirada a lo que significa vivir una conflagración desde diferentes ángulos de la vida cotidiana. Traigo esta referencia a colación en vista de lo que han significado 18 años continuos de polarización política en la Venezuela de nuestros tiempos. Una especie de guerra no convencional cuyas consecuencias apenas comienzan a aparecer en el horizonte de las miradas colectivas de la ciudadanía.

Guerra fría con episodios calientes

Desde 1945 el mundo conoció la llamada “guerra fría” una época de nuestra historia contemporánea que llevó a convertir la Tierra en un tablero de ajedrez geopolítico donde dos superpotencias se disputaban el control y la influencia de sus modelos políticos en prácticamente todos los países del orbe. La Unión Soviética, con su predilección por el comunismo y los Estados Unidos con su apuesta al capitalismo y al modo de vida occidental, se enfrentaron en diversos campos: económico, político, militar incluso hasta deportivo y científico para demostrar al mundo cuál modelo era mejor para el desarrollo y el bienestar general de la población. Sus batallas en general fueron el medio de propagar sus ideas; por eso se le llamó “guerra fría”. Nunca se enfrentaron en una conflagración bélica directa; no obstante, en medio de esa “guerra fría” se vivieron episodios muy calientes que sí llevaron a algunos países a ser víctimas del ajedrez geopolítico poniendo cientos y miles de muertos en conflictos militares y civiles. Corea del Norte y Corea del Sur son un producto de esta época, El Salvador, Honduras, Guatemala, Nicaragua, Polonia, Hungría, Cuba, Afganistán, Irak, Irán, entre muchos otros lugares, provocaron enfrentamientos por motivos ideológicos dejando a su paso mucha violencia política y destrucción.

En nuestro país, aun habiéndose extinguido la guerra fría a finales de los ochenta y principio de los noventa, parece haber resucitado luego de 1998. En Venezuela ya tenemos 18 años de polarización política producto de la contradicción de dos modelos opuestos de desarrollo. Luego de la victoria electoral de Hugo Chávez en diciembre de ese año, hemos vivido una reedición de esta etapa de la contemporaneidad traducida en dos bloques políticos que no se han podido entender en más de una década, pareciera más bien, que cada día se aleja esta posibilidad. Aunque, en términos generales, los enfrentamientos y las diferencias se han procesado por caminos electorales, en algunas oportunidades hemos tenido “episodios calientes” que se han manifestado con estadios de violencia política. Abril del 2002, escarceos pre electorales y post electorales, entre otros, han sido motivos para que algunos venezolanos fallecieran producto de enfrentamientos directos.

Hoy en día, luego de 18 años de revolución bolivariana, la narrativa del descrédito hace que se exacerben los ánimos y muchos jóvenes salgan a las calles a manifestar su inconformidad con las políticas públicas y el gobierno en general. Ha sido difícil manejarse en términos de respeto y tolerancia cuando muchos voceros del liderazgo político se expresan despectivamente del “otro”.

Ha sido difícil concebir un camino legítimo apoyado por una mayoría “calificada” del país con estos episodios de violencia política que dejan secuelas complicadas de resolver. Nuestro permanente llamado es a desaparecer este estadio de “guerra fría” que vivimos porque es claro que nadie es propietario de la “verdad absoluta” y la historia nos ha demostrado hasta la saciedad que un modelo exclusivo es imposible que sea perfecto. Todo lo contrario: las nuevas tesis mejoradas provienen de las contradicciones entre las antiguas tesis y las antítesis en un movimiento que la dialéctica hace que no se detenga jamás.

¿Horizonte común?

Evidentemente la polarización, tal como la hemos vivido, no nos llevará a un horizonte común. Todo lo contrario. La economía y la vida cotidiana son las que más se han afectado con ella. Venezuela se asemeja a un barco cuyos capitanes y marineros luchan por definir su propio rumbo en direcciones contrarias. No hace falta ser adivino o experto en escenarios para saber hacia dónde llevará este accionar a la nave venezolana. Hacia un caos cuyas consecuencias ni remotamente imaginamos. Frente a ello, se impone que el liderazgo responsable advierta y asuma la consecución de un verdadero horizonte común que recupere la confianza institucional y los valores de la vida democrática.