Volver al futuro

Eritza Liendo

Escritora y periodista venezolana. Licenciada en Comunicación Social y Letras de la Universidad Central de Venezuela. Jefe de la Cátedra de Literatura en la Escuela de Comunicación Social de la UCV. Con su primer libro, Shadow y otros cuentos sombríos, obtuvo en 2013 el Premio para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores.

Tengo que confesar que cuando el 17 de enero de este año leí el trabajo de Alexis Correia en El Estímulo, sentí una desolación profunda. Sentí una tristeza luctuosa y una desazón demoledora como las que anteceden a las desgracias o prosiguen a la pérdida de un familiar cercano. Caracas 2037 es la crónica apocalíptica sobre una ciudad capital sumida en los efectos residuales de las malas políticas implementadas por el Gobierno y de la apatía de una ciudadanía aletargada por el escarmiento de tanto palo cochinero.

Un 2037 con Wikipedia reseñando a un anciano Nicolás Maduro como presidente aún de Venezuela es el primer corrientazo que, sobre la piel húmeda, nos da el texto de Correia. De ahí en más, todas son estampas de la desolación: un país sin escuelas, sin hospitales, sin seguridad, sin salubridad, sin comunicaciones, con una hiperinflación genocida y con ministros, militares y demás funcionarios que, al jubilarse o morir, son reemplazados por hologramas.

Sumido en la más desamparada orfandad, el país del 2037 dejó de ser objeto de interés ante una comunidad internacional cada vez más apática: “De vez en cuando la comunidad internacional emite un comunicado de preocupación pero en general se le dejó de parar a Venezuela básicamente porque el resto del mundo está ocupado en sus propios problemas. El billete de 100 sigue circulando…”. Ni caso tiene en este escenario revisar el cono monetario.

Cancelado y transmutado

Para que, de aquí a veinte años, no nos veamos sumidos en la más abyecta ruina económica y moral, hará falta más que el poder transmutador de la llama violeta. Hará falta más que un conjuro metafísico. Hará falta mucha entereza y mucha fuerza de voluntad para salirle al paso y plantarle cara a un futuro que, ciertamente, se vislumbra desolador. Y este no es un asunto de ser más o menos pesimista ni de aferrarse a eso que Odín Dupeyrón llama “pensamiento mágico pendejo”.

Mi siguiente –como inmediata– reacción a la tristeza inicial ¡fue la negación! ¡Ave María Purísima, que esto no nos alcance nunca! Es que no me hago a la idea de verme, con veinte años más, asistiendo a la patética instauración de los nuevos valores: supervivencia, adaptabilidad, precariedad y lealtad al jefe tribal. No imagino a una vieja Eritza viendo el triste espectáculo de gente famélica y desnuda defecando en plena calle. Y ésa es parte de la profecía de Correia.

“No hay agua. El pudor se volvió inútil. Las personas, cuando defecan cada cierto tiempo (el caimán, aunque ya se extinguió, ahora aparece en el escudo nacional debido a su capacidad para pasar semanas sin comer gracias a su lento metabolismo), lo hacen directamente en la calle en algo que se llamó el sistema de alcantarillado, aunque por supuesto, muchos ni se toman la molestia de buscar agujeros”.

Desengáñese, comadre

Leí el trabajo de Correia porque una amiga lo compartió en una red social. Aproveché la ocasión para escribir mi comentario, para expresar mi horror y para hacerme todas las cruces que hicieran falta a modo de conjuro. No sé cuántas veces me santigüé como si con eso espantara la posibilidad del Armagedón criollo. Secretamente, traté de restarle cualquier fuerza premonitoria al texto de marras. Admití que era un excelente ejercicio de la imaginación pero que, en el fondo, nada tenía que ver con el devenir de la historia.

¿Cómo se hace uno a la idea de que algo como esto pueda, en verdad, suceder? “En 2026 llegó el último barco con harina para hacer pan. El gobierno se volvió a hacer el musiú y nadie dijo nada. Sospechosamente han desaparecido todos los animales del ecosistema urbano: perros, gatos, ratas, palomas, zamuros, garzas y hasta insectos. La FAO premió a Venezuela por su ingeniosa diversificación de las fuentes de proteínas. Las mafias nigerianas controlan el tráfico de basura […]”.

Mi amiga Nancy Rodríguez, quien compartió el trabajo, me respondió de inmediato con un argumento que me dejó desvalida: “Amiga, cerrar los ojos tampoco cambia la realidad. Si hace, digamos, 10 años alguien hubiese escrito un texto similar describiendo la situación que padecemos hoy, ¿no habría acertado a pesar del horror de sus lectores? ¿Podías imaginar, hace 8-10 años, la posibilidad de las “bandas nigerianas” y de Los Palos Grandes como guarida de indigentes y maleantes varios? No, pero es la realidad”.

Es verdad: eso está pasando ¡y yo soy testigo! ¡Y soy víctima! Nancy me hizo ver que el texto de Correia sobre una Caracas apocalíptica no era para nada descabellado. Me hizo caer en cuenta de que ese ejercicio de imaginación tiene la impronta de una causalidad fatídica. De hecho, la frase de cierre es un tiro de gracia: “[En la Caracas del 2037] los libros de las bibliotecas han sido quemados para prender fuego de sancocho, alguien consiguió una página suelta de H. G. Wells que dice: No se necesita inteligencia donde no hay necesidad de cambio”.

Foto:  800 Noticias

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