“Vivíamos mejor”: democracia y solidaridad

Mirla Perez | @mirlamargarita

Doctora en Ciencias Sociales y Licenciada en Trabajo Social. Profesora titular de la Universidad Central de Venezuela. Investigadora en antropología cultural del pueblo venezolano y sobre el fenómeno de la violencia en Venezuela.

En estas líneas me propongo pensar, junto a muchos venezolanos, lo que para ellos ha significado la democracia. Escribiré lo que hemos ido encontrando en la vida cotidiana de un Petare profundamente humano, ese que se pierde en las montañas de viviendas hechas de esfuerzo, dedicación y valentía, con el trabajo que implica llevar el cemento hasta la lo más alto del cerro.

Se trata de un cerro enorme cubierto del concreto con el que están hechas las casitas que albergan familias llenas de sueños y esperanza. Eso es San Blas, La Suiza, Maca, barrios llenos de historias, de familias y vivencias construidas pulso a pulso con el esfuerzo de cada persona que hoy vive en un lugar que, posiblemente, hace 60 años era impensable que pudiera ser habitado.

Petare, es una enorme montaña de vida cuyos artífices fueron los hombres y mujeres comunes que emigraron a la gran ciudad buscando el bienestar que ofrecía la apertura petrolera. De un país rural, pasamos abruptamente a ser uno urbano.

No me detendré en las condiciones de surgimiento de los barrios caraqueños o petareños, me centraré en la democracia que la gente vive y práctica, que va más allá de un sistema político. En una reciente investigación, cuando peguntábamos por la democracia como punto de comparación con el sistema político actual, las respuestas eran estás: “…vivíamos mejor que ahora…”, “el chavismo excluye y lo contrario (democracia) incluye…”, “en la cuarta república no hubo hambre, por mala que fue, por mal gobierno que hubo, no hubo hambre…” (Petare, 2017)

En la comparación salen las ideas diferenciadoras de dos sistemas que se yuxtaponen. Los sujetos que han vivido las dos posibilidades tienen claros los sentimientos y los conceptos respecto a la dictadura y a la democracia. Lo primero que evocan es el vivir bien, el bienestar, “vivíamos mejor”. Esto lo dicen personas de humilde condición económica, no oligarcas, ni privilegiados, son pobres que dentro de sus limitaciones vivieron mejor que ahora.

El hambre no es una experiencia inmediata de la generalidad del venezolano, no hay memoria reciente de ella. Se le recuerda como una experiencia particular de sujetos aislados, no de comunidades completas sometidas y marcadas por ella. Esta diferencia es fundamental, nos estamos enfrentando a sujetos pobres insertos en una comunidad y sociedad de pobreza extrema. La gran mayoría vivimos y padecemos el hambre o estamos en peligro de ella.

Para el venezolano popular la democracia no produjo hambre, fue un sistema que favoreció la solidaridad comunitaria para enfrentar las limitaciones económicas más extremas, al tiempo que produjo las grandes instituciones de salud pública que controló las llamadas “enfermedades de la pobreza” y veló por el bienestar y la alimentación de la población más vulnerable.

La democracia viene a constituirse en un sistema total de convivencia política, económica y comunitaria, que favoreció el bienestar de la familia. No se trata sólo de un sistema político basado en el sufragio: “Antes nos dábamos el lujo de comprarle zapatos a los hijos cada vez que iban a entrar al colegio, ahora no…” “Anteriormente había libertad de expresión y ahora no…” “Antes éramos más ricos, ahora somos más pobres…” (Petare, 2017). Estas son las ideas que emergen de una realidad que vivió el progreso y el bienestar asociado a las libertades democráticas.

Fuera de la democracia e insertos en una comunidad y sociedad pobres, la solidaridad se les replantea. El venezolano común vive con dolor el no poder compartir, porque se debate entre el hambre de sus hijos y la de los hijos de otros. La selección es dolorosa y se ven obligados a optar por su familia inmediata y se suspende la relación comunitaria, vecinal y convivencial.

En un contexto de hambre como el que vivimos se hacen urgentes las iniciativas privadas, de la iglesia, de las organizaciones, de las asociaciones vecinales, que puedan servir de plataforma para multiplicar el pan. Mientras nos alimentamos y ejercitamos la solidaridad, luchamos por restablecer la democracia como la verdadera garantía de superación de la pobreza.