Venezuela: la melancolía por lo que no fuimos

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Ana Julia Niño Gamboa

Abogada egresada de la Universidad Central de Venezuela con experiencia en derecho constitucional y derecho administrativo. Asesora en la Oficina del ex Rector Vicente Díaz (Consejo Nacional Electoral). Profesora universitaria en las áreas de Ética y Legislación de la Comunicación (ECS-UCV).

Cuando te vas de tu primera ciudad, te puedes ir de cualquier otra, es una frase que casi siempre me ha funcionado cuando me he movido de lugar. Y en cada sitio que voy adopto nuevas costumbres, aunque hay cosas de las que no he podido prescindir, por ejemplo, de tomar una ponchera de café antes de decir una sola palabra matutina.

También le doy espacio a la nostalgia, y me descubro extrañando cosas que nunca pasaron, e igualmente me escucho defendiendo al país que muchos acusan de flojo, egoísta, mal hablado, vivaracho, buena vibra, solidario, en fin, un montón de cosas que somos y no. Porque no todos somos iguales. Porque lo que sale de tu boca y de tus acciones, realmente eso es Venezuela, lo digas y lo hagas donde sea, incluso fuera del país.

En este momento de estampida nacional, no es necesario ni justificar y mucho menos quitarle méritos a las razones que cada quien tiene para irse, para huir desaforadamente de un futuro que parece una inminente amenaza. Lo que sí luce preocupante es esa búsqueda del país que nunca fuimos o –peor- la búsqueda de un lugar que sólo puede expresarse con fotos de la naturaleza nacional y de unas cuantas cancioncitas que bailan unos jóvenes con franelas de la Vino Tinto.

No hay un solo venezolano, sin importar su edad, con quien haya hablado fuera del país que no añore “lo que nunca jamás sucedió” (cantaría Sabina) en Venezuela, y menos aún se percata de que va a otro país quejándose del propio pero sin cambiar un ápice su actitud, sus pésimas costumbres ciudadanas y un largo etcétera.

Muchos parecen huir de quienes son aquí para ser los mismos allá. Y peor, hablan de Venezuela cual entelequia, como si no estuviera llena de venezolanos, como si el país fuera un espíritu, sin cuerpos y hábitos que son lo que definen a buena parte del país, lo demás es “desierto, selva, nieve y volcán y el andar de una estela”.

“Debes cambiar de ánimo, no de cielo, pues nunca mejora su estado quien muda sólo de lugar, y no de vidas y costumbres”, leí esto que escribió Federico Vegas y me parece que la frase contiene mucho de verdad con diferentes matices. Porque se refiere tanto a la melancolía por un pasado en el que no fuimos lo que decimos haber sido, y la nostalgia por un futuro, incierto como todo futuro, para llegar a ser lo que nunca hemos sido.

Para pasearse por estos peligrosos andenes de las reflexiones de fin de año, no hace falta estar fuera del país, no es necesario haber cambiado de cielo. Esa paralizante nostalgia abraza a muchos que siguen en Venezuela. En eso, la nostalgia y la melancolía son muy democráticas: nos alcanza a todos.

Lo que parece que estamos descuidando, es la posibilidad de pensarnos, hacernos conscientes de nuestras deudas como ciudadanos, de la ética comprometida con el ejercicio de ciudadanía que nunca termina, porque somos sociedad, pueblo, país. Esta crisis ha dejado en evidencia, aparte de mucha gente con hambre y despensas vacías, nuestro poco compromiso con la Política que queremos, con el modelo de país.

Claro que no se puede pensar con hambre, claro que hacer Política demanda tiempo, y últimamente el tiempo se va en colas para todo. Pero eso no le quita realidad a la ausencia de sociedad pensando en sociedad.

A veces he llegado a temer que solucionado el tema de la comida, dejaremos de pensar en libertades, en gobiernos eficientes, en políticos éticos. E insisto, el hambre es grave, y urge atenderla. Pero debemos tratar de satisfacer otras necesidades que, quizás, nos eviten mañana repetir esta atormentante pesadilla del chavecismo y esquivar el buenismo populista que nos ofrece una oposición que pretende ejercer las mismas políticas del chavecismo, pero hacerlo bien. Ay no.

La urgencia de asumirnos, de cargar con lo que somos nos alcanza a todos en el mismo abrazo. Convertir el discurso en acción para dejar de andar como la caricatura del video navideño de venezolanos en Buenos Aires, un derroche de melodrama barato: venezolanos en el extranjero que preguntan dónde está Venezuela, y luego ven a la cámara para pedirle al club de venezolanos en Venezuela que resistan y luchen. Disculpen la ironía pero creo que hay suficiente drama en todo lo que ocurre como para sumarle más y del más burdo y barato.

Asumir lo que somos y dejar de añorar lo que nunca fuimos ni volveremos a ser, es parte de hacerse grande. Y con lo que tenemos, con lo que realmente somos empezar a trabajar nuestros complejos de buenos patriotas y patriotos. Empezar la tarea, siempre abortada, de entender el padecimiento casi endémico de ese dolor que somos, de ese hueco en el alma nacional que llevamos dentro, vivamos donde vivamos, y que sólo sirve para justificar nuestro sentimentalismo pero que no avanza a la siguiente fase, hacernos de coraje, aceptar responsablemente nuestra amputada ética y de verdad empezar a trabajar por la Venezuela que todos dicen tocar cuando ponen su mano en el pecho.

Que no baste andar uniformados de amarillo-azul-yrojo, ni el joropo, ni el chiste para todo, que ese “nacional, sentimiento nacional” pueda ser algo palpable que nos identifique éticamente aunque cambiemos de cielo. Que ese compromiso ético haga que finalmente abandonemos la eterna melancolía por lo que no fuimos. Que el gobierno no es estático como nuestra añoranza.

 

  • maria

    el problema Ud. bien lo dice:(…)pero sin cambiar un ápice su actitud, pésimas costumbres ciudadanas y un largo etcétera.”
    Una sociedad donde todas las excepciones son la regla,donde las palabras pueden sonar profundas pero provienen de mentes superficiales, simplemente deja de serlo… por eso hemos llegado a donde estamos y no iremos a ninguna otra parte. Una sociedad donde nadie respeta al otro hasta en lo mas vanal se destruye a sí misma. Basta de vivezas y atajos y comencemos a asumir cada uno con seriedad su responsabilidad en lo que hoy somos que como Ud. tambíen lo dice en nada se parece a lo que decimos que somos.