Una tienda de muñecos

Eritza Liendo

Escritora y periodista venezolana. Licenciada en Comunicación Social y Letras de la Universidad Central de Venezuela. Jefe de la Cátedra de Literatura en la Escuela de Comunicación Social de la UCV. Con su primer libro, Shadow y otros cuentos sombríos, obtuvo en 2013 el Premio para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores.

En la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela se dicta la materia Literatura venezolana: es obligatoria y se imparte en el primer semestre.Tengo a mi cargo dos secciones de esta materia, y hace poco me tocó aplicar un examen parcial. Como me gusta (y me interesa) que mis alumnos desarrollen (y ejerciten) su pensamiento crítico y su capacidad interpretativa, les formulé preguntas que les permitieran poner en palabras su menor o mayor comprensión de los contenidos impartidos hasta ahora.

Una de las preguntas del parcial tenía que ver con el modo de concebir la figura del escritor. Habíamos estudiado hasta el momento un poco del Romanticismo, del Costumbrismo en sus dos oleadas, del Modernismo y del Criollismo.

En el entendido de que la literatura –como toda otra forma de arte– es producto de su tiempo y de sus circunstancias contextuales, pregunté a mis alumnos qué se esconde detrás de cada escritor: a) Un analista social, b) Un idealista comprometido con su tiempo, d) Un político encubierto, e) Un romántico sin esperanzas o f) Un vidente fatalista.

Noventa años de fatalidad

El examen era para mis alumnos, y las preguntas no fueron pensadas para recibir respuestas correctas o incorrectas: la cuestión era argumentar suficientemente la opción que se eligiera. Si hubiese sido por mí, habría elegido, casi a ciegas, cualquiera de las posibilidades porque creo que había de todo un poco en cada autor. Sin embargo, me habría visto muy tentada por la opción f: en cada escritor de finales del siglo XIX y comienzos del XX se escondía un vidente fatalista.

Habría sustentado mi elección invocando, por ejemplo, un cuento de Julio Garmendia, La tienda de muñecos, de cuya publicación se cumplieron noventa años en este 2017. Han sido nueve décadas durante las cuales Venezuela ha mantenido la misma jerarquía impuesta por “el padrino” y por “el abuelo”: los soldados en un lugar privilegiado del anaquel y los maestros, abogados, curas y enfermeras arrumados en una caja… llevando polvo y desdén.

De Julio Garmendia, la crítica especializada ha dicho muchas cosas. De hecho, fue entronizado por Jesús Semprún como un cuentista sin antecesores en su filiación con la estética de lo fantástico. Con el tiempo, Carlos Sandoval demostró que ya en el siglo XIX en Venezuela se hacía ficción fantástica. Pero ese no es el punto. El punto es que, en pleno apogeo de la dictadura gomecista, Garmendia escribió un relato en el que, al decir de Luis Barrera Linares, “asume una visión irónica, al aludir burlescamente de manera sugerida a la situación ridícula de un país de muñecos manejados por la omnipotencia del oficialismo”. (Desacralización y parodia. Aproximación crítica al cuento venezolano del siglo XX, p. 105).

Se supone –se da por sentado– que, al aparecer compilado junto con otros relatos como El alma, El difunto yo, La realidad circundante, El cuento ficticio, El librero, El cuarto de los duendes y Narración de las nubes, La tienda de muñecos es también un cuento fantástico. No obstante, Víctor Bravo y Javier Lasarte tienen posiciones encontradas al respecto, habida cuenta de que lo fantástico, por definición, describe hechos sorpresivos o imprevisibles en la vida cotidiana. Lo fantástico, se supone, precipita una ruptura cognitiva en el horizonte de expectativas del receptor. Más cercano a lo insólito (raro) que a lo natural (conocido), lo fantástico tiende al desacomodo aunque, paradójicamente, sea tan verosímil como el drama de un hombre asediado por su propio alter ego (Andrés Erre, en El difunto yo).

Por la fuerza de las armas

Hay cosas insólitas, increíbles, sorprendentes, inverosímiles ¡y que una sociedad no aprenda de sus errores! Cuando Julio Garmendia escribió La tienda de muñecos, Juan Vicente Gómez tenía diecinueve años en el Poder. Diecinueve de los veintisiete años que duró su dictadura. Ya sabemos lo que para entonces significaba criticar abiertamente a un régimen militarista en toda regla y represor como base y como principio. Había que andarse por la tangente y valerse de medios alternativos (como la ficción) para poner en tela de juicio todo lo que fuera cuestionable.

Cualquier parecido con la situación actual de nuestro país es una nefasta coincidencia. Todo es groseramente realista en el cuento de Garmendia dada “la identificación predominante con lo que nuestra memoria cataloga como mundo real”. (Barrera Linares, ob. cit. p. 107). En la tienda del cuento, los soldados (los militares) ocupan un lugar privilegiado. “A estos guerreros –puede leerse en el cuento– les debemos largas horas de paz. Nos han dado buenas utilidades. Vender ejércitos es un negocio pingüe”.

Hoy como ayer, sabemos de los privilegios de la casta militar: ¡en eso esta tienda de muñecos que es Venezuela no ha cambiado nada! Hoy como ayer, maestros, médicos, sociólogos, psicólogos, abogados y religiosos no merecen ni un entrepaño en la jerarquía del anaquel. ¡Para los militares todo! “Les debemos la vida”, puede leerse en el cuento. Y mientras ellos gozan de todas las prebendas del (este otro) oficialismo, la ciudadanía muñequizada, entre polvo y polillas, deambula en el peregrinaje de los menesterosos.

Después de noventa años, y de ver cómo la historia vuelve a repetirse, debo concluir que dentro de Garmendia se escondía un visionario fatalista. Al escribir, como Nostradamus, nos vio siempre sometidos por la manu militari.

Foto: Archivo Efecto Cocuyo

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Las opiniones emitidas en esta sección son de la entera responsabilidad de sus autores.

 

 

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