Una gota de cordura

Oscar Morales Rodríguez

Economista con un Magister en Políticas Públicas. Colaborador de varios medios nacionales.

Cuando ves a tu alrededor todo el ambiente desolador, te preguntas: ¿De qué sirve tanto poder y dominio sobre la población si tienes a la mayoría viviendo en penuria? ¿De qué vale ostentar posesión y buscar grandiosidad personal si tienes a la población viviendo en tierra arrasada?

Una de las características del ser humano es su vulnerabilidad frente a lo desconocido, lo que nos ata a rechazar los cambios, y muchas veces perdemos el juicio en ese propósito. Aparentemente, algo de esta sensación debe padecer todos los que disfrutan del poder político en el país. Esa ligera imaginación de perder la supremacía por un instante los transforma, y es ahí cuando se inyectan ese efecto de indiferencia cruel por el entorno. Así pues, es fácil para ellos persistir en la terquedad con mucha insensibilidad, porque ya está demostrado que una persona es más peligrosa cuando siente miedo dado que buscará su defensa como sea.

Este cuadro de impresiones es merecedor de intervención terapéutica, aunque ni las mejores terapias cognitivo-conductuales podrían borrar esa sensación de irrealidad con las cual viven los jerarcas del gobierno diariamente.

¿Por qué les será tan difícil aceptar la magnitud de la destrucción nacional? Sólo es cuestión de preguntarse: ¿cómo es posible que debas “comprar efectivo” con una comisión de 100 o 120%?

No debe ser tan complicado darse cuenta de la ruina nacional, cuando se lee que las cifras de producción petrolera están cercanas a 1.4 millones de barriles diarios (hace menos de 10 años estábamos cerca de los 3 millones). Al mismo tiempo, los ciudadanos hacen un viacrucis para tramitar sus documentos de identificación, o ruegan que no vayan a pescar una de esas enfermedades endémicas que ya habíamos superado hace varias décadas atrás, debido a la escasez de medicinas.

Me niego a creer que no les retumbe en la conciencia los 5 años de desplome económico que sufrimos, o la renuncia masiva de trabajadores en todos los sectores económicos. No es complicado interpretar las señales de quiebra cuando las interrupciones del servicio eléctrico son más frecuentes que pestañear, o que 4 de cada 10 venezolanos quieran huir del país (a mi juicio, esta cifra es moderada).

Se requieren tratamientos profesionales para sobrellevar esta regresión trágica, porque todo esto parece surrealismo puro. No sé cuál coctel será peor: bonanza-petróleo-corrupción o miedo-poder-orgullo. Son mezclas destructivas, dañinas y dolorosas que la siente hasta el más encumbrado, porque nadie podría respirar en paz con tanta desolación a su lado y no se camina a gusto con tantos colores grises.

Por lo pronto, ese laberinto dramático que les recuerda frecuentemente que el poder es temporal debe causarles muchas náuseas; saber que la supremacía es transitoria y breve debe darles fatiga.

Pese a todo el daño, creo que todos los protagonistas que dirigen estos destrozos, aún tienen tiempo para quedar en la historia de la mejor forma, siempre y cuando den un paso al costado, actúen con una gota de buen juicio y sensatez, tomen el bolígrafo y renuncien. Una migaja de reflexión pudiera evitar millones de desdichas. Les aseguro que serán recordados con un poquito más de benevolencia, si no ya saben dónde tienen el sitio reservado y en primera fila. No lo digo yo, lo dice la historia.

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Las opiniones expresadas en esta sección son de la entera responsabilidad de sus autores. 

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