Triunfó la paz

Eritza Liendo

Escritora y periodista venezolana. Licenciada en Comunicación Social y Letras de la Universidad Central de Venezuela. Jefe de la Cátedra de Literatura en la Escuela de Comunicación Social de la UCV. Con su primer libro, Shadow y otros cuentos sombríos, obtuvo en 2013 el Premio para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores.

El pasado domingo 15 de octubre se hicieron en Venezuela las elecciones regionales. El lunes, un mapa rojo casi en su totalidad daba como vencedor al partido de gobierno con un total de 17 gobernaciones sobre las 25 que estaban en disputa. Concluyó el primer mandatario, señor Nicolás Maduro, que en Venezuela triunfó la paz. De esa conclusión se hicieron eco los principales voceros del oficialismo.

En tiempos convulsionados por la violencia de todo tipo –incluida la propia del terrorismo en muchas partes del mundo– reconforta saber que la paz se anote algunos puntos. Sin embargo, si uno se pusiera un poco quisquilloso y empezara a hacerse preguntas, uno querría saber, por ejemplo, sobre qué triunfó la paz. ¿Acaso en Venezuela estábamos en situación de guerra? ¿Quién era el adversario? ¿Quién atentaba contra la paz?

Si una cosa queda clara después de indagar sobre el análisis crítico del discurso es que no hay comentario inocente: ninguna cosa dicha ni es azarosa ni cae en el vacío. Durante casi dos décadas, los venezolanos hemos venido escuchando que esta revolución es pacífica ¡pero está armada! Durante años, hemos escuchado al señor Cabello con su advertencia favorita: “No se equivoquen”. Por eso, cuando desde el alto gobierno se habla del triunfo de la paz, algunos entramos en pánico.

La voluntad sitiada

Si es cierto que el poder originario reside en el pueblo y que en un sistema democrático las personas adultas tienen derecho a elegir a sus gobernantes y mandatarios, ¿por qué sólo el triunfo –real o presunto– del Partido Socialista Unido de Venezuela es garantía de paz? ¿Cómo puede haber paz en un país sin medicinas en las farmacias, sin dinero en los bancos, sin comida en los abastos y sin pan en la panaderías? ¡Eso es lo más parecido a una situación de guerra!

De la aseveración primermandataria de que triunfó la paz, se desprende otra pregunta: ¿qué habría pasado si las 17 gobernaciones hubieran quedado en manos de la coalición opositora? ¿Se habría desatado una guerra? ¿Quién la hubiera propiciado, si en democracia suele imponerse la voluntad de la mayoría? Definitivamente, hay cosas que un Primer Mandatario no debería decir. Algunas otras se explican por sí mismas y no es menester declararlas porque son evidentes.

Yo soy tu paz

La paz no se vive bajo amenaza. Cuando el presidente de un país tiene que vivir haciendo advertencias y recordatorios acerca de su discrecionalidad sobre el poder es porque no está seguro ni de su poder ni de su discrecionalidad. Mucho menos está seguro de la confianza del pueblo al que dice representar.

Si dieciocho años en el poder no son suficientes para generar confianza entre Gobierno y ciudadanía, es muy pobre el balance de la gestión. Si dieciocho años en el poder no bastan para que la gente acepte de buen grado los resultados de unos comicios, hay algo muy endeble en la democracia que sustenta ese proceso electoral.

Si todo está bien, si todo está normal, si no hay una situación de guerra, si ningún conflicto social compromete o afecta el normal desarrollo de una consulta electoral, ¿por qué se migraron los centros de votación? ¿Por qué desde el mismo domingo 15 llovieron como nunca las advertencias recordatorias? ¿Cómo se justifica esa actitud si tanto el Consejo Nacional Electoral, como la Fiscalía General, el Tribunal Supremo de Justicia y las Fuerzas Armadas son parte medular del aparato gubernamental? En Venezuela, como se sabe, no existe separación de poderes. Sólo hay una institucionalidad militante y comprometida con el ideal revolucionario.

Si te comes la luz

Un primer mandatario debería poder expresarse como lo hacen los primeros mandatarios. Debería poder hablar respetuosamente de sí mismo y, sobre todo, de sus adversarios políticos. En Venezuela, por lo contrario, asistimos permanentemente al espectáculo de las retaliaciones cerriles ¡incluso cuando se lleva una ventaja –real o presunta– en el escenario electoral!

No ha transcurrido ni una semana desde las elecciones regionales, y el sector opositor venezolano no ha recibido sino amenazas. Si se supone que los cinco gobernadores postulados por la Mesa de la Unidad representan a toda la tolda opositora, entonces toda la tolda opositora está bajo amenaza si no se juramentan como el gobierno quiere, si no aceptan de buen grado los resultados, si detectan discrepancias, si exigen una explicación. Es decir, si actúan como se actúa dentro de un sistema democrático.

En el argot carcelario de los malandros, protestar es patalear y el que patalea se come la luz. Ha de ser por eso que, en medio de esta paz sobrevenida e impuesta por decreto, gobernador opositor que se coma la luz va preso. No lo digo yo. Lo dijo el presidente. Lo dijo en nombre de la paz.

Foto: Archivo Efecto Cocuyo

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Las opiniones emitidas en esta sección son de la entera responsabilidad de sus autores.

 

  • Don Periñon

    El fraude y la corruptela no significan paz: eso justamente es lo que abona la desgracia total que padece Venezuela. Aquí no hay ni un día de paz porque todo está dominado por la violencia, la inseguridad, la escasez, la corrupción, el deterioro de la salud y de todos los servicios públicos. Y sabemos muy bien que un fraude significa más corruptela y más caos. Más persecución, más exiliados, más cierres de medios. El arrebato que pretenden imponer en los estados donde de la boca para afuera reconocieron el triunfo de la oposición no es paz sino violencia. ¿Quién dice que eso es paz?