Todo el miedo que puede superar un inmigrante

Pavel Gómez

Estudioso y escritor sobre política, desde una perspectiva liberal. Publica columnas de opinión en periódicos y portales de Venezuela, Chile y Brasil. Mantiene el blog pavelgomez.com Plataforma de Análisis Político Liberal.

Cuando navegaba por la vida de sus veinte años, Sara Estero no sospechaba que mucho tiempo después descubriría que el miedo también podía ser cicatrizante. Sara nació en un país que por mucho tiempo fue principalmente un destino de migrantes. Algunos habían llegado motivados por unos primos pioneros, otros habían arribado a aquel país siguiendo las noticias que prometían oportunidades doradas, otros, como los padres de Sara, habían llegado por accidente o quizá, mejor dicho, por un descubrimiento sorpresivo en pleno viaje. El barco de sus padres se dirigía desde España hacia Argentina, país al que habían planeado dirigirse, pero una escala en el Caribe les reveló una luz tan vital, una gente simpática, un clima bendecido que contaban que siempre era más o menos así, como lo estaban viendo, como les acariciaba después de semanas de viento oceánico y sueños primitivos, que entonces comprendieron que sin previo aviso, semanas antes de la fecha esperada, habían llegado a un destino que se les revelaba anticipadamente, cuya certeza sobrevenía de la mano de una hospitalidad familiar y bondadosa. Apenas escucharon un acento familiar y conversaron con paisanos. Entonces la intuición se confirmó en la experiencia, en recurrentes invitaciones a levantar su familia en aquella tierra de gracia.

Sara Estero, la tercera hija de aquellos inmigrantes, y sus hermanos, se adaptaron fluidamente a la cultura del país anfitrión. La escuela y los amigos fueron vehículos de un lubricado mecanismo de construcción de una identidad compartida con sus vecinos. Así comenzó a sentir los ritmos musicales que resonaban en la cadera, aprendió la familiaridad de los sabores del trópico caribeño, jugó con sus amigos bajo la infantil común cadencia del lenguaje y con todo esto terminó fundiendo, como en una suerte de amalgama cultural, el legado de las raíces de sus padres con la idiosincrasia del Caribe en que se crió.

Unos años más tarde, de una manera que nunca había imaginado, el espacio, el ambiente que le había dado cuerpo o continente al gentilicio con el cual se identificaba, toda esta base idiosincrática había comenzado a derrumbarse. Era como si el ámbito de todo el arraigo con el que había resarcido las lagunas culturales de sus padres, mucho de aquello que le daba un sentido de pertenencia, toda esa base estuviera siendo golpeada por los espasmos de un sismo político, económico y social.

Como consecuencia de aquel terremoto político que devastó buena parte de su país, Sara se vio forzada a emigrar. Le correspondió un nuevo tránsito, un doloroso desprendimiento y una nueva adaptación, ahora ella misma como inmigrante, buscando en las fortalezas de su aprendizaje de adaptación y supervivencia, de su capacidad de síntesis y absorción cultural. Sara Estero había descubierto la palabra “resiliencia”, la metáfora humana de aquello que le ocurre a una pelota de goma, que tras ser aplastada por una fuerza relevante, era capaz de recuperar su forma original cuando la fuerza aplastante había desaparecido. Sara Estero se había descubierto a sí misma como una viva representación de la resiliencia.

Pero el miedo no se había extinguido del todo. Sara era ahora una inmigrante que sabía mimetizarse sin renunciar a su memoria, que reconocía las posibilidades y promesas de un país nuevo, que se sabía entrenada para ser parte de un nuevo espacio geográfico y cultural. Pero a veces el miedo despertaba, como ocurrió un día de marzo del año 2017, las noticias despertaron sus temores dormidos.

Lo primero que sacudió a Sara aquel día fue una fotografía que se repetía en los periódicos y en las redes sociales. Era la imagen, o quizá es mejor decir “el golpe”, de un anciano sentado en la cama de una habitación bombardeada, adornada de escombros recientes mientras se alejaba de lujos pasados, un anciano de barba blanca y dignidad de acero, con una pipa en la mano derecha, con las piernas cruzadas, observando un disco de acetato que gira sobre un tocadiscos de maleta de cuero y manivela para cuerda.

Esta fotografía había sido tomada por Joseph Eid, fotógrafo de la agencia de noticias AFP, y mostraba de manera reveladora la devastación de la ciudad siria de Alepo, en medio de la guerra contra el autodenominado Estado Islámico. Pero para Sara, esta imagen era la metáfora de su propia desgracia, de la ruina de su país, de la dignidad de algunos sobrevivientes, que como ella resaltaban la música infinita sobre la contundencia de los escombros.

La segunda noticia que golpeó a Sara, aquella mañana de marzo de 2017, fueron las declaraciones de un parlamentario estadounidense que visitaba Holanda, en los días previos a las elecciones del 15 de marzo de 2017. Su nombre es Steve King, representa en el Congreso de los EEUU al 4to distrito del Estado de IOWA, y a tres días de las elecciones holandesas declaró, en apoyo al candidato ultraderechista holandés Geert Wilders, lo siguiente: “Wilders entiende que la cultura y la demografía son nuestro destino. No podemos recuperar nuestra civilización con los bebés de otros”. Esto último, en clara alusión a los hijos de los inmigrantes.

Estas dos noticias, el recuerdo de su casa devastada y la creciente presencia de la furia contra los inmigrantes, esta mezcla fortuita y en cierto modo perversa, esta presencia avasalladora de la expulsión de la patria por aniquilación y los oscuros sentimientos contra la inmigración que hoy se predican a voz en cuello, sin eufemismos de corrección política, todo esto trajo a Sara de vuelta al miedo.

Cuándo, unas horas después, le pregunté por teléfono que cómo se sentía, Sara me respondió imperturbable:

“Tranquilo que siempre hay sobresaltos por una impertinencia aquí y otra más allá, lo cual por cierto ocurre en todas partes, pero me salva quitarles el énfasis, enfocar en los gestos amables que suelen estar por allí gratuitamente, dirigir la mirada hacia las posibilidades del camino…”

Seríamos mejores, el planeta sería sin duda un mejor lugar, si muchos otros pudiéramos tener la convicción de Sara Estero.

Foto: Joseph Eid/AFP/Getty Images

El blog de Pavel Gómez: http://pavelgomez.com

(Visited 2 times, 1 visits today)