Sin idea alguna de política

Antonio José Monagas

Profesor Titular ULA, Dr. Ciencias del Desarrollo, MSc Ciencias Políticas, MSc Planificación del Desarrollo, Especialista Gerencia Pública, Especialista Gestión de Gobierno, Periodista Ciudadano (UCAB), Columnista El Universal, Diario Frontera, RunRunesWeb.

 

Jamás ha sido fácil la comprensión cabal del concepto de política. Menos, cuando es necesario entenderla como filosofía de vida. Ni siquiera, porque dicho esfuerzo viene procurándose desde que Aristóteles dio cuenta de la razón de la política. Más, luego de reconocer que el hombre, por naturaleza, es un ser profunda e implícitamente político. Sin embargo, este problema tiene distintas explicaciones que, en el tiempo, han sido discutidas, debatidas y hasta delineadas. Pero escasamente, internalizadas.

Quizás, una de las lecturas de mayor arraigo entre estudiosos de la ciencia política, ha sido la riqueza de su significación y alcance como recurso del conocimiento. De esa forma, ha sido posible dominar un mayor campo de visualización de problemas enfocados desde el enfoque de otras ciencias sociales. No obstante, la proliferación de contextos de debate teorético y de análisis socio-histórico, ha sido causa de apreciaciones del concepto de política que terminan desvirtuando no sólo su acepción. Más grave aún, su praxis. Es decir, el ejercicio de la política. Consecuencias éstas que han derivado en contradicciones y ofuscaciones que, a su vez, han perjudicado la lucidez del pensamiento político y acción política.

Estas implicaciones vistas como secuelas del problema de deformar y desvirtuar el concepto de política, han sido reiterativas históricamente. Sobre todo, bajo circunstancias dominadas por perversidades propias del carácter usurero, egoísta y mediocre de hombres armados de una voracidad enfermiza por el poder político.

Por eso, el sentido de pluralismo que exhorta la política, en su más fecunda concepción, choca con toda doctrina que reivindica la imposición de un único criterio de socialización. Así que cualquier intento de actuar al amparo de lo que la verticalidad dialéctica pretenda justificar, se convierte en factor de repulsión ante lo que el concepto de política propone.

Bastaría con reconocer la diferencia sobre la cual la vida del hombre se desenvuelve, para así aceptar que el concepto de política no se resuelve en la nimiedad del pensamiento obtuso, cerrado y marginado preparado para divulgar una doctrina política o un proyecto ideológico de gobierno. La noción de diferencia, establece la base conceptual y metodológica para comprender la amplitud de lo que concierne a la política como fuente de vida. Sobre todo, al reconocer el respeto como actitud capaz de considerar la diferencia que se establece entre las múltiples perspectivas y respuestas que bien posee toda persona ante la vida.

Por ahí comienza a estructurarse el concepto de política. La diferencia hace que el hombre se apegue a las libertades cuya naturaleza determina el pluralismo entendido como la condición que avala la tolerancia y el respeto frente a cualquier opinión cuya sumatoria le imprime sentido al universo donde pululan las distintas corrientes del pensamiento.

Justamente, en su fragor, adquieren sentido las necesidades y los intereses que orientan el devenir del hombre en su esfuerzo por elegir la dirección que habrá de determinar las libertades que más convienen a su juicio autónomo. Lo contrario, representa el ámbito social en cuyo terreno se abona toda intransigencia al pluralismo político.

Por otro lado, cabe admitir que la ruina de la política estriba en la obcecación que hay en el hombre cuando se ve investido de alguna autoridad mediante la cual puede permitirse disponer de los recursos posibles para imponer su voluntad. Pero también, caprichos que brindan oportunidades para insuflarse de la soberbia necesaria que aviva posturas en el curso de un ejercicio de gobierno determinado. Esta decadencia de la política, es de fácil observación en todo tiempo y espacio. Pero tiempo y espacio ocupados por personas que no sólo se someten a los influjos de la arbitrariedad.

También, porque toman decisiones sin medir ni mediar sus efectos. Mucho peor, son cuadros de improvisados dirigentes de un gobierno usurpado mediante pronunciamientos disfrazados de democráticos. Y además, sin idea alguna de política.

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Las opiniones expresadas en esta sección son de la entera responsabilidad de sus autores. 

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