Sean Spicer y el Manual de José Vicente Rangel

Francisco Toro

Periodista venezolano, editor del portal web Caracas Chronicles y coautor del libro Blogging the Revolution: Caracas Chronicles and the Hugo Chávez Era.

A mediados del 2002, el simple hecho de llegar a la Vicepresidencia era un suplicio para los periodistas. La polarización se había tornado tan extrema que el centro de Caracas era una especie de disturbio continuo, con grupos oficialistas y opositores enfrentándose día tras día y policías exhaustos haciendo lo posible para mantenerlos separados.

Recuerdo que un día particularmente difícil, mi colega Valentina Lares corrió entre nubes de gases lacrimógenos para llegar a Vicepresidencia. Dejar de ir no era una opción: José Vicente Rangel se había convertido en el vocero principal del gobierno, y si no lograba llegar a su rueda de prensa, no podría cubrir la versión oficial de los hechos.

Al entrar, con las vías respiratorias todavía afectadas, Valentina escuchó en shock a Rangel denunciar que los medios fascistas habían inventado el cuento del disturbio, acusándolos de tergiversar la realidad para desestabilizar al gobierno.

Valentina hizo lo posible por anotar la declaración oficial de que ella no había tragado ningunos gases, pero la tenía difícil, porque no es fácil llevar apuntes notas cuando acabas de tragar gases.

Hace unos días, cuando le recordé la anécdota a Valentina, se sorprendió de lo vivo que tenía el recuerdo. “Lo que sí es que ya me acordé clarito la arrechera que me dio,” me cuenta. Rangel, recuerda, “dijo eso como si nada. Con sonrisa y todo, con una frialdad y amabilidad desconcertante.”

Esa tarde en el centro me regresó con toda su fuerza este fin de semana, viendo a la administración de Trump, en su primer día en el poder, comenzar a usar las mismas tácticas de confusión que vivimos nosotros hace 15 años.

Valentina nos echó su cuento en Los Del Medio, la ONG a la que nos habíamos unido para resistir tanto los ataques del gobierno contra los periodistas, como la alarmante polarización y la histeria de los medios. Cada miércoles, un grupo como de quince nos reuníamos en el apartamentico de Laura Weffer en La Campiña, sentados en puffs en el suelo para discutir apasionadamente los eventos de la semana.

El problema estaba claro: el gobierno mentía con un desenfreno total. Lo peor era que sus mentiras no podían ser ignoradas. “La narrativa era clara: nuestra versión es esta, y al ser oficial tienes que ponerla”, recuerda Lares.

Y el peligro que eso implicaba también estaba claro. La ofensiva de Rangel y la reacción de los medios a ella estaban asfixiando hasta la posibilidad de debatir en torno a los hechos en la esfera pública venezolana. Sabíamos que, como periodistas de diversos medios venezolanos, nos encontrábamos en una posición ideal para protestar contra este peligro. Así que nos unimos, nos organizamos, escribimos nuestros manifiestos y publicamos cartas abiertas y organizamos talleres.

Y aún así fracasamos.

Quizás nuestro fracaso no sea tan sorprendente. Porque uno puede explayarse todo lo que quiera en la necesidad de superar la polarización, pero a la hora de la chiquitica no es tan fácil.

Como periodista, si un vocero del gobierno te dice que no has visto lo que acabas de ver, tu principal responsabilidad es defender la verdad. Quizás no quieras que la verdad se convierta en una papa caliente, zarandeada de un lado a otro por operadores políticos con agendas escabrosas, pero en el fondo eso no depende de uno: un gobierno decidido a repetir falsedades siempre va a poder más que tú.

Y ahora sí es verdad que tienes un problema: si defiendes la verdad —que es tu trabajo—, antagonizas a un gobierno que le ha declarado la guerra a los hechos, alimentando la dinámica de polarización que tu sabes que tienes que desarmar. Pero si combatir la polarización se convierte en tu prioridad, terminas endosando la estructura de mentiras en las que te va encerrando el poder.

Hagas lo que hagas, perdiste.

Por eso es que he pasado los últimos días en shock catatónico, refrescando y volviendo a revisar Twitter en una especie de pánico ciego, no tanto leyendo las noticias que salen desde Washington sino recordándolas.

Quisiera tener una respuesta alentadora para mis amigos en Estados Unidos que me preguntan cómo nuestra experiencia puede servir a la lucha que ahora enfrentan. No la tengo.

Hace quince años, fui testigo de la esencial impotencia de la verdad frente a un gobierno dispuesto a usar su desprecio por ella como un arma.

Hoy, al ver a los Estados Unidos dar los primeros pasos por un camino que conozco demasiado bien, me repito una y otra vez que nada de lo que nos pasó es inevitable. Que las tradiciones de libertad de prensa y orden constitucional son mucho más antiguas y profundas allá que acá.

Pero nada de eso ayuda mientras más pienso en la rueda de prensa de Valentina hace 15 años, y vuelvo a darle play una y otra vez a la rueda de prensa que dio el nuevo portavoz de la Casa Blanca, Sean Spicer, diciéndole a los periodistas —al mejor estilo JVR— que la inauguración de Trump es la que más público ha tenido en toda la historia. “Y punto.”

Porque sé que, en Venezuela, aniquilar la categoría conceptual de hechos-que-todos-aceptamos-como-hechos fue el primer paso. Fue un precursor necesario para todo lo que vino luego: el desmontaje en cámara lenta de la libertad de expresión; la persecución judicial de los medios disidentes; la insidiosa auto-censura que lentamente, muy lentamente en década y media, se fue convirtiendo en censura abierta; el colapso absoluto de la transparencia y la rendición de cuentas y, al final, también el de la democracia.

Cortesía de Caracas Chonicles.

 

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