Recuperar la majestad perdida

Edward Rodríguez | @edwardr74

Periodista y Consultor Político.

“Esta casa se jod…”, diría la famosa “Vieja de la cerca y los mangos” para resumir la pérdida de respeto y majestad que han tenido los cargos de los funcionarios públicos en Venezuela, y que constituye, aunque parezca una nimiedad, un gran problema a solucionar dentro del cambio y reconstrucción del país.

Desde hace tiempo me preocupa el tema porque el respeto es la base de la confianza; determinante para el crecimiento, desarrollo, progreso y futuro en cualquier tipo de relación.

Hablar de un Alcalde era referirse con respeto al gobernante de más cercanía a los ciudadanos, compartiéramos o no la ideología o la tendencia política que representara; uno decía: es el alcalde de mi ciudad.

Diputado o senador tenían un significado distinto, sobre ellos recaía la función de redactar leyes, controlar y denunciar la corrupción, el narcotráfico y todo lo que anduviera mal. De un gobernador se decía que era aquella figura que uno veía con más mérito para regir los destinos de las regiones.

En el caso de los ministros, había ese toque de admiración y de sentir que tenían méritos para ser el motor de un Gobierno; el de infraestructura tenía el trabajo de hacer carreteras, el de finanzas, llevar la política económica de la nación, el de Energía y minas, la política petrolera.

Los jueces, magistrados, fiscales y defensores públicos, la ley y la rectitud por sobre todas las cosas, eran los hombres y mujeres “ciegos” para ser justos y con una balanza sobre sus hombros. Hoy por hoy sentimos que toda esa majestad se perdió.

En la actualidad, nos da igual quién sea el alcalde pues ya no goza de nuestro respeto, no nos asombra, ni nos preocupa si nos gobierna un malandro o un corrupto pues decimos: eso no sirve y seguimos. Si nos hablan de un parlamentario, preguntamos, ¿Qué hace fulanito? ¿Qué denunció? ¿Qué se logró con eso? Descalificamos, faltamos el respeto y seguimos.

Valdría la pena reflexionar sobre el tema para rescatar la majestad de los cargos, el respeto al funcionario público designado y electo a través del voto, si no examinamos y reconsideramos al respecto creo que sería difícil volver a creer en esa majestad.

Para esto, el trabajo del político tiene que ser ejemplar, de conocimiento en la materia, de sensibilidad social, de carácter y cercanía para que genere credibilidad en la sociedad. De parte de nosotros, los ciudadanos, la tarea consiste en volver a creer, en confiar, y sobre todo en respetar.

Hay ciudades en el mundo donde la gente no sabe quién las gobierna, pero el sistema funciona. En el caso nuestro, el protagonismo personal siempre está presente y por encima del trabajo o responsabilidad que se tiene.

Creo que si de ambas partes se construye esa nueva majestad estaríamos recuperando un valor fundamental en quien nos dirige.

En días pasados conversando con varios venezolanos en el exterior en condición de exilio me impresionó la magnitud de la opinión que se tiene sobre funcionarios públicos en ejercicio o no. “Fulano de tal se vendió, sutano, a ese lo compraron, perencejo se llenó los bolsillos”, eran los señalamientos que se hacían contra ministros, alcaldes, jueces, gobernadores y cualquier otro funcionario público cuyo nombre saliera a relucir en la tertulia.

En medio de esa especie de fusilamiento colectivo, yo me preguntaba: ¿será que nadie se salva? Las redes sociales tienen un papel preponderante en la descalificación, pero no podemos creer que son las responsables de todo cuando el valor fundamental de la majestad del cargo está en manos de quien lo ostenta.

Tener un cargo para no ejercerlo no tiene sentido, tenerlo y ejercerlo mal es peor todavía, pero tenerlo y no trabajar en que vuelva la admiración y el respeto es algo imperdonable.
Del cargo presidencial lo dejamos para un próximo artículo; sin duda el más devaluado de todos, pero es momento de cambiarlo y salir de este desastre para recuperar la majestad.

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Las opiniones expresadas en esta sección son de la entera responsabilidad de sus autores.

 

 

 

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