Realismo trágico

Eritza Liendo

Escritora y periodista venezolana. Licenciada en Comunicación Social y Letras de la Universidad Central de Venezuela. Jefe de la Cátedra de Literatura en la Escuela de Comunicación Social de la UCV. Con su primer libro, Shadow y otros cuentos sombríos, obtuvo en 2013 el Premio para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores.

Hace poco me reencontré, a través de una red social, con una persona a la que le di clases hace años. Eran los días en que todavía uno podía dictar clases en el turno nocturno sin sentir que ponía la vida en riesgo. A decir verdad, hay zonas de Caracas que nunca han sido fáciles ni amigables en términos de seguridad, pero bueno, ese no es el punto. El punto es que en ese inexorable afán de ponernos el día, platicamos acerca de los artículos que he estado escribiendo últimamente.

“Yo supongo –me dijo– que quedará algún movimiento literario con origen en este desastre [que estamos viviendo]”. “Es probable –le contesté–, y ya le tengo nombre a esa posible tendencia, que sería como una especie de neonaturalismo. La llamaría Realismo trágico”, y, como la mayoría de los movimientos estéticos, tendría una vena ideológica de marcada impronta política.

El Realismo trágico empezaría a incubarse, como el Costumbrismo en Venezuela, desde la prensa escrita. Su corpus estaría integrado por las crónicas y artículos de opinión. Se nutriría de la realidad inmediata y evitaría las florituras retóricas; evadiría lo simbólico y lo fantástico y se enmarcaría, más bien, en la estética de lo grotesco. Como grotesco es el presente que se nos impone disfrazado de proyecto revolucionario.

Como Nicanor Bolet Peraza, Juan Manuel Cajigal, Juan Antonio Pérez Bonalde, Daniel Mendoza o Francisco Tosta García, los intelectuales venezolanos del siglo XXI retratarán su realidad circundante y, sin más artificio que la agudeza de su sentido crítico, recrearán con palabras los nuevos cuadros de costumbres de esta Venezuela post-democrática y que sobrevive bajo el influjo un socialismo que ni sus defensores saben cómo definir y mucho menos explicar.

Una poética del miedo

Pocas cosas asustan tanto como la incertidumbre, como ese amanecer cada día sin saber qué te depara el destino ni qué mano avara cortará el cordel que te ata a las seguridades de tu rutina. El único antídoto contra la incertidumbre es la costumbre: el acostumbrarse a que lo más seguro es que quién sabe. Lo mismo pueden faltar los alimentos que la medicina; igual un día amaneces sin combustible y otro día sin efectivo. Igual un día se amanece con que hay poca disponibilidad de unidades de transporte, pero el servicio de metro es gratis, pero que en los andenes la gente se desmaya por asfixia o, por un empujón, te parten el meñique.

Lo feo engendra lo feo y la fealdad siempre es una tragedia. Es trágico rebuscar comida en la basura. Es trágico que un recién nacido termine botado en una caja. Trágico es que los miembros una familia deban turnarse para comer porque no todos pueden hacerlo tres veces al día. Trágico es que una población completa esté enflaqueciendo porque ningún aumento de sueldo compensa la locura del incremento inflacionario. Hablar de estas cosas es trágico, pero son precisamente estas cosas las que deben quedar registradas por todos los medios para cuando los tiempos cambien y haya que repartir responsabilidades.

A finales del siglo XIX, los intelectuales venezolanos también dejaron constancia de una Venezuela que comenzaba a ser nación tras las guerras de independencia. A finales del siglo XIX, juntando escombros entre burlas y veras; entre cherchas y pucheros, se empezó a perfilar un modo de ser venezolanos. Muchas de las taras y de las bondades que vieron los primeros costumbristas permanecen intactas en el ADN de nuestra sociedad. Obviamente, hay surgido nuevas taras y nuevas bondades, pero en lo medular seguimos siendo un poco los mismos. Y algo que nos persigue, para bien y para mal, es esa propensión a hacer mofa de nuestras propias penurias. Eso es bueno sólo a veces.

El lobo del cuento

La venezolana es una sociedad sitiada, torpedeada, asediada. Y una sociedad bajo amenaza es una sociedad temerosa, insegura, de autoestima endeble. Como esas adolescentes que, puestas a mirarse en el espejo una vez sí y otra también, no ven sino el preludio de algo que no termina de llegar: la niñez escapando y la adultez todavía esquiva muestran una cosa informe, llena de granos y de hormonas enloquecidas. Ha de ser el reflejo especular de esa Venezuela que hoy tantos padecemos.

Nadie puede estar tranquilo sabiendo que por ahí viene el lobo.

Los gobiernos –ciertos gobiernos, como se lee en la página 180 de La noche del oráculo, de Paul Auster– “siempre necesitan enemigos, aun cuando no estén en guerra. Si no tienen enemigos, se inventan uno y propagan rumores. Eso asusta a la población, y cuando la gente tiene miedo, procura ser obediente”. Cuando se cree que, en cualquier momento, el lobo va a aparecer, los pobladores se recogen temprano y se encierran a cal y canto; la vida termina con la tarde, y lo que sobra es tiempo para que todos se sientan cada vez más miserables, pues es una obediencia sin convicción. Es sólo miedo en estado puro.

Se impone, entonces, frente a las políticas de asedio, amedrentamiento y represión, recordar en manos de quién reside el poder originario. No basta con ser ciudadano. Es imprescindible el ejercicio de la ciudadanía; la práctica de la civilidad. Es obligatorio terminar de entender de qué lado está la Ley y de qué lado está el Delito. Necesario es que las carretas vuelvan a estar detrás de los bueyes.

Menester es retornar al orden y caer en cuenta de que amenazar a la gente, criminalizar la disidencia ni es cosa de juego ni da risa.

Como dijo Carlos Soublette en su momento: “La república no se perderá porque el pueblo se ría de su gobernante. La república podrá perderse cuando el gobernante se ría de su pueblo”. Y a mí eso de sentirme parte de un chiste como que no me causa mucha gracia. Es trágico.

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