Presos de sus consignas

Oscar Morales Rodríguez

Economista con un Magister en Políticas Públicas. Colaborador de varios medios nacionales.

Después del 20 de mayo el ambiente se contaminó de un escepticismo paralizante y la sensación de desconcierto se ha triplicado. Por más que se lean cuatro o cinco historias de resiliencia, aún se nos dificulta recobrar el sentido de nación que nos permita integrarnos como sociedad hacia un objetivo común saludable.

Por ejemplo, nos cuesta concertar que en lugar de reclamar algunos gremios aumentos salariales, sería mejor la protesta cohesionada de todos los gremios laborales que empuje un giro de la política económica, apoyar un plan de reformas integrales y demandar medidas de fortalecimiento institucional. Porque lo contrario es combustible para la inflación, el desempleo; siembra fértil para la inseguridad ciudadana, la escasez, el hambre y la miseria.

En otras palabras, lo que debemos reclamar es una política económica coherente, disciplinada, robusta y racional. Y no un decreto salarial que se esfumará en menos de un mes con este ritmo hiperinflacionario. Aún más, deberían estar evaluando la posibilidad de reducir 6 ceros a la moneda, porque volveremos a cifras millonarias comunes en diciembre o en el primer trimestre del próximo año.

La verdad es que somos un experimento sociológico muy cruel. Nos han convertido en un país surrealista que sufre una tragedia colectiva. Somos una sociedad en la que germinan los ejemplos de casos insólitos –y ridículos- más vistosos en muchos aspectos.

Decir que podemos llenar más de 80.000 veces el tanque de gasolina de nuestro vehículo con 1 dólar al tipo de cambio del mercado paralelo o con un kilo de carne (5 millones de bolívares) podríamos comprar 125 camiones de gasolina, es –por decir lo menos- extravagante. Advertir que nuestra industria solo utiliza 30% de su capacidad instalada o que dentro del sistema de justicia 70% de los jueces son provisionales, es inconcebible, pero es así. Y lo más doloroso, ya se han vistos casos en los que se venden los desperdicios de comida.

El Ejecutivo anuncia las mismas medidas que han profundizado los males nacionales.

Persiste en alimentar los incentivos negativos que desequilibran la economía y el comportamiento de los ciudadanos. Y en este punto salta una inquietud: ¿Por qué el Gobierno insiste en la aplicación de las mismas políticas erráticas? Fácil. Sencillamente, se han hecho esclavos de sus consignas dogmáticas, y la sostenibilidad del poder ya no lo financia el petróleo, ahora lo paga el narcotráfico. Y ya ustedes saben cuán complicado es desprenderse de esa fuente de financiamiento.

Entre tantas manchas, todavía debe creerse en recuperar el orden civilizatorio de las buenas costumbres y confiar que pondremos -en el lugar preciso- las piezas que se soltaron en esta hipnosis colectiva de los últimos años. Pero debemos hablar con la verdad, sin falsas esperanzas.

No es mañana cuando se va a levantar la producción de los 1,3 millones de barriles diarios que ostentamos hoy (a final de año la cifra será menor o igual a 1 millón de barriles diarios), ni tampoco cambiaremos el vocabulario ofensivo en un mes o desintoxicaremos las instituciones en 6 meses. Pero los avances de modernización que logremos en el futuro lo vamos a mantener y proteger con celos, por el miedo de volver atrás para impedir revivir las calamidades de hoy.

A pesar de que los últimos años nos han consumido la fe y pocos pudieran creer en una rectificación, la única alternativa que resta es reunir esfuerzos para converger hacia un clima de entendimiento e insistir en conversar, porque si no, como dice mi gran amigo Pedro Chirinos: Juan Bimba se muere de mengua.

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Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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