Pegarle a la mamá

Eritza Liendo

Escritora y periodista venezolana. Licenciada en Comunicación Social y Letras de la Universidad Central de Venezuela. Jefe de la Cátedra de Literatura en la Escuela de Comunicación Social de la UCV. Con su primer libro, Shadow y otros cuentos sombríos, obtuvo en 2013 el Premio para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores.

La violencia me da miedo. Es de humanos ser violentos. Ser de humanos me da miedo. El silogismo está clarito y refleja en forma diáfana lo que la violencia despierta en mí: un terror inefable. Sobre todo porque cuando se desborda pierde toda medida. Todos podemos ver cuándo, cómo y por qué se rompe el dique. Lo que nadie se imagina nunca son las consecuencias.

Algunos pasos dados se pueden recoger: uno puede ir y regresar de un sitio (de un estadio, de un ánimo, de un arrebato) sin mayores consecuencias. Otros pasos, sin embargo, no tienen vuelta atrás. Uno de esos pasos fatídicos es levantarle la mano a la propia madre. Crecí en un humilde hogar que no por humilde careció de sabidurías y enseñanzas. En ese hogar aprendí, refranero de por medio, que el que le pega a su familia se arruina y que el que le pega a su madre se muere con la mano alzá.

Morir con la mano alzada (seca, engarrotada) es la penitencia atávica para el que cruza el límite maternal. La madre es límite. Es el umbral. Es la línea que no se traspasa. Es la frontera entre lo mundano y lo sagrado. No en el balde, existe toda una construcción simbólica en torno a la figura de la madre fundamentada en el respeto, la veneración y, por qué no decirlo, en el temor.

El temor que se le tiene a la madre es el temor a ofenderla, a defraudarla, a zaherirla, a levantarle la mano. Quien llega hasta allá no tiene cómo devolverle pues ya sería capaz de cualquier otra cosa. Inclusive de matar. Pegarle a la propia madre, agredirla físicamente de cualquier forma, es el llegadero. Y es de las violencias que más me asustan porque siempre van por más.

Mujer y madre

Venezuela es mujer y es madre. Mujer paridora. Madre prolífica. Mujer resteada. Madre coraje. Tiene todos los hijos del mundo. Y sufre por todos. A todos los cobija y a cada hijo que le matan lo llora como si fuera el único. Jairo Ortiz (19 años apenas) fue asesinado en Carrizal. Estaba protestando. Quería un país mejor, y encontró la muerte. Su madre encontró una herida que no se cerrará jamás.

Andar por ahí matando muchachos, con la excusa de “órdenes de arriba”, es más feo que pegarle a la mamá. Ordenar “desde arriba” que unos uniformados armados destrocen a civiles desarmados es fratricida. Ninguna madre puede ver, indiferente, cómo sus hijos se matan por una causa que no les pertenece.

Todos lloramos como una madre cuando la violencia desatada es excusa para derramar sangre. La sangre duele. La sangre asusta. La sangre no debe llegar al río. Si el río se llena de sangre, se desborda sin dique que lo contenga y la hemorragia nos arrastra a todos.

Del alma querida

La madre es el umbral. Es el quicio. Es el poyo… Es el llegadero. Es el cobijo. Si se le mancilla, no queda nada. Y nada es lo que nos va a quedar si insistimos en golpearla. En mi casa aprendí que para una madre no hay hijo malo. Sin embargo, hay hijos que insisten en actuar como enemigos. Como jueces. Como verdugos. Como ciegos indolentes.

La violencia, aunque humana, es mala consejera. Necesario es recuperar la compostura, la sensibilidad y la sensatez. Necesario es mirarnos y contactar con nuestra propia vulnerabilidad. Los hermanitos menores de la violencia son la soberbia y la estupidez: no podemos entregarles el testigo de nuestra vida. Necesario es pensar. No sólo reaccionar.

Un hijo, pues, no es quien para levantar la voz insultante. Menos aún para levantar el puño que golpea. Un hijo deja de ser un hijo, y se convierte en la fuente de todo miedo, cuando olvida quién le dio la vida. Un venezolano deja de ser venezolano, y se convierte en la fuente de todo mal, cuando olvida la tierra en que nació y la transforma en prenda de contrabando… Bueno es recordar que el que le pega a su familia se arruina… ¡y se muere con la mano alzá!

Foto: Inés Muñoz Aguirre.