País en gerundio

Antonio José Monagas

Profesor Titular ULA, Dr. Ciencias del Desarrollo, MSc Ciencias Políticas, MSc Planificación del Desarrollo, Especialista Gerencia Pública, Especialista Gestión de Gobierno, Periodista Ciudadano (UCAB), Columnista El Universal, Diario Frontera, RunRunesWeb.

El lenguaje es la manera como el pensamiento adquiere forma para enriquecer ese mismo pensamiento y convertirlo luego en acción. Su utilización compromete no sólo ese pensamiento, sino también ideales que hablan a través del tiempo. Sin embargo, la lógica de ese lenguaje recurre a axiomas indicativos de todo un ámbito de realidades que a su vez adquieren sentido ante un mundo en particular. Pero para hacer que esas realidades puedan interpretarse según el conocimiento que envuelve alguna situación, indistintamente de sus consecuencias, el lenguaje debe apoyarse en formalidades expresivas.

Es cuando adquiere relevancia la gramática pues de ella depende la manera de cómo resolver o retorcer problemas de todo género o de cualquier implicación. La política, por ejemplo, acusa un manejo peculiar de modismos que chocan con una posible intervención de la sintaxis. O de la semántica. O de cualquier otra forma de precisar el alcance de lo expresado bajo alguna circunstancia animada por la vehemencia que se tenga al momento de manifestarse una pretensión o declaración de una aseveración cualquiera.

Esto hace que pueda aludirse a lo que cabe por llamarse: lenguaje político. Un lenguaje que a diferencia de los demás, no siempre permite un lugar preponderante a elementos y razones que sirven a la dialéctica como método de argumentación para imprimirle sentido y naturaleza a todo lo que desde él pueda observarse. Es ahí cuando el lenguaje cimienta la comunicación entendida como la manera racional de relacionarse, desde la palabra, dos o más sujetos provistos de la inteligencia necesaria para expresar opiniones o pareceres en torno a una situación. Y esta palabra recurre a los verbos para expresar las acciones, movimientos, condiciones, existencia, consecuciones o estados del sujeto. Sólo que su empleo, también compromete sentimientos y emociones, tanto como sensaciones, suposiciones y hasta consideraciones.

El problema está al utilizar un verbo en transitivo, infinito o en gerundio, sin tener pleno sentido de su alcance en términos de sus consecuencias o de sus causas. Especialmente, si se utiliza en gerundio pues aun cuando es indicativo de acción, no siempre esa acción apunta a un estadio de realizaciones completamente logradas. Sobre todo, porque deviene de una acción que no está definida ni por el tiempo, el modo, el número, ni la persona. Así que bien sirve al lenguaje político para disfrazar compromisos o desviar la atención a fin de dilatar el tiempo bajo el cual el populismo se alienta como sistema de engaño político.

De forma tal que si un discurso político se vale de verbos en gerundio para estructurarse en función de oscuras intenciones, puede entonces forzar esperanzas. Pero esperanzas en un tiempo efímero, pues un gobierno de corte populista no puede darse un plazo mayor al lapso aquel en el que sus mentiras puedan sostenerse. Aunque a su propio riesgo. Por eso, cuando las caprichos gubernamentales van por esa dirección, las incorrecciones linguísticas, incluso gramaticales y ortográficas, abundan al extremo. Tanto es así, que el gobierno, tentado por un cierto estilo troglodita, ordena convulsionar el lenguaje con el manifiesto objetivo de justificar aquello de que “la independencia continua”.

En consecuencia, visto esto desde la perspectiva venezolana, habrá que admitir que el país se desordenó con la excusa de una supuesta “revolución” que ni siquiera pudo demostrar lo que su doctrina pretendió. O al menos, lo que tampoco alcanzó a configurar en tres lustros de desafueros administrativos que además dieron al traste importantes productos de una democracia que exhortó capacidades y potencialidades de una Venezuela que hoy, desgraciadamente, se redujo a un país en gerundio.

Cuando un gobierno emplea el lenguaje como recurso de populismo, el pueblo pierde el sentido de orientación política ante sus necesidades de desarrollo dada la confusión que generan promesas infundadas.  Pero también, ello aviva la inquietud por zafarse de tan evidente atraso.

Foto: Archivo Efecto Cocuyo

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Las opiniones expresadas en esta sección son de la entera responsabilidad de sus autores.

 

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