Otros asuntos de un país normal - Efecto Cocuyo

Otros asuntos de un país normal

Oscar Morales Rodríguez

Economista con un Magister en Políticas Públicas. Colaborador de varios medios nacionales.

Hace mucho tiempo que en el país no se gastan energías para discutir sobre otros temas que no estén contaminados por la coyuntura política. Y es lógico, se entiende que primero debe resolverse las controversias políticas para decidir quién dirige los asuntos públicos del país, luego se debaten las materias que deben incluirse en la agenda pública para construir mayores niveles de bienestar en la población.

Sin embargo, ni siquiera hace 15 años atrás, cuando la nación presentaba menores grados de conflictividad, se pudo tomar en serio temas públicos desafiantes que en las sociedades modernas, fuera de nuestras fronteras, están acostumbrados a deliberar, polemizar y finalmente converger en acuerdos nacionales.

Después de que se acabe el secuestro de la barbarie, sueño con que se discutan iniciativas que reduzcan la desigualdad de género. Luego de que sea derrotado el salvajismo, sólo imagino la lluvia de debates que consideren grandes reformas tributarias, educacionales, laborales, previsionales y culturales. Una vez que termine la tragedia, deseo que se polemice sin complejos sobre el aborto, el matrimonio homosexual o la legalización de las drogas.

Es comprensible que hoy la República está herida de muerte y no tiene ánimos de escuchar propuestas sobre impuestos ambientales, inversiones en energías renovables o la sustitución de puestos laborales por sistemas robóticos automatizados.  Sin embargo, si aspiramos a convertirnos en un país que goce de envidiables niveles de calidad de vida, es necesario discutir, rigurosamente, todas las correcciones de nuestro (des)orden político, social, económico, ambiental y cultural.

Repito, el asunto que ocupa hoy a toda la opinión pública, indudablemente, es la política. Todas las movilizaciones, los esfuerzos y el afán son para darle un desenlace a la crisis política. No obstante, cuando se supere la catástrofe, estamos obligados a conversar -sin manías- cuestiones valóricas, modernización digital, políticas intensivas de reciclaje, leyes de identidad de género, medidas de descentralización, protección a los consumidores, programas de participación ciudadana, reformas  al sistema de salud, competencias para la transparencia fiscal, proyectos para la educación a los infantes, garantías al adulto mayor, transformaciones en la gestión del recurso humano en la administración pública, entre otras materias fundamentales para materializar la aspiración ciudadana de prosperidad, bienestar y crecimiento económico sostenible.

Temas para la convivencia

Sabemos que el estancamiento del país está patentado en todos los aspectos de la vida nacional; que estamos enrumbados a la mayor miseria social que se tenga registro contemporáneo. Sabemos que se respira el colapso económico en todos los estratos. Pero, también sabemos que otros países sufrieron situaciones devastadoras -como la nuestra- y lograron revertir sus realidades apostando a consensos nacionales amplios, y respetando las diferencias de toda índole.

Por esta razón, es vital que una de las primeras tareas del gobierno de transición, sea la configuración de mecanismos que garanticen la convivencia de todas las fuerzas vivas del país, para que lleguemos a sentarnos en una mesa y ponernos a pensar con sentido de nación. En caso contrario, sólo seremos un trozo de tierra ingobernable que la comunidad internacional se aburrirá de escuchar gritos de clemencia.

Cuando hablar más duro no signifique tener la verdad, seremos una sociedad envidiable. Cuando el respeto se dé por descontado en los debates públicos, conformaremos una ciudadanía alabada. Cuando la tolerancia por lo diverso sea el pan de cada de día, seremos primera plana en los noticieros mundiales. Cuando opinar sobre la política sea una simple menudencia, no duden que llegarán millares interesados en preguntarnos cómo lo hicimos. O cuando otros asuntos importen, al menos ya seremos un país normal.

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