Oscar Pantoja Velásquez: un venezolano en la Guerra Civil Española

Eloi Yagüe Jarque | @eloiyague

Escritor, periodista y profesor universitario. Autor de novelas, libros de cuentos y guiones de cine. Ganador del premio de cuentos Juan Rulfo-Semana Negra de Gijón.

Oscar Pantoja Velásquez se bajó del tranvía en la esquina de San Francisco. Iba a la Plaza Bolívar, el lugar de Caracas donde más rápido uno podía enterarse de las noticias. Allí siempre estaban estudiantes de la cercana Universidad Central y, de Conde a Carmelitas, en el edificio Ambos Mundos, estaba la redacción del diario El Universal, donde llegaba noticias frescas de la Guerra Civil Española.

Oscar era un joven que en 1936 aún no había cumplido los 18 años y la única opción política que conocía era la dictadura gomecista, que había concluido en diciembre de 1935, tras 27 años controlando al país con puño de hierro.

A partir de la muerte del general Juan Vicente Gómez, Venezuela empezó a despertar de un largo letargo. En febrero hubo marchas donde participaron partidos políticos (que habían estado prohibidos), el movimiento estudiantil, organizaciones gremiales y sindicatos.

El Gobierno de López Contreras, sucesor de Gómez, tuvo que lidiar con este clamor por libertades democráticas y hasta enfrentar la primera huelga de los trabajadores petroleros que luchaban contra las empresas norteamericanas por mejorar sus condiciones laborales.

Oscar había participado en estas manifestaciones, especialmente en las jornadas de febrero, gritando consignas junto a sus futuros compañeros de la universidad. Era un joven con sensibilidad social y tenía una clara simpatía por las ideas de izquierda. No había prácticamente ningún discurso pronunciado en actos políticos donde no se mencionara a España, que venía desarrollando su proceso democrático desde 1931, cuando ganaron las elecciones municipales los partidos republicanos y el rey Alfonso XIII renunció y se fue del país.

El estallido de la guerra

Precisamente en febrero de 1936 el Frente Popular, una coalición de partidos de izquierda, ganó las elecciones generales. Poco duraría este Gobierno ya que el 18 de julio de 1936 estalló un alzamiento de un sector del ejército contrario al Gobierno republicano. De esta manera comenzó la Guerra Civil Española que duraría tres años y terminaría con el triunfo de las fuerzas derechistas y la instauración de la cruel dictadura del general Francisco Franco que gobernó hasta su muerte en 1975.

Oscar no podía aceptar lo que estaba ocurriendo en España. Consideraba que allí se estaba cometiendo una injusticia, un crimen de lesa humanidad contra un pueblo que había optado por darse un Gobierno republicano y una parte de las fuerzas armadas había dado un golpe de Estado e iniciado una guerra que ya estaba costando miles de muertos y en la que se habían metido Alemania, Italia y la Unión Soviética.

El joven sabía que se habían creado las Brigadas Internacionales, un ejército de voluntarios de muchos países que estaban dispuestos a arriesgar su vida luchando contra el fascismo que planeaba sobre España. Para el joven caraqueño, era más que importante, vital, contribuir con esa lucha. Entonces empezó a fraguar su plan.

Cuando se lo comentó a uno de sus compañeros de manifestaciones, uno mayor que él, pues ya llevaba la boina azul universitaria que los del 28 habían convertido en un símbolo de lucha estudiantil, seguramente obtuvo esta respuesta:

–¿Irte a España? Mira todo lo que tenemos que hacer aquí. Hay mucha lucha por delante en Venezuela, tenemos que organizarnos para luchar contra el gomecismo sin Gómez.
A lo que Oscar pudiera haber respondido:

–Es verdad, camarada, pero en España se está jugando el destino del mundo. España es la vanguardia internacional de la lucha contra el fascismo. Me voy a presentar a la oficina de reclutamiento.

Oscar sabía que en el consulado de España uno podía enrolarse, pues ya había sabido de algunos que lo habían hecho. Pero su desencanto fue mayúsculo cuando se presentó y ni siquiera lo tomaron en cuenta: era menor de edad y además no sabía hacer nada. Solo aceptaban a médicos, a ingenieros o a quienes tuvieran entrenamiento militar.

Durante varias semanas, Oscar rumiaba su frustración. Tenía previsto estudiar en la Universidad Central pero algo lo llamaba con fuerza. Sabía que en ese preciso instante, noviembre de 1936, las Brigadas Internacionales luchaban cuerpo a cuerpo en la Ciudad Universitaria de Madrid. Una lucha tan feroz que se daba aula por aula en la Facultad de Filosofía y letras y piso a piso en el Hospital Clínico Universitario. Y él sentía que estaba perdiendo el tiempo en una Caracas que apenas empezaba a despertar del sopor gomecista, y en un pueblo, El Valle, rodeado por plantaciones de caña y haciendas cafetaleras, que parecía detenido en tiempos de la Colonia, con un tranvía como única conexión con la capital.

La decisión de Oscar

¿Qué puede llevar a un joven con toda una vida por delante a tomar una decisión suicida? Sin duda el idealismo, la pasión, la entrega fervorosa a una causa política o incluso una profunda decepción amorosa. ¿Cuál de todas ellas fue la que más pesó en la balanza personal de Oscar?

No lo sabemos, lo cierto es que Pantoja no desistió y convenció a su madre de que se iba a estudiar a Francia, lo cual nos habla de que su familia tendría cierto desahogo económico. Acaso su madre, temerosa de la inestabilidad política recién inaugurada en Venezuela, hubiese preferido que el joven estudiara en Francia donde tal vez tendría familiares o amigos que lo apoyaran.

Es probable que a finales de 1936 Oscar se embarcara rumbo a Marsella. Llevaba una pequeña maleta con muy pocas cosas, su pasaporte y una carta de recomendación escrita en francés por un amigo suyo, estudiante de Medicina y militante del Partido Comunista de Venezuela.

En la ciudad mediterránea preguntó y no le fue difícil conseguir la oficina de reclutamiento. Era una especie de babel: allí se escuchaba hablar en todos los idiomas: francés, inglés, alemán, e italiano. Algunos de los voluntarios eran impresionantes: había viejos veteranos de la Primera Guerra Mundial, alemanes que habían luchado a brazo partido contra los nazis en las calles de Berlín, socialistas franceses del Frente Popular, anarquistas italianos que resistieron la marcha a Roma de Mussolini. Tipos duros y recios.

Oscar se plantó frente al reclutador, un viejo de piel curtida por correrías en muchas campañas de la vida. Llevaba una gorra de obrero; un cigarrillo apestoso, sin filtro, colgaba de la comisura de sus labios. Su rostro parecía un pedazo de corteza de árbol: duro y surcado de arrugas. Lo miró de arriba abajo y le preguntó en español:

–Eres un crío. ¿Por qué te quieres alistar?

–Quiero luchar contra el fascismo –respondió extendiéndole la carta de presentación.

El reclutador la leyó brevemente. Luego volvió a mirar a Oscar de arriba abajo.

–No seré yo quien te lo impida –respondió anotando su nombre en la libreta de reclutamiento.

La mayoría de los voluntarios internacionales eran trasladados a Albacete, cuartel general de las Brigadas Internacionales, donde recibirían un entrenamiento militar básico. Según el historiador Andreu Castells, autor de Las Brigadas Internacionales en la Guerra de España (Ariel, Barcelona, 1974), fueron 149 los venezolanos que participaron en esas milicias.

En Albacete se formó la XVIII Brigada Mixta que fue enviada a luchar a Madrid. La situación de la capital seguía siendo desesperada. Hacían falta brazos para combatir y no se podía perder tiempo, el bautismo de fuego sería el mejor entrenamiento a recibir. Acaso Oscar estuvo en ese lote de milicianos que a partir del 6 de febrero de 1937 protagonizaron la Batalla del Jarama, al sur de Madrid.

El hallazgo y la memoria

Los días 27 y 28 de abril de 1937, el diario La Esfera de Caracas publicó, –el primer día en la página 16; el segundo saltó a la primera plana–, la escueta noticia de la muerte de Oscar Pantoja Velásquez en una acción militar ocurrida en Ciempozuelos. El caso Pantoja armó gran revuelo en Caracas. Inmediatamente el diario La Esfera tomó su historia y la utilizó para reforzar su campaña anticomunista. Calificaba a Pantoja de “paladín de un ideal absurdo”, que había sido seducido “por el arrullo alucinante de los agitadores”, y cedido a un “impulso juvenil irreflexivo”, a un “sentimentalismo loco”, convirtiéndose en una de las víctimas del “veneno izquierdista”.

En 2009, unos antropólogos de San Sebastián publicaron en el número 60 de la revista especializada Munibe, los resultados de una intervención arqueológica llevada a cabo unos años atrás al norte del término municipal de Ciempozuelos.

Además de unas tumbas muy antiguas, los investigadores identificaron, en el sector norte del levantamiento, restos del sistema defensivo republicano de Ciempozuelos, y se documentaron trincheras, puestos de tiro, así como sepulturas asociadas a la contienda Allí se recuperaron restos humanos pertenecientes a tres personas cuyas identidades es imposible precisar. Bien pudiera, alguno de estos restos, pertenecer a Oscar Pantoja Velásquez pues la información disponible no aclara si sus restos fueron repatriados.

El médico y dirigente comunista venezolano Eduardo Gallegos Mancera se dio a la tarea de recabar fondos para erigir un monumento al miliciano Pantoja en El Valle, su parroquia natal. Al parecer lo logró pero misteriosamente el monumento desapareció. El doctor Gallegos me contó esta historia cuando lo entrevisté, hace muchos años, para mi tesis de grado como periodista de la UCV: La guerra civil española en los diarios de Caracas. Ahora que se cumplen 80 años del inicio de la contienda creo que vale la pena recordar a este joven idealista y decidido.

Tras forjar su leyenda en la batalla, milicianos norteamericanos de la XV Brigada Internacional, llamada Lincoln, que lucharon allí, compusieron la canción Jarama Valley, cuya traducción es:

“Fue en España en el valle del Jarama
lugar que nunca podré olvidar
pues allí cayeron camaradas
jóvenes que fueron a luchar.
Nuestro batallón era el Lincoln
luchando por defender Madrid
con el pueblo hermanados peleamos
los de la Quince Brigada allí.
Lejos ya de ese valle de lágrimas
su recuerdo nadie borrará
Y así antes de despedirnos
recordemos quién murió allá”.

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