Nuestro momento político

Vivimos un país de utopía. Un país que no ha logrado inventarse, que ha perdido grandes oportunidades para alcanzar el desarrollo y garantizar la felicidad de los ciudadanos. Nos movemos entre el mito y la fantasía. Todavía ahora andamos tras la búsqueda del Dorado. Somos un país inmediatista. No ponderamos de manera suficiente la importancia del trabajo como un factor de socialización y como la fuente de una riqueza duradera. Apostamos por el rentismo, por el golpe de suerte o por la provisión que Dios pueda proporcionarnos.

Vivimos en una sociedad que se ha ido perdiendo su vertebración poco a poco y de manera paulatina. Este trance por el cual hemos pasado a lo largo de los últimos 20 años representa la peor de nuestras crisis republicanas en el último siglo. Se trata con una crisis asociada a la destrucción de las instituciones y a la pérdida de la moralidad, a la incapacidad de ponernos de acuerdo, de establecer diálogos constructivos, de aceptar las diferencias y actuar desde la tolerancia.

Sin duda debemos ir a votar el 6 de diciembre. Es imprescindible hacerlo a pesar del ventajismo oficial, de la utilización indebida de recursos públicos en apoyo a los candidatos del oficialismo, al discurso agresivo, a la descalificación permanente que se hace de la sociedad venezolana, al engaño al cual se nos somete y al desempeño descarado al cual nos tiene acostumbrado el ente electoral.

Debemos hacerlo con la esperanza de que un cambio en la correlación de fuerzas dentro del Parlamento abre un espacio para la cordura, para el inicio de un gran diálogo nacional y para empezar a sanar las heridas que el resentimiento y la intolerancia han dejado en nuestro cuerpo político. Pero debemos ir a votar en el entendido de que nuestra situación no se resuelve el 6 de diciembre que nos toca iniciar un profundo proceso de reflexión que nos ayude a comprender las razones que nos llevaron al horror que vivimos en los tiempos que corren, que nos permita determinar cómo es que llegamos a este punto degradado de nuestra historia.

Desde el poder se ha instalado en la sociedad una fantasía revanchista, alimentada por el resentimiento y por el mito heroico. A los venezolanos de estos tiempos nos toca ser serios. Debemos empezar a asumir con sensatez nuestras responsabilidades, asumirnos como parte de un proyecto de sociedad que requiere del esfuerzo de todos nosotros. Debemos exigirle a nuestra inteligencia política que haga el intento por interpretar las necesidades y aspiraciones de la sociedad.

Debemos iniciar un proceso de reencuentro y de reconciliación que nos lleve a establecer el contenido de las metas que esperamos alcanzar en la construcción de nuestro futuro común. Debemos comprender que nuestro problema no se juega en el pasado ni en el presente, que por el contrario, éste se juega en el futuro. Debemos construir una sociedad de ciudadanos. Necesitamos que la gente comprenda que tiene responsabilidades para con los demás y para consigo misma, que la prosperidad es el resultado del trabajo, el esfuerzo y la inversión y no de la dadiva que se convierte en limosna. Es imprescindible que superemos los males del populismo.

Vivimos un momento complicado. Nos encontramos frente a la degradación de la política, ante el cese de los diálogos y ante la imposición de la intolerancia, la exclusión y el autoritarismo. Nos toca colocarnos, como diría Ortega y Gasset, a la altura de los tiempos, convocar a un esfuerzo nacional, dejar a un lado apetencias personales o grupales a favor del rescate del país. Es un momento para ser magnánimos, para evitar el pase de facturas, para reconocer que el país puede rescatarse con el trabajo de todos. Es el momento para convocar a las universidades, a los estudiantes, a los trabajadores, a los profesionales, a los obreros, a los campesinos, a los científicos, a los hombres y mujeres que quieran trabajar por el país.

Nos corresponde redefinir nuestro futuro colectivo, reencontrarnos en la posibilidad de convertirnos en una sociedad de gente feliz, de gente que puede alcanzar las metas que se plantea, de gente productiva. Nos toca cambiar las colas por los parques, por las oficinas, por los talleres, por las escuelas, por las universidades. ¿Es que acaso no es mejor dedicarle el tiempo al solaz de la reunión familiar o salir con los amigos antes que andar por allí buscando medicamentos inexistentes o angustiados porque no hay pañales, o jabones, o baterías? Al discurso absurdo de la guerra económica habría que contraponer la idea de una economía productiva y construirla.

Nos merecemos un país en el cual se respete al ciudadano, se le trate con consideración, se le escuche, se le considere como un igual. Nos merecemos un país en el cual los jóvenes no emigren masivamente, un país donde no nos roben en el Metro o en las avenidas o en nuestras casas. Nos merecemos un país mejor. Nos toca construirlo. Empecemos por el principio: hay que ir a votar.