No hay peor ciego que el que no quiere ver - Efecto Cocuyo

No hay peor ciego que el que no quiere ver

Oscar Morales Rodríguez

Economista con un Magister en Políticas Públicas. Colaborador de varios medios nacionales.

En esta tierra de gracia el almanaque nos cuenta que ya estamos sufriendo un año de hiperinflación. Las tasas mensuales cuentan las centenas. Evidentemente, el poder adquisitivo se derrite diariamente y sólo salva alguna ayuda de un pariente en el extranjero. Al terminar el año, las cifras de inflación superará el millón porcentual con facilidad.

El Ejecutivo no mueve ni un bolígrafo para diseñar las reformas económicas fundamentales que nos ayuden a borrar la hiperinflación y a encontrar la senda del crecimiento económico sostenido. No existe la mínima intención de darle un viraje al modelo de control político y económico que imponen persistentemente. Está a la vista. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

A decir verdad, aquí poco importa si las últimas decisiones de política económica generan confianza a los inversionistas; no le fastidia si sus medidas continúan con la destrucción del parque industrial nacional o si las resoluciones recientes crean más empleo o los destruye. Y al poder mucho menos le incomoda si ejerce sus funciones con elementos democráticos o con sólo un barniz de ello.

¡Qué importa si los 27 taladros que tenemos funcionando no nos ayudarán a aprovechar el alza actual de los precios petroleros! ¡Qué nos interesa si tenemos los mismos niveles de actividad económica de 1989 y sólo inspiramos tristeza en el mundo! ¡La producción petrolera está  fondeada en los tiempos de Gómez y para qué nos preocupamos! ¡Necesitamos un precio del barril de petróleo a 223 dólares para equilibrar las finanzas públicas, pero no es necesario inquietarse! ¡Da lo mismo si nos quedamos sin activos en el extranjero para financiamiento útil en el futuro!

Beneficiados de la hiperinflación

Aquí lo realmente importante es resolver el problema que les ocasiona dónde guardar sus riquezas mal habidas ahora que tienen sanciones por todos lados; quiénes pueden seguir siendo sus testaferros confiables; cómo detener sus intrigas internas por cuotas de poder; cómo limpiar su dinero oscuro; liberarse del estrés diario que les produce los cálculos financieros personales; prolongar la política como show y espectáculo; amparar a sus compinches revolucionarios que les tienen varios bonos;   y –sobre todo- cómo preservar el poder.

Por lo que puede deducirse, los únicos que tendrán navidades medianamente felices serán los “boliburgueses revolucionarios”. Sí, esos mismos que han crecido bajo el manto de la fallida revolución del siglo XXI. Sin embargo, tendrán mucho poder y dinero, pero no tranquilidad y paz. Puede que los reflectores iluminen sus mentiras, pero estas no duran mucho tiempo. Puede que se les vea regalando muchas sonrisas en la TV, pero la procesión va por dentro. Dijo San Agustín: “La soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano”. Todo a su debido tiempo.

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Las opiniones emitidas en esta sección son de la entera responsabilidad de sus autores. 

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