Niños maltratados hoy, enfermos del mañana

Eloi Yagüe Jarque | @eloiyague

Escritor, periodista y profesor universitario. Autor de novelas, libros de cuentos y guiones de cine. Ganador del premio de cuentos Juan Rulfo-Semana Negra de Gijón.

En una estupenda conferencia la doctora Nadine Burke Harris, destacada pediatra canadiense, cuenta su experiencia en el tratamiento y apoyo a una población de niños y adolescentes de bajos recursos.

Todo iba más o menos bien hasta que un día descubrió una investigación que le cambaría por completo el enfoque de su actividad: el Estudio sobre las Experiencias Infantiles Adversas (EIA) que fue realizado por dos investigadores del Centro de Control y Prevención de Enfermedades en Estados Unidos (CDC).

Debido a su praxis cotidiana, la doctora Burke Harris sabía que los niños que han vivido estas EIA (científicos sociales prefieren esta expresión a la palabra trauma) son más propensos que otros a desarrollar problemas de salud a mediano y largo plazo. Sin embargo, el estudio lo demostraba de manera científica.

En dicha investigación se evaluó a 17.500 adultos y sus historias de exposición a las experiencias adversas durante la infancia, que incluyeron abuso físico o emocional, abandono físico o emocional, trastornos mentales, drogodependencia, encarcelamiento de los padres, separación o divorcio de los padres y violencia doméstica.

Sus resultados se pueden sintetizar en dos puntos principales:
El 67% de la población evaluada había sufrido al menos una situación adversa durante la infancia. Y el 12,6% de ellos había sufrido 4 o más situaciones adversas.
Se encontró también una importante relación entre la exposición adversa y los problemas de salud a lo largo de la vida. Las personas que habían sufrido 4 o más situaciones adversas tenían en promedio 2,5 más probabilidades de sufrir enfermedades crónicas.

La doctora Burke Harris explica que la primera explicación ante estos resultados sería que los niños que tuvieron una infancia difícil son más propensos a desarrollar conductas de riesgo, como fumar o consumir alcohol u otras drogas, lo que explicaría los riesgos de enfermedades crónicas.

Explica que los efectos nocivos de la exposición a las situaciones difíciles pueden producir cambios no sólo conductuales sino a nivel celular. De esta manera quedaría afectado el desarrollo cerebral y en especial el núcleo accumbens, centro del placer y recompensa del cerebro y área fundamental en el proceso de aprendizaje. En otras palabras, que los niños y adolescentes que sufren experiencias adversas tienen problemas cognitivos, les cuesta más aprender.

Burke Harris, además cita a Robert Block, expresidente de la Asociación de Pediatría de Estados Unidos, quien señala: «Las experiencias adversas en la infancia son la principal y mayor amenaza de salud pública no resuelta a la cual se enfrenta hoy en día nuestra nación».

Es una afirmación polémica en la que vale la pena detenerse un momento y preguntarse qué tiene que ver con nosotros.

En Venezuela hoy vemos cada día niños abusados de mil maneras y no solo sexualmente; niños sometidos a vivencias prolongadas de maltrato, niños que pasan hambre, sed y desamparo; niños que viven situaciones de abandono o que directamente son arrojados a las calles, lo cual en muchos casos es una sentencia de muerte, niños que viven con padres con problemas psicológicos, adicciones, depresión, trastornos psiquiátricos.

Niños que sufren el dolor de la pérdida de sus padres, hermanos, tíos, abuelos u otros seres queridos a manos de la delincuencia o de la represión policial; niños que se preguntan el por qué, que llevan en sus rostros la incertidumbre. Niños que sufren la separación familiar porque alguno de sus progenitores se va del país, o que viven el desarraigo a temprana edad debido a que emigran a otro país.

Investigaciones recientes demuestran que estas experiencias infantiles adversas tienen enormes consecuencias en las vidas de las personas. Una de ellas es, por ejemplo, la instauración de una situación de estrés crónico. El estrés es una respuesta endócrina a una situación de peligro: el cuerpo segrega neurotransmisores como adrenalina o cortisol que permiten al individuo disponer de energía adicional para luchar o para huir.

Pero cuando el estrés es crónico o permanente, debido a una situación prolongada de abuso o maltrato, esta situación afecta gravemente el sistema inmunológico de las personas, lo debilita, y a la corta o a la larga, aparecen enfermedades vinculadas como asma, cáncer, patologías mentales y otras.

El citado estudio demuestra también que personas con EIA pueden desarrollar 2,5% más predisposición al asma o enfermedades pulmonares, el mismo porcentaje a hepatitis y 4,5% más a depresión y 12% más predisposición al suicidio.

La pregunta es: cómo serán estos niños cuando crezcan y se hagan adultos? ¿Será Venezuela un país de enfermos? Quienes hoy en día toman decisiones desde el poder, ¿saben cuál es el costo humano de medidas como la negativa a aceptar que se abra un canal humanitario que permita el ingreso de medicinas e insumos médicos necesarios?

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