Migrar en gerundio

Eritza Liendo

Escritora y periodista venezolana. Licenciada en Comunicación Social y Letras de la Universidad Central de Venezuela. Jefe de la Cátedra de Literatura en la Escuela de Comunicación Social de la UCV. Con su primer libro, Shadow y otros cuentos sombríos, obtuvo en 2013 el Premio para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores.

Las cosas del decir se apoltronan en el inconsciente colectivo, y llega un momento en el que se convierten en verdades repetibles y repetidas sin cuestionamiento alguno. Se transforman en lo que algunos llaman lugares comunes, clichés o frases hechas que encierran una creencia socialmente compartida y, por lo tanto, legitimada. Incluso, algunos verbos se empiezan a conjugar en otros modos y en otros tiempos. Es lo que ocurre, por ejemplo, con el verbo ir (y con su forma reflexiva: irse).

Hace unas seis semanas aproximadamente, me tocó cambiar de domicilio. Esas mismas seis semanas son las que llevo sin ver a mis vecinos de siempre –ahora tengo vecinos nuevos– y sin saber qué ha sido de su vida ni cómo les han sentado los nuevos acontecimientos políticos y socioeconómicos.

Han sido muchos días sin pisar la que, hasta hace nada, había sido mi casa de habitación. Mis tan esporádicas como breves visitas no han sido suficientes para ponerme al día. Sin embargo, uno de esos días vi. a la que era mi vecina del mismo piso y le pregunté por otra, que vivía en el apartamento de al lado. Me respondió: “¿Fulanita? ¡Ay, ella se está yendo!”. Fue escuchar esa frase y mirarla desde el extrañamiento. De repente, sentí todo su peso existencial, y me pregunté qué significaba estarse yendo de un sitio.

Madre selectiva
Hoy por hoy, es muy común (demasiado tal vez) escuchar esa respuesta: “Fulanito se está yendo”.La expresión se ha normalizado, y para nadie es un secreto el éxodo de venezolanos. La llamada diáspora. El escape masivo. La huida multitudinaria. Digan lo que digan los voceros del Gobierno, muchos venezolanos (sin importar edad, sexo, estatus social ni filiación política) están agarrando su cachachás y saliendo del país… a la buena de Dios o a la mala del Diablo.

Cuando escuché la expresión que me dijeron como respuesta, me dio por preguntarme qué significa para un venezolano común y corriente estarse yendo del país. Ya se sabe que los que gozan de los privilegios que les concede el Poder se van a los mejores destinos: a las ciudades más costosas, más limpias, más luminosas, más civilizadas. Esos no cruzan a pie ninguna frontera. Esos no padecen la extorsión de nadie. Esos no duermen al descampado. Esos no pasan ni hambre ni frío. Esos no sufren la humillación de las autoridades foráneas.

Los jóvenes amparados por el Poder disfrutan la comodidad de la primera clase y posan sonrientes a sabiendas de que todo en su vida inmediata será solo placer y goce. Los otros, los de las largas caminatas, los del agobio de la tristeza, llevan consigo el peso de un fracaso cierto: el de no poder sobrevivir en su propio país.

Bien lo dijo Librado Rivera (1864 1932), periodista, político y profesor mexicano, que se opuso en su tiempo a la dictadura de Porfirio Díaz. Por opositor, fue expulsado de su país, y desde el exilio en Saint Louis, Missouri, se encargó de los preparativos que permitieron fundar el Partido Liberal Mexicano en 1 de julio de 1906.
Nadie puede hablar mejor del exilio, de la expatriación y sus consecuencias, como alguien que lo ha padecido. Todos los demás sólo especulamos y hacemos un esfuerzo por mirar con empatía el dolor del desarraigo. Uno ve fotos, uno ve videos, uno oye testimonios. Uno a veces termina llorando: a todos se nos ha ido alguien; alguien de nuestra familia, si no ha partido aún, también se está yendo.

En su momento, Rivera señaló que “Si fuera la patria como una madre cariñosa que da abrigo y sustento a sus hijos, si se les diera tierras y herramientas para sembrar, nadie abandonaría su patria para ir a mendigar el pan a otros países en donde se les desprecia y se les humilla”.

Bien se sabe –aunque no sea una verdad oficial ni oficialista– que Venezuela es una de esas madres que tienen hijos favoritos. Hijos consentidos. Hijos que se lo merecen todo. Hijos que reciben todos los mimos y privilegios. Hijos que tienen garantizada la satisfacción de sus caprichos. Caprichos que incluyen ir a estudiar a buenas universidades (en el mejor de los casos) o darse una vida de dispendios sin límite de gastos (si el espíritu es más dionisíaco). Para los otros hijos, se reserva el estigma de la indiferencia y el desprecio. Para esos hijos, los menesterosos, muchos de los cuales contribuyeron con su fanatismo a atrofiar el corazón de la madre, el destino es un peregrinaje bíblico pero sin la esperanza de encontrar una tierra prometida donde manen la leche y la miel.


Nuevas equivalencias semánticas

Cuando me dijeron que Fulanita se estaba yendo, me distancié de la frase. La analicé desde el extrañamiento. Le quité el ropaje de cliché, de lugar común, de frase hecha. Decidí por un momento que eso no era normal: que lo correcto habría sido que me dijeran: “Fulanita se fue” o “Fulanita se va”. ¡No que Fulanita se está yendo! Es esa una acción demasiado definitiva como para que se cumple en presente continuo, en un presente cuyo final, en cierta forma, se desconoce.

Esculcando la frase desde la objetividad de la distancia semántica, empecé a pensar en todos los equivalentes semánticos de esa frase. En Venezuela, estarse yendo significa: iniciar, sin garantía, una serie de trámites burocráticos, despedirse durante semanas de la familia, cortar el cordón umbilical con una madre patria que no es cariñosa y no da pan ni herramientas, es renunciar al pasado inmediato, es entrenarse en el tema del desapego, es decidir cuánta vida cabe en una o dos maletas, es decidir qué hacer con la mascota en caso de que se tenga una, es empezar a olvidarse de los amigos que, hasta hace nada, compartían rumbas y guayabos. Es hacerse a la idea de que, en lo adelante, toda convivencia será virtual.

Estarse yendo es asumir un estado del alma que tiene que ver con la ruptura y el guayabo, es entender –entre una lágrima y otra– que algo importante se acabó y toca recorrer la incertidumbre, es saber que tu casa podría ser marcada con sabrá Dios qué oscuro propósito humanitario. Es saber, y aceptar, que algo se acaba… que tu madre, en el fondo, nunca te quiso y que si te vas… ¡le da lo mismo!

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Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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