Miénteme

Ana Julia Niño Gamboa

Abogada egresada de la Universidad Central de Venezuela con experiencia en derecho constitucional y derecho administrativo. Asesora en la Oficina del ex Rector Vicente Díaz (Consejo Nacional Electoral). Profesora universitaria en las áreas de Ética y Legislación de la Comunicación (ECS-UCV).

En estos días veía un capítulo de “Lie to me” y en una escena, el Doctor Lightman le pregunta a una oficial de la CIA: “¿Sabe cómo se llama el lugar que viola la ley siempre que hay una emergencia?”. Dictadura, responde él mismo. La escena me dejó pensando un rato, y la frase me quedó tatuada en el ánimo. Dictadura, del participio latino “dictus”, que significa decir o indicar más el sufijo “ura” que se refiere al resultado de ese decir (algo así como el resultado de lo que una persona dice). De allí nace también “dictador” comparte el mismo origen de dictus más el sufijo “or” referido al agente de ese decir. De manera que, sin mucho análisis, la dictadura es el resultado de ese decir único, cuyo agente es el dictador. Lo entendemos como una forma de ejercer el poder regido por la voluntad de un líder único o de un grupo muy pequeño.

La definición no nos dice nada nuevo, de algún modo todos estamos enterados de ese maligno sistema que han vivido países allende nuestras fronteras o de momentos nacionales que creíamos que pertenecían a la historia. En el imaginario existe la idea de que un dictador no permite elecciones, el ciudadano no vota, y además hay torturas, muertos y desaparecidos por disentir. Por eso aún hay trasnochados que dicen que el régimen cubano no es dictadura porque hay elecciones y en Venezuela le tiembla la voz a muchos antes de admitir que se vive en dictadura, porque ciertamente, ¿cómo decir que hay dictadura en un país donde hay elecciones y la Asamblea Nacional tiene mayoría de diputados de oposición? Un país donde la gente puede quejarse por twitter, posicionar etiquetas antigobierno o que el presidente lea en televisión un mensaje donde le dicen “Maduro, chúpalo”.

Pero volviendo a Lightman (Lie to me) y a su definición: “un lugar que viola la ley siempre que hay una emergencia”, más el concepto de dictadura “ejercicio del poder regido por una voluntad única”, en ese contexto pareciera poco importante que haya elecciones (que no son competitivas) y que, en todo caso, la autoridad electoral puesta al servicio del líder único haga todo su esfuerzo en ilegalizar partidos políticos, quieras o no te corre un frío por la espalda.

Imposible no pensar que antes tuvimos a un hiperlíder carismático con la cartera llena de petrodólares: dos herramientas poderosísimas para medir su grado de aceptación en la calle. Y que, de hecho, no perdía oportunidad de hacer elecciones, aunque sus acciones fueran inconstitucionales: cierre de medios, expropiaciones, presos políticos, desconocimiento de las legítimas autoridades del Distrito Capital y del Estado Miranda y un largo etcétera.

Hoy vivimos situaciones parecidas pero más graves. Maduro no es carismático y la caja chica del gobierno perece de mengua, por lo que es difícil mantener el afecto clientelar de sus seguidores. La productividad paralizada, la inseguridad roba el futuro de los jóvenes cuando no los mata, sufren niños, enfermos y ancianos, los salarios no alcanzan para comprar la canasta básica. Y encima de todo, este presidente perdió la calle, por lo tanto no habrá elecciones, no habrá consulta popular mientras el gobierno tenga el temor de que quede evidenciada la pérdida del apoyo.

Lo que no ha cambiado es la supuesta conspiración del mundo entero en contra del diverland que promociona VTV. Y esa es la emergencia que vivió Chávez y ahora usufructa Maduro. Esa emergencia la padece el país, y esa emergencia es la constante excusa para violar a la Constitución. Han gobernado declarando la emergencia y tomando medidas fuera de la Constitución.

Pero no, no es una dictadura, aunque “se parezca igualito”. Así que volveré a la serie y haré mis mejores gestos de disimulo, aunque Cal Lightman me diga “miénteme”.