Manifiesto por la zona de confort

Ana Julia Niño Gamboa

Abogada egresada de la Universidad Central de Venezuela con experiencia en derecho constitucional y derecho administrativo. Asesora en la Oficina del ex Rector Vicente Díaz (Consejo Nacional Electoral). Profesora universitaria en las áreas de Ética y Legislación de la Comunicación (ECS-UCV).

La zona de confort tiene mala fama porque se identifica con el lugar o la situación que te da seguridad, que la conoces y eso te hace sentir bien y cómodo pero que te limita. Dicen que ahí viven los atemorizados que no le apuestan a nada y por eso están condenados al fracaso. O sea, que la zona de confort se dibuja, más bien, como una zona de fuga, de evasión.

Desde esa óptica muchos afirman que preservar el estado de pertenencia, de sentirte alguien en tu ciudad, en tu país, con tu familia y tus amigos, te condena al estancamiento, porque, obvio, no quieres arriesgar ese espacio placentero (ahí, en la placenta, nos sentíamos seguros) y al no arriesgar, acabas con el montón de opciones y oportunidades que el universo tiene para ti.

Lo confieso, me gusta la zona de confort.

No entiendo por qué se le ha hecho siempre tan mala prensa a la tendencia natural por estar cómodos, contentos con la gente que te cae bien y que te hace reír. En parte, se culpa a las religiones, porque la mayoría de ellas han promovido siempre esa censura al placer y al confort, y estimulan más bien la necesidad del sacrificio, del esfuerzo por el esfuerzo.

En estos tiempos dificultosos han surgido los coaching con su antipática tendencia a la dificultad. Para ellos las dificultades no son más que oportunidades, por eso hay que darles la bienvenida, y hay que sacrificarse, romper con los apegos y ser libres.

Condenan al ocio, ese estado que es, más bien, fuente primaria de la creatividad. Apuntan a romper espacios y relaciones que te atan a la comodidad. O sea, si estás cómodo, debes desconfiar, algo estás haciendo mal. Para ellos, la alegría implica primero transitar caminos espinosos. Dicen que la rutina es la madre de la pasividad y no, ella es, en gran parte, necesaria para los logros diarios. Se supone que tratar de vivir con cierta (más bien, imaginaria) seguridad, sin tantos sobresaltos es casi vivir sin incentivos.

Ahora agarre todo eso y extrapólelo al país. Dígale a un venezolano que el gobierno lo sacude por su bien, para sacarlo de esa zona de confort donde vivía, llevarlo al desprendimiento material y afectivo, para que ahora viva en el nirvana. Dígale que las dificultades que el gobierno le regala cada día no son más que oportunidades. Dígale que vivir con sobresaltos y sin seguridad de nada los hará mejores personas, menos apáticos y más triunfadores. Que se acabó el tiempo de ocio y que deben mantenerse ocupados (preferiblemente en una cola).

Luego escuche las historias de venezolanos (dentro y fuera del país), del manejo de sus estados emocionales cuando la nostalgia aprieta o cuando se frustra por el tipo y condiciones de trabajo que debe hacer para sobrevivir en un país ajeno. Ahí aparecerá un coaching honorario para restregarles el ánimo y decir que estás sintiéndote mal porque te cuesta abandonar la zona de confort. Según ese argumento, Venezuela es un lugar plácido, donde se vive sin sobresaltos, en un ambiente seguro y con una rutina lenta y, claro, cuesta abandonar ese lugar.

Todo esto es, por decir lo menos, contradictorio. Si esa zona de comodidad es segura y sin sobresaltos, entonces no hablamos de Venezuela. Por tanto, provoca darle un cachetón playero al animador gratuito que viene a decirte que te estancas fuera del país porque no sabes resolver el trauma por salir de tu espacio cómodo. Ya va, ¿acaso ha sido cómodo vivir varios lustros con un gobierno destruyendo al país a paso de vencedores? Si ese país del que todos quieren huir es placentero, entonces habrá que concederle al gobierno el papel del motivador, del coaching pues, porque cada día fabrica una dificultad nueva para movernos, para hacernos crecer.

En serio, no creo que nuestros problemas emocionales como venezolanos, deban ser condenados. La emoción es un motor, que mueve e impulsa. La emocionalidad debe ser una táctica radical para enfrentar la costumbre social de controlar sentimientos y apegos.

No es fácil irse del país, así como tampoco quedarse. Todos hemos vivido el trauma de ir perdiendo lo que hasta hace poco era una zona segura, en la que te arriesgabas a planificar algo, desde el próximo fin de semana hasta el empleo que quieres tener cuando termines la universidad. Por eso detesto la manía de proclamar que nos zafemos de las emociones. Ahora mismo estamos condenados porque nos duele y nos traumatiza esa desazón que provoca ir perdiendo lugares y afectos. La tendencia casi natural es apegarse. Lo que queda luego de que las relaciones se terminan y la gente se separa y el trabajo que hay que hacer para superar ese bache, es harina de otro costal. Mientras tanto, sabemos que esto nos pega porque dejamos parte del cuerpo en la sartén al rojo vivo que es el amor (al país, a la ciudad, a la familia, a la pareja, a los amigos).

Mi terca esperanza me hace confiar en que rescataremos el refugio de nuestro sentimentalismo y nuestro derecho a volver a lo placentero, a nuestra zona de confort.